El desmoronamiento es total: La prensa oficial confiesa que Cuba es una nación «llena de achaques» y abandona a su suerte a los ciudadanos
En un acto de cinismo sin precedentes que evidencia el grado de descomposición del sistema, la prensa oficialista ha publicado un artículo donde admite, sin tapujos, que Cuba es un país en ruinas. El periódico Girón, vocero del régimen en Matanzas, ha roto la habitual retórica triunfalista para desnudar una realidad que los cubanos padecen a diario: una infraestructura colapsada, instituciones inoperantes y una sociedad obligada a «sobrevivir» por cuenta propia ante la total indolencia del Estado. Es la rendición más clara de la dictadura ante su propio fracaso.
Bajo el elocuente título «Los peligros de una nación con achaques», el periodista Guillermo Carmona ha trazado una radiografía desoladora de la isla. El texto reconoce que la precariedad no es un fenómeno temporal ni el resultado de un bloqueo externo, sino una condición estructural que carcome los cimientos de la nación. «El país se me llena de achaques», escribe Carmona, admitiendo que no solo se trata de la fuga masiva de jóvenes o el envejecimiento poblacional, sino de un deterioro material y humano que el gobierno cubano ha sido incapaz de frenar durante décadas de ineficiencia y control absoluto.
El artículo detalla una serie de tragedias cotidianas que la propaganda oficial suele maquillar. Desde accidentes fatales y derrumbes sorpresivos hasta enfermedades evitables y la obsolescencia de un parque automotor anclado en la década de los cincuenta. Carmona evoca las palabras de un bombero que participó en las labores de rescate del Hotel Saratoga y en el incendio de la Base de Supertanqueros de Matanzas, quien ya advertía que «con los años aumentarían los accidentes». Esta profecía, que se cumple a cabalidad, responde al desgaste absoluto de los protocolos de seguridad y a la falta de mantenimiento que la dictadura ha impuesto por su incapacidad para gestionar los recursos del país.
La descripción del transporte es una bofetada a la realidad del supuesto progreso socialista. El autor menciona cómo los cubanos se mueven en vehículos fabricados en 1956, aludiendo con ironía a una época en la que «Mark Zuckerberg no pensaba nacer». Aunque el texto intenta halagar la creatividad del cubano para mantener en circulación estas reliquias, termina admitiendo una verdad innegable: «la lucha acaba cuando no podemos alargar más su vida». Es el reconocimiento tácito de que el gobierno cubano ha condenado a sus ciudadanos a la mendicidad tecnológica y al retroceso civilizatorio, incapaz de proveer un sistema de transporte digno en el siglo XXI.
El lamento oficialista se extiende al drama de la vivienda, un problema que el régimen no ha podido resolver desde 1959, a pesar de sus promesas grandilocuentes y sus discursos vacíos. Carmona reconoce que miles de ciudadanos habitan inmuebles en ruinas, observando con resignación cómo sus hogares se desmoronan sin tener los materiales ni los recursos para repararlos. La «depauperación arquitectónica» no es más que el resultado de políticas urbanísticas nulas y de un Estado que despojó a los cubanos de su patrimonio y de la capacidad de gestionar su propio hábitat. Bajo la dictadura, vivir bajo el riesgo de un derrumbe que puede matar a tu familia mientras duerme se ha normalizado.
En el ámbito sanitario, otrora orgullo exportable de la revolución, la situación es de colapso total. El periodista admite que cada verano proliferan enfermedades, agravadas por un entorno de insalubridad extrema. Las calles se convierten en vertederos a cielo abierto, los sistemas de alcantarillado y desagües pluviales son inoperantes, y el abasto de agua es un lujo inalcanzable. Esta descripción coincide con las alarmantes denuncias en poblados como Máximo Gómez, en Matanzas, donde más del 70% de los habitantes presentan fiebre y vómitos sin acceso a medicamentos ni diagnóstico, mientras el gobierno cubano mira hacia otro lado y los hospitales carecen hasta de algodón.
El artículo de Girón intenta equilibrar la balanza mencionando «presiones externas» y «mala gestión a lo interno», pero la realidad se impone sobre la propaganda gastada. El autor sostiene que «aumentan los índices de peligrosidad y las variables para que un hecho alcance sus máximas y nefastas consecuencias». Es una admisión de que la isla se ha convertido en un campo minado donde la vida humana está constantemente amenazada por la incompetencia del Estado. La dictadura ya no puede ocultar que cada cubano es un potencial víctima de su propia infraestructura fallida, ya sea electrocutado por un cable caído, aplastado por un balcón o enfermo por beber agua contaminada.
La conclusión del texto es, quizás, la prueba más contundente del abandono estatal. Carmona lanza una advertencia que deja implícitamente en manos de la ciudadanía la responsabilidad de protegerse: «nos corresponde tener más cuidado, velar por nosotros mismos, someternos a la menor cantidad de riesgos». Y remata con un cinismo escalofriante: «Los sobrevivientes debemos ser así». Esta no es solo una recomendación, es la abdicación formal del contrato social. El gobierno cubano le dice a su pueblo que está solo frente al desastre, que la supervivencia es un asunto estrictamente individual ante un Estado que ha fracasado en su razón de existir.
Esta publicación llega en el momento más crítico de la crisis energética que sufre la isla. En Matanzas, los apagones superan las 22 horas en varios circuitos, un calvario que se replica a nivel nacional con un déficit que ha rozado los 1,800 megavatios. La falta de electricidad paraliza la economía ya deprimida, afecta los servicios básicos y empeora las condiciones de vida de millones. Mientras tanto, la Embajada de Estados Unidos en La Habana ha emitido alertas por el incremento de casos de hepatitis A, directamente atribuibles a la contaminación del agua y la basura acumulada, enfermedades que la dictadura se niega a reconocer en sus partes oficiales para no dañar la imagen de un sistema de salud en ruinas.
Contexto sistémico: El fracaso del modelo totalitario
La confesión del periódico Girón no es un acto de valentía periodística, sino el síntoma de un sistema que se asfixia en su propia mentira. Durante más de seis décadas, la dictadura ha sostenido su legitimidad sobre la promesa de un Estado protector que garantizaría salud, educación y seguridad, justificando así la supresión de libertades fundamentales. Sin embargo, la realidad ha demostrado de manera contundente que el modelo centralizado y totalitario es económicamente insostenible y moralmente corrupto. La infraestructura colapsada, las instituciones inoperantes y la falta de incentivos han destruido la capacidad productiva del país. El gobierno cubano ha exprimido hasta la última gota de riqueza nacional para mantener su aparato represivo y sus privilegios, dejando tras de sí un esqueleto de hormigón armado corroído y una sociedad exhausta. La orden de «sobrevivir por cuenta propia» es la admisión definitiva de que el socialismo cubano ha fracasado en su misión más básica, convirtiendo a la isla en un Estado fallido donde el único que prospera es el militarismo y la burocracia parasitaria.
Antecedentes: Del maquillaje a la rendición evidente
Tradicionalmente, la prensa oficialista ha operado como un aparato de maquillaje para las miserias del régimen. Cuando la crisis se ha vuelto insoslayable, los medios afines han recurrido a eufemismos, culpando al embargo estadounidense o a fenómenos climáticos, y exhortando a la población a mantener una «actitud optimista» frente a la miseria. Hace unos meses, un fotorreportaje mostraba a familias cocinando con leña por la falta de electricidad y gas, presentando esta pobreza extrema como un acto de resistencia y creatividad popular, en lugar de lo que realmente es: una regresión al siglo XIX. En el plano de la vivienda, el gobierno cubano anunció a inicios de 2025 un exiguo plan de construcción que apenas cumplió un 12,4% en su primer trimestre, sin que se tomaran medidas contra los responsables ni se ofrecieran soluciones reales a los miles de familias sin techo. El artículo de Girón marca un punto de inflexión peligroso para el régimen: ya no hay forma de maquillar el cadáver, la dictadura prefiere admitir su inutilidad y echar la culpa al individuo antes que seguir gastando tinta en negar lo evidente.
El cierre: Una isla de supervivientes en un Estado fallido
La radiografía de Guillermo Carmona en el periódico Girón es la crónica de un naufragio anunciado y ya en plena ejecución. Al reconocer que Cuba es una nación «llena de achaques» y pedir a los ciudadanos que se cuiden solos, la dictadura firma su propia acta de defunción como ente rector y protector. Los cubanos ya no esperan nada del gobierno cubano; saben que están solos frente a los derrumbes, las enfermedades, los apagones interminables y el hambre. Sin embargo, esta abdicación estatal no debe interpretarse como una tregua, sino como el preludio de un colapso mayor. Una sociedad condenada a la mera supervivencia, donde la esperanza de vida y la calidad de la misma se desploman, es una sociedad a un paso de la rebelión. Los «sobrevivientes» de los que habla el artículo oficialista son los mismos que, hartos de achaques, de mentiras y de represión, terminarán por exigir un cambio profundo que arranque de raíz la podredumbre que hoy asfixia a la nación entera.



