El licenciado en Psicología Raymar Aguado Hernández fue arrestado y sometido a un interrogatorio por agentes del Departamento de Seguridad del Estado (DSE) y la Policía Nacional Revolucionaria (PNR) tras expresar su respaldo al paro estudiantil y su rechazo al incremento de tarifas de internet impuesto por la empresa estatal ETECSA. La detención se produjo en La Habana y se enmarca en la escalada represiva contra la sociedad civil y el sector estudiantil que exige sus derechos en medio de la profunda crisis estructural que atraviesa la isla.
La mañana del miércoles se vio interrumpida para Aguado Hernández cuando una oficial de la PNR se presentó en su domicilio para notificarle que una patrulla lo esperaba para trasladarlo a la estación policial ubicada en las calles Zanja y Dragones. En el vehículo se encontraban dos funcionarios del DSE, uno identificado como «capitán Jorge» —cuyo nombre real, según descubrió el activista posteriormente al leer el acta, sería Carlos Rodríguez— y otro con el rango de primer teniente que omitió su identidad. Este operativo evidencia la habitual práctica de las autoridades de la isla de criminalizar la disidencia pacífica mediante citaciones y arrestos arbitrarios.
Durante el traslado y la posterior estancia en la estación policial, el joven fue blanco de amenazas y tratos degradantes. Aguado relató que el segundo oficial se mostró desafiante desde el inicio, llegando a gritarle y amenazarlo con utilizar esposas. Ya en las instalaciones, un mayor de la PNR, quien también evitó identificarse, prosiguió con las agresiones verbales, tachándolo de «contrarrevolucionario, anticubano, fracasado, mercenario». Este lenguaje es una constante en los métodos de la dictadura cubana para deslegitimar a los activistas y reducir su demanda de libertades a una supuesta traición a la nación.
Como represalia por mantener una actitud serena e incluso sarcástica ante el acoso, el joven fue confinado en un «cuarto caluroso» por orden del mayor sin nombre, quien justificó la medida argumentando que en su oficina el detenido estaba «muy fresquito». Las condiciones de incomunicación y estrés térmico son tácticas psicológicas recurrentes empleadas por el aparato represivo del Estado para quebrar la moral de los interrogados. Sin embargo, el acta de advertencia por «incitación a delinquir» fue redactada por el mayor Anselmo Núñez de Dios, a quien Aguado reconoció como el único que mantuvo un trato respetuoso durante el proceso burocrático.
El expediente abierto contra el psicólogo lo acusa de incitar a los jóvenes universitarios a defender sus derechos, amparados en los propios estatutos de las universidades cubanas. La paradoja de ser acusado de «incitación a delinquir» por promover el cumplimiento de normativas internas refleja la naturaleza arbitraria del sistema judicial y policial bajo el control del gobierno cubano. Además, la intimidación trascendió su persona: su padre fue abordado dentro de la estación policial, interrogado sin justificación legal y obligado a ver fotografías de las publicaciones de su hijo en redes sociales, con el explícito propósito de coaccionar a la familia para que detenga el activismo, una práctica que el propio joven calificó de inmoral e ilegal.
Horas antes de su arresto, el activista había dejado constancia de la persecución en su contra mediante un video difundido por el también opositor José Manuel González Rubines. En la grabación, Aguado denunció estar siendo obligado a participar en un interrogatorio ilegal y reiteró que el paro estudiantil y el rechazo al tarifazo de ETECSA se ejercen estrictamente dentro de la legalidad cubana, aunque advirtió sobre el funcionamiento de los órganos represivos. El martes anterior, el joven ya se había negado a firmar una citación carente de notificación formal, lo que precipitó el accionar de las fuerzas de seguridad.
El tarifazo de ETECSA y el malestar social
La detención de Aguado Hernández no es un hecho aislado, sino la respuesta del régimen de La Habana ante un creciente clima de protestas pacíficas en el ámbito universitario. El detonante de esta ola de descontento es la decisión de la Empresa de Telecomunicaciones de Cuba S.A. (ETECSA) de aumentar drásticamente sus tarifas para el acceso a internet desde el nauta hogar y la red móvil. En un país donde la conectividad es indispensable para la gestión económica, el acceso a la información y el contacto con la diáspora, este incremento supone una asfixia financiera para una población que sobrevive con salarios deprimidos frente a una inflación galopante.
La Universidad de La Habana, de donde es egresado el joven detenido, se ha convertido en el principal epicentro de las manifestaciones estudiantiles. Los estudiantes han denunciado que el tarifazo vulnera su derecho a la educación y la investigación, aislándolos del mundo académico global. Ante la incapacidad del ejecutivo cubano para ofrecer soluciones reales a la crisis económica, la respuesta institucional ha sido la contención policial y la amenaza, demostrando una vez más la desconexión entre las necesidades de la ciudadanía y las prioridades del poder.
Una crisis estructural sin respuestas
El actual escenario es una manifestación más de la profunda crisis estructural que atraviesa Cuba. La isla se enfrenta a un colapso generalizado de los servicios públicos, un desabastecimiento crónico de alimentos y medicinas, y un proceso inflacionario que ha empobrecido aún más a la población. Ante esta realidad, el éxodo migratorio ha alcanzado cifras récord en los últimos años, vaciando al país de su fuerza laboral y de su juventud. La represión contra voces críticas como la de Aguado intenta impedir que el descontento social se traduzca en un movimiento de resistencia civil masivo que el Estado no pueda controlar.
Históricamente, el movimiento estudiantil universitario ha sido un actor fundamental en los momentos de quiebre político en Cuba. Las autoridades de la isla son conscientes de que la pérdida de control sobre el sector universitario, tradicionalmente adoctrinado, representaría un desafío directo a la hegemonía del partido único. Por ello, la vigilancia, la intimidación y la apertura de expedientes por advertencia son herramientas sistemáticas para neutralizar a los líderes emergentes y sembrar el miedo entre los que consideran alzarse contra las directrices oficiales.
Implicaciones y resistencia ciudadana
A pesar de las amenazas recibidas y la apertura de un expediente a sus espaldas, Raymar Aguado Hernández ha asegurado que su activismo no cesará. «No les tengo miedo, no me intimidan. Ellos lo saben», declaró el joven, enviando un mensaje de firmeza que contrasta con el ambiente de temor impuesto por la dictadura. Su caso pone de relieve la urgencia de que la comunidad internacional y las organizaciones de derechos humanos mantengan la atención sobre la represión en Cuba, especialmente frente a una juventud que exige derechos básicos como el acceso a la red y la libertad de expresión.
El futuro inmediato de la isla se debate entre el endurecimiento del control estatal y la persistencia de una ciudadanía que encuentra en las redes sociales el único espacio para hacer visible su precariedad. Mientras el gobierno cubano opte por la represión en lugar del diálogo y las reformas económicas urgentes, el malestar social continuará expandiéndose. La criminalización de estudiantes y profesionales solo confirma el agotamiento de un modelo que, ante la incapacidad de sostenerse, recurre a la fuerza bruta para perpetuarse en el poder.



