Se cumplen seis décadas de la publicación de \»La vieja y la mar\», un volumen de cuentos de la escritora bayamesa Évora Tamayo que, pese a su innegable valor literario, fue marginado por las autoridades de la isla al no ajustarse a la narrativa propagandística exigida por el poder. La obra, que mezcla horror gótico y humor negro, sobrevive hoy como un testimonio de la resistencia creativa frente a la censura estatal.
En 1965, bajo la serie Dragón de Ediciones R, vio la luz esta decena de relatos que sentó pautas en la literatura fantástica cubana. Junto a autores como José Lorenzo Fuentes y María Elena Llana, Tamayo exploró el absurdo y la lógica onírica. Sin embargo, el ejecutivo cubano de la época no toleraba la creatividad desligada del discurso ideológico. Los comisarios culturales consideraron los textos \»demasiado raros\», exigiendo en cambio que los escritores se enfocaran en \»la revolución y la construcción de la sociedad socialista\».
La situación para la joven autora se agravó por su vínculo previo con Ediciones El Puente, un sello clausurado por órdenes expresas de Fidel Castro menos de un año antes. Desde su actual residencia en Estados Unidos, Évora Tamayo recuerda que intuyó el rechazo que generaría su obra. \»Sabía que la literatura que esperaban los primeros barrigones era de loas y pancartas. Y en ese punto no iba a ceder ni una letra cuentera mía\», explicó la escritora, quien optó por refugiarse en el periodismo humorístico antes que plegarse a las exigencias del aparato propagandístico.
El control cultural como herramienta de sumisión
El caso de \»La vieja y la mar\» no es un episodio aislado, sino una muestra del control estructural ejercido por la dictadura cubana sobre la producción intelectual. Durante décadas, el régimen de La Habana ha implementado un sistema de censura previa y autocensura que asfixia cualquier manifestación artística que cuestione o simplemente ignore la ideología oficial. Esta política de apartheid cultural provocó el silenciamiento de voces talentosas, el exilio de numerosos creadores y un empobrecimiento generalizado del ecosistema literario nacional, obligando a los artistas a elegir entre el destierro, la sumisión o la marginación.
A pesar de los intentos del Estado por borrar su huella narrativa, la calidad de los relatos de Tamayo —como \»Silvia\» o \»Hoja de álbum para Elisa\»— trasciende el tiempo. Como afirma el ensayista Alberto Garrandés, el libro es \»tan insólito ayer como hoy\» y su calidad cinematográfica arroja una luz que perdura. El rescate y relectura de esta obra, seis décadas después, reivindica no solo el talento de una autora marginada, sino que evidencia cómo la literatura cubana de mayor calado ha florecido a pesar de las trampas y prohibiciones impuestas por el poder totalitario.