El reconocido actor de teatro y televisión Roberto Perdomo confesó en una entrevista reciente que la precariedad económica, el colapso del transporte y la inoperancia de las políticas gubernamentales lo han obligado a abandonar los escenarios, mientras soporta un alejamiento de años de sus hijas y un nieto que aún no conoce. Su testimonio retrata el deterioro generalizado de las condiciones de vida y trabajo en la isla.
En una conversación con el también actor Jorge Martínez en el pódcast \»Todos Hablan\», Perdomo ofreció uno de sus relatos más íntimos y desgarradores. Aunque aclaró que su salud es estable y desmintió rumores sobre un supuesto agravamiento de su estado físico —recordando que su grave episodio de dengue ocurrió en 2016—, admitió atravesar uno de los momentos más difíciles de su vida. El actor se refirió a un ingreso hospitalario voluntario de 21 días, motivado por una crisis personal y su lucha con el consumo de alcohol, del cual intenta recuperarse día a día.
Uno de los aspectos más reveladores de la entrevista fue la explicación de su alejamiento del teatro, que no responde a una pérdida de vocación sino a la imposibilidad material de sostener una carrera artística bajo las actuales condiciones. Perdomo detalló que tuvo que rechazar invitaciones para participar en montajes como \»Antígona\», dirigida por Linnett Hernández, y \»Manteca\», porque no podía garantizar su traslado diario a los ensayos. El actor describió cómo en ocasiones esperaba hasta una hora cerca de su vivienda un triciclo —conocido popularmente como \»tres patadas\»—, para luego caminar varias cuadras hasta el lugar de trabajo y repetir el trayecto de regreso.
Un salario devorado por el transporte
Perdomo calculó que percibía unos 4.700 pesos cubanos por su trabajo teatral. Sin embargo, cada desplazamiento le costaba alrededor de 200 pesos de ida y otros 200 de regreso. Al trasladarse tres días por semana durante cuatro semanas, el gasto en transporte consumía prácticamente la totalidad de su salario. \»Choqué con la misma realidad con que chocamos todos los trabajadores de este país: cómo llegamos al trabajo, cómo cumplimos nuestra hermosa tarea y cómo regresamos\», explicó el actor, quien insistió en que el trabajo teatral en Cuba solo puede sostenerse \»por amor\», dado que la remuneración no cubre ni los gastos básicos.
El actor también cuestionó con ironía el proceso de \»bancarización\» impulsado por el régimen de La Habana, al que calificó con el término \»mierdarización\» para describir una política que no ha resuelto el acceso al dinero. Perdomo señaló la contradicción de que numerosos trabajadores estatales reciben su salario mediante transferencias bancarias, pero luego se encuentran con establecimientos —tanto privados como estatales— que rechazan los pagos electrónicos. \»A nosotros mismos nos pagan en transferencias. Vas a los lugares y te dicen que no, que no aceptan transferencias\», relató, en un episodio que refleja la desconexión entre las medidas impuestas por las autoridades de la isla y la realidad cotidiana.
El costo humano de la crisis
El testimonio de Perdomo trasciende el ámbito cultural y se inserta en el panorama más amplio de la crisis estructural que atraviesa Cuba. La inflación galopante, el desabastecimiento crónico, el colapso del transporte público y la ineficiencia de las políticas económicas del ejecutivo cubano han empobrecido a la clase trabajadora en su totalidad. Los artistas, lejos de ser una excepción, padecen las mismas carencias que el resto de la población: salarios que no alcanzan para cubrir necesidades básicas, infraestructuras deterioradas y un sistema que castiga la productividad y el talento. A esto se suma el drama migratorio y familiar que afecta a millones de cubanos, como el propio Perdomo, quien lleva años sin poder abrazar a sus hijas y aún no conoce a su nieto.
El caso de Roberto Perdomo ilustra con crudeza las consecuencias de un modelo económico y político que ha empobrecido a la sociedad y orillado a sus profesionales más brillantes a la marginalidad y la angustia. Mientras la dictadura cubana mantiene su discurso oficial sin ofrecer soluciones reales, ciudadanos como este actor se las ven para sobrevivir en un entorno que les niega tanto el sustento material como la posibilidad de ejercer su oficio con dignidad. Su relato es un recordatorio de que tras las cifras macroeconómicas y los decretos gubernamentales se encuentran vidas fracturadas y talentos desperdiciados por la ineficacia de un sistema que, tras décadas, sigue sin dar respuestas a su pueblo.