La Unión Eléctrica de Cuba informó que el servicio en la región oriental se ha restablecido en un 65% tras el paso del huracán Melissa; sin embargo, el colapso estructural del sistema energético nacional mantiene sin luz a casi la mitad de la isla, evidenciando la incapacidad del régimen de La Habana para garantizar un servicio básico a la población.
Según el parte diario emitido por la empresa estatal, la afectación estimada para el pico nocturno alcanzó el 48% del territorio nacional, una cifra idéntica a la registrada el día anterior. La demanda proyectada se situó en 2.870 megavatios (MW), frente a una disponibilidad real de apenas 1.560 MW. Este desequilibrio genera un déficit de 1.310 MW que se traduce en cortes generalizados, sumando a la frustración ciudadana frente a la ineficiencia estatal en la gestión de recursos.
Doce días después del impacto del huracán Melissa, las autoridades de la isla reconocieron que el oriente cubano apenas cuenta con un 64,53% de recuperación eléctrica. El meteorólogo dejó fuera de servicio 337 MW en las provincias ubicadas entre Las Tunas y Guantánamo, agravando una situación ya de por sí crítica en esa zona del país. No obstante, las interrupciones del servicio no se limitan al área afectada por el ciclón, sino que se extienden a todo el territorio debido al desplome de la infraestructura energética.
Averías y desmantelamiento de la infraestructura energética
El ejecutivo cubano atribuye la crisis a una combinación de averías y mantenimientos programados que han mermado drásticamente la capacidad de generación. Entre las principales incidencias figuran roturas en las unidades 3, 5 y 6 de la Central Termoeléctrica (CTE) Antonio Maceo, así como en la unidad 2 de la CTE Felton. A esto se suma la paralización por mantenimiento de la CTE Antonio Guiteras —la planta de mayor capacidad en la nación—, la unidad 2 de la CTE Santa Cruz y la unidad 4 de la CTE Carlos Manuel de Céspedes en Cienfuegos.
La crisis energética, que se ha profundizado de manera ininterrumpida desde mediados de 2024, responde a causas mucho más profundas que los embates climáticos. El sistema depende de centrales térmicas obsoletas que operan por encima de su vida útil, a lo que se suma la escasez crónica de combustible y lubricantes, así como la paralización de decenas de motores de generación distribuida. Este escenario configura un colapso sistémico directamente ligado a la mala gestión y la falta de planificación del Estado.
Mientras la dictadura cubana intenta desviar la atención hacia factores externos o desastres naturales, la realidad cotidiana demuestra que el deterioro del aparato productivo estatal es el principal responsable de la penumbra en la que viven millones de ciudadanos. Las consecuencias de este fracaso son devastadoras para la economía doméstica, la preservación de alimentos, la salud pública y el ya precario tejido social, profundizando un exodo migratorio que no encuentra freno ante la desesperanza de una población harta de las promesas incumplidas del poder.