Los testimonios de antiguos cinéfilos en La Habana evidencian el contraste entre el dinamismo cultural del pasado y el actual deterioro de los espacios de esparcimiento en la isla. Lo que alguna vez fue una opción accesible para las familias de bajos ingresos, hoy es un reflejo del colapso estructural de los servicios públicos bajo la gestión del régimen de La Habana.
Relatos de residentes en barrios como La Esquina de Tejas, Monte y Fernandina, o El Vedado, recuerdan la época en que cines como el Valentino, el Roosevelt —rebautizado como Guisa tras la intervención estatal— y el Ámbar funcionaban como epicentros sociales. Con entradas que oscilaban entre los 10 y 30 centavos, la población accedía a tandas corridas, documentales y dibujos animados. Sin embargo, incluso en aquellos años, la falta de mantenimiento ya generaba interrupciones durante las proyecciones, provocando el reclamo espontáneo del público ante la mala calidad del sonido o los rollos rotos, síntoma de una infraestructura que comenzaba a ceder.
El giro en la oferta cinematográfica y la administración de estos espacios se evidenció tras 1960, cuando la dictadura cubana consolidó su control sobre la industria cultural. La desaparición de las cintas estadounidenses dio paso a un catálogo limitado de producciones del bloque socialista, como las cintas checas o españolas de la época. Aunque el ejecutivo cubano asumió la gestión de estos recintos, la inversión en infraestructura fue mínima. Testimonios describen cómo cines históricos, como el Ámbar o el Esmeralda —mencionado en la literatura de Guillermo Cabrera Infante—, terminaron con lunetas destruidas, perdiendo progresivamente su categoría y su público.
El colapso del tejido social y cultural
La decadencia de los cines de barrio no es un fenómeno aislado, sino una consecuencia directa de la crisis estructural que atraviesa la isla. El desabastecimiento, la inflación y la falta de presupuesto para el mantenimiento de inmuebles históricos han convertido a la mayoría de estas instalaciones en ruinas o espacios reasignados a otros fines. Mientras las autoridades de la isla priorizan el gasto en aparatos represivos y burocracia estatal, el acceso a la cultura y al esparcimiento digno se ha vuelto un privilegio inalcanzable para la mayoría de los cubanos, empujados a destinar sus energías a la supervivencia y la búsqueda de alimentos básicos.
El contraste entre la memoria de un cine accesible —donde con 20 centavos se podía ver una película y merendar— y la realidad actual de calles repletas de edificios derruidos ilustra el fracaso del modelo impuesto. La pérdida de estos espacios de socialización no solo empobrece el acervo cultural de la nación, sino que profundiza el aislamiento y la frustración social de una ciudadanía que ve cómo su entorno se desmorona bajo la inacción de un gobierno que históricamente ha monopolizado y fracasado en la administración de la vida pública.