El director ejecutivo de Mercedes-Benz y presidente de la Asociación Europea de Fabricantes de Automóviles (ACEA), Ola Källenius, advirtió que Europa podría replicar el fenómeno cubano de circular indefinidamente con vehículos antiguos si no flexibiliza sus normativas de electrificación. La advertencia subraya cómo la rigidez regulatoria amenaza la viabilidad industrial del Pacto Verde, en un contexto de caída de ventas y envejecimiento del parque vehicular europeo.
En un artículo publicado en The Economist, el directivo acuñó el término \»efecto La Habana\» para ilustrar el riesgo de prohibir los motores de combustión sin que la ciudadanía esté preparada para la movilidad eléctrica. Källenius señaló que, al igual que los conductores en Cuba, los consumidores europeos podrían verse obligados a conservar autos más antiguos y contaminantes ante la imposibilidad de adquirir vehículos nuevos. Las cifras respaldan su preocupación: a pesar de una inversión de 250.000 millones de euros en electrificación desde 2021, apenas el 15% de los autos vendidos en la Unión Europea son eléctricos, mientras que la edad media del parque automotor supera ya los 12 años.
El panorama descrito por el presidente de la ACEA exige un giro del \»idealismo\» al \»realismo industrial y geopolítico\». La caída de las ventas, que pasaron de 16 millones de unidades en 2007 a 10,6 millones en 2024, se ve agravada por la inflación y la feroz competencia de marcas chinas que ofrecen vehículos eléctricos a menores costos. Källenius alertó que este estancamiento amenaza directamente el empleo, dado que más del 40% de los proveedores europeos de componentes automotrices podrían dejar de ser rentables en 2025. Ante este escenario, propuso flexibilizar los objetivos de reducción de CO₂, ampliar los incentivos a la compra y permitir el desarrollo paralelo de tecnologías híbridas y de combustibles sintéticos para no depender exclusivamente de materias primas asiáticas.
El \»efecto La Habana\»: una consecuencia del colapso económico en la isla
La analogía utilizada por la industria europea expone una realidad que el régimen de La Habana suele maquillar como folclore o patrimonio cultural: la circulación de vehículos de mediados del siglo XX no es una elección estética, sino el resultado directo de la pobreza inducida por el control estatal absoluto. Durante décadas, la centralización económica, la prohibición de la propiedad privada y el aislamiento comercial impuesto por las autoridades de la isla impidieron a los ciudadanos acceder a mercados internacionales y a bienes de consumo modernos. Mientras el gobierno cubano monopolizaba los escasos recursos, la población tuvo que ingeniárselas para mantener en funcionamiento maquinaria obsoleta. Esta congelación tecnológica es un símbolo del estancamiento sistémico que afecta a todos los sectores en Cuba, profundizado por la hiperinflación, el desabastecimiento crónico y la falta de libertades que obligan a miles a optar por el éxodo migratorio.
Para Europa, la advertencia de la ACEA representa un llamado de atención sobre el delicado equilibrio entre las políticas climáticas y la supervivencia de su tejido industrial frente a potencias emergentes. Sin embargo, para la ciudadanía cubana, el \»efecto La Habana\» seguirá siendo la evidencia palpable del fracaso de un modelo que sacrifica el progreso y el bienestar en aras de mantener el poder a cualquier costo. La comparación ilustra cómo la rigidez —ya sea por exceso de regulación en el bloque europeo o por la ineficiencia autoritaria de la dictadura cubana— termina por asfixiar la innovación, limitar las opciones de los consumidores y empobrecer a la sociedad en el largo plazo.