Viernes, 28 de agosto de 2026
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Luis de la Paz: \»No puedo sentir nostalgia de un sitio en el que me acosaron la mayor parte del tiempo\»

Luis de la Paz: \»No puedo sentir nostalgia de un sitio en el que me acosaron la mayor parte del tiempo\»

El escritor y editor cubanoamericano Luis de la Paz, fundador de los Viernes de Tertulia en Miami y figura central de la literatura cubana en el exilio, repasa en una extensa conversación sus orígenes en el barrio de Santos Suárez, su infancia marcada por las confiscaciones del régimen y el deterioro progresivo de la vida cotidiana en La Habana. Su testimonio es un documento vivo de cómo la dictadura cubana desmanteló tejido social, comercio y libertades en apenas una década.

Luis de la Paz nació el 13 de agosto de 1956 en Santos Suárez, un barrio popular de La Habana habitado por familias de clase trabajadora y clase media. Hijo de Luis de la Paz García, empleado de la fábrica Goodyear antes de las nacionalizaciones castristas, y de Lilia Freyre Senra, habanera de padres gallegos emigrados desde una aldea lucense, su infancia transcurrió entre las calles Figueroa y los comercios que poco a poco fueron desapareciendo bajo la presión del gobierno cubano sobre la iniciativa privada. \»Yo fui testigo de cómo todo fue decayendo\», recuerda de la Paz desde Miami, ciudad en la que ha desarrollado una carrera literaria de más de cuatro décadas.

Escritor, editor, colaborador permanente del PEN de Escritores Cubanos en el Exilio y fundador de casas editoriales y revistas literarias, Luis de la Paz es además el creador de los Viernes de Tertulia, un evento cultural que se celebra el tercer viernes de cada mes desde hace 14 años en la sede del Ballet de Miami, conocida como La Casona del Ballet, en la calle Flagler. Su labor editorial incluye la coordinación de antologías fundamentales como \»Reinaldo Arenas, aunque anochezca\» (Ediciones Universal, 2001), homenaje al autor de \»Antes que anochezca\», y su participación en el volumen conmemorativo del centenario de la República de Cuba, en el que publicó el ensayo \»Rostros de la narrativa cubana\».

Una infancia interrumpida por la revolución

De la Paz conserva recuerdos vívidos de un barrio que, según sus palabras, \»era lindo, muy lindo en general\». Santos Suárez contaba con quincallas, verdulerías, bodegas y otros comercios que conformaban el paisaje cotidiano de una comunidad próspera en términos modestos. Sin embargo, a partir de 1960, cuando el régimen de La Habana comenzó a intervenir negocios privados de manera sistemática, el barrio experimentó una transformación que el escritor presenció en primera persona. Las nacionalizaciones no solo afectaron a grandes industrias como Goodyear o Goodrich, donde trabajaba su padre, sino también a los pequeños comercios de barrio que sostenían la economía local.

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Luis de la Paz García, padre del entrevistado (Foto: Cortesía)

Uno de los recuerdos más tempranos y simbólicos de esa ruptura es el del 4 de marzo de 1960, cuando el barco francés La Coubre explotó en el puerto de La Habana. De la Paz, que entonces tenía poco más de tres años, jugaba en un terreno cercano a su casa cuando su madre corrió a buscarlo. \»Justo en ese momento vi en el cielo el hongo provocado por aquella estrepitosa explosión\», relata. El episodio, que el gobierno cubano atribuyó a sabotajes extranjeros sin presentar pruebas concluyentes, marcó el inicio de una etapa de radicalización que transformaría la vida cotidiana de millones de cubanos.

La tía Zoila y la censura silenciosa

Una figura central en la formación intelectual de Luis de la Paz fue su tía paterna Zoila, también su madrina, a quien describe como \»un ser excepcional\». Zoila le enseñaba a observar cómo el entorno se deterioraba, pero sin explicarle las causas políticas, consciente de que un niño podría repetir comentarios peligrosos en público. Esta precaución era habitual en miles de hogares cubanos donde los adultos intentaban proteger a los menores de las consecuencias de la represión ideológica que la dictadura ejercía sobre cualquier expresión de disidencia, incluso entre niños.

Los domingos, tía y sobrino salían a pasear. Tomaban la lancha hasta Casablanca, del otro lado de la bahía, y subían hasta la escultura del Cristo de La Habana, desde donde se contemplaba una vista panorámica de la ciudad. Un día no pudieron volver: las autoridades de la isla cercaron el lugar y lo declararon zona militar. Incluso plantaron vegetación para ocultar la escultura desde la otra orilla. Otro ritual dominical, el sándwich con batido en La Estrella de Oriente, en la calle Galiano, también terminó. Primero desaparecieron los sándwiches y los sustituyeron por fiambres de dudosa calidad llamados \»platillos voladores\». Después de la Ofensiva Revolucionaria de 1968, llegaron un día y la cafetería estaba cerrada definitivamente.

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Lilia Freyre Senra, madre del entrevistado (Foto: Cortesía)

La educación intervenida

La escolarización de Luis de la Paz refleja también el impacto de las políticas del ejecutivo cubano sobre la educación privada. En el Colegio Hebreo, frente a su casa en la calle Figueroa, cursó la primaria en español por las mañanas y clases de hebreo por las tardes. La confiscación de la institución, que pasó a llamarse Albert Einstein, no detuvo inmediatamente la enseñanza en hebreo para los alumnos judíos, pero esta fue finalmente suspendida. De la Paz recuerda con humor que, durante su etapa en aquellas clases vespertinas, había comenzado a escribir de derecha a izquierda, lo que motivó su retiro del programa.

La secundaria la cursó en lo que había sido la Academia Valmaña, rebautizada como Simón Bolívar. Allí tuvo un profesor de Historia que respondía a las preguntas de los alumnos con otra pregunta: \»¿Y tú qué piensas?\». Décadas después, de la Paz reconoce que se trataba de un educador brillante que, en medio de un sistema diseñado para imponer el pensamiento único, intentaba estimular el razonamiento crítico. Otra maestra utilizaba una frase reveladora para calmar a los alumnos inquietos: \»Muchachos, contrólense, que esto no es la Constitución de 1940 ni la libre empresa\». Cuando el joven Luis preguntó qué eran ambas cosas, la profesora no respondió, pero tampoco volvió a usar la expresión. El silencio, en la Cuba de aquellos años, era una forma de supervivencia.

Del aula a la fábrica

De la Paz no cursó el preuniversitario. En 1974, a los 18 años, comenzó a trabajar en una fábrica de productos de goma en El Cerro, cerca de la antigua planta de Canada Dry, donde se elaboraban juntas para ollas de presión y tacones para zapatos. Posteriormente pasó a otro taller vinculado al recape de gomas, donde ascendió de operador de máquina a supervisor del departamento de calidad. Fue en ese entorno, lejos de las aulas, donde tomó conciencia de que había cometido un error al abandonar los estudios y decidió retomarlos, una decisión que marcaría el resto de su trayectoria.

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Luis de la Paz con sus hermanas en Cuba (Foto: Cortesía)

El contexto: el desmantelamiento de una sociedad

El testimonio de Luis de la Paz se inscribe en un proceso más amplio que afectó a toda la sociedad cubana durante las décadas de 1960 y 1970. La Ofensiva Revolucionaria de marzo de 1968, impulsada por el gobierno cubano, resultó en la confiscación de más de 55.000 pequeños negocios privados, desde bodegas y cafeterías hasta talleres artesanales y puestos de fritas. Esta medida, presentada como un avance hacia la igualdad social, eliminó de un golpe el último reducto de economía privada no estatal y agravó el desabastecimiento crónico que ya comenzaba a manifestarse en la isla.

Las nacionalizaciones masivas de industrias, comercios y propiedades inmobiliarias transformaron radicalmente la estructura económica y social del país. Barrios como Santos Suárez, que combinaban comercios locales, escuelas privadas y vida comunitaria activa, perdieron su carácter de espacios de intercambio y sociabilidad para convertirse en zonas residenciales con servicios cada vez más precarios. La confiscación del Colegio Hebreo y de la Academia Valmaña no fueron casos aislados: entre 1961 y 1970, el régimen de La Habana intervino la totalidad del sistema educativo privado en Cuba, incluyendo instituciones religiosas, laicas y comunitarias, sustituyéndolas por un modelo unificado bajo control estatal.

La declaración de zonas militares en espacios públicos, como ocurrió con el acceso al Cristo de La Habana, formaba parte de una lógica de control territorial que la dictadura cubana aplicó de manera extensiva. Áreas recreativas, playas, clubes y centros culturales fueron restringidos, militarizados o simplemente cerrados, en un patrón que se repetiría durante décadas y que contribuyó al aislamiento y la desmovilización social de la población civil.

El exilio como reconstrucción

El recorrido vital de Luis de la Paz, desde su infancia en Santos Suárez hasta su consolidación como una de las voces más persistentes de la literatura cubana en el exilio, ilustra el trayecto de una generación que creció viendo cómo su entorno se desintegraba. Su frase \»No puedo sentir nostalgia de un sitio en el que me acosaron la mayor parte del tiempo\» sintetiza la experiencia de miles de cubanos que, lejos de añorar un paraíso perdido, recuerdan un país que les fue arrebatado progresivamente por un sistema que destruyó comercios, escuelas, barrios y libertades en nombre de una revolución que nunca cumplió sus promesas.

Desde Miami, Luis de la Paz ha construido una obra editorial y cultural que funciona como contrapunto a la censura y el control informativo que mantiene la dictadura cubana sobre la isla. Los Viernes de Tertulia, las antologías coordinadas y su labor como editor representan un esfuerzo sostenido por preservar la memoria literaria e intelectual de una nación que el régimen ha intentado reescribir a su conveniencia durante más de seis décadas. Su testimonio, como el de tantos otros exiliados, constituye un archivo indispensable para comprender lo que Cuba fue y lo que el poder le hizo a su gente.

Equipo Editorial Reporte Cuba Ya
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