El paquete de 176 medidas implementado por el régimen de La Habana para intentar reanimar una economía en estado agónico ha provocado una inusual reacción de rechazo entre quienes fueran, hasta hace poco, incondicionales seguidores del sistema. Ancianos, exmilitares y militantes históricos del Partido Comunista expresan hoy una profunda decepción ante la dolarización encubierta y el desabastecimiento, sintiéndose traicionados tras décadas de sacrificios en pos de una causa que ahora ven desmoronarse.
Las recientes directivas económicas, que combinan ajustes drásticos con medidas improvisadas, han logrado multiplicar la confusión y el descontento en sectores tradicionalmente afines al gobierno cubano. La sensación de abandono es especialmente aguda entre los adultos mayores que dedicaron su vida a la llamada revolución y que hoy se encuentran al borde de la indigencia, observando cómo los servicios básicos se dolarizan y el acceso a medicamentos se vuelve inalcanzable.
En las conversaciones cotidianas, ya sea en las interminables colas o durante los apagones que azotan a la isla, emerge el descontento de estos militantes. Un vecino con más de 50 años de carné del Partido Comunista refleja este sentimiento al cuestionar el rumbo del país: \»Vamos hacia el capitalismo, pero sin sus bondades y con los rigores del comunismo\», señala, profundamente frustrado por la implementación de cobros en divisas, como el gas, y la aparición de farmacias privadas con precios prohibitivos para sus magras jubilaciones.
Nostalgia y amnesia histórica
A pesar del evidente deterioro, gran parte de estos sectores aferrados al marxismo-leninismo de manual se niegan a aceptar la responsabilidad del sistema en el actual desastre. Es recurrente la frase de que \»estas cosas no pasaban con Fidel\», ignorando que los logros del pasado se sustentaron, en gran medida, en los generosos subsidios, petróleo y recursos que la Unión Soviética inyectó en la economía cubana durante décadas, y no exclusivamente en la eficacia del modelo autóctono.
Las elucubraciones de estos sectores desencantados oscilan entre posturas radicalizadas y resignaciones pragmáticas. Por un lado, los sectores más ortodoxos abogan por medidas de \»comunismo de guerra\», exigiendo el tope de precios, la requisa de mercancías a las micro, pequeñas y medianas empresas (MIPYMES) y un endurecimiento del control estatal. Por otro, algunos aceptan temporalmente la propiedad privada, no como un derecho, sino como una concesión táctica para \»desatrasar las fuerzas productivas\» hasta que el Estado recupere la capacidad de intervenir y cortarles las alas a los particulares.
La fractura en las filas militares
El desencanto ha penetrado incluso en las filas de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR). Exoficiales, que en su momento defendieron al régimen con las armas, hoy expresan una amarga resignación. Algunos plantean abiertamente la necesidad de un cambio de liderazgo, sugiriendo que el actual presidente, Miguel Díaz-Canel, debería dimitir por incapacidad para gestionar la crisis multifactorial que atraviesa la nación.
En conversaciones reservadas, estos exmilitares proponen escenarios que hace unos años habrían sido considerados traición. Sugieren que el Ejército debería deponer al ejecutivo cubano para evitar un caos mayor, formando una junta militar provisional que aparte a los inmovilistas de la dirigencia. Sorprendentemente, plantean la necesidad de negociar con Estados Unidos, a cambio del levantamiento del embargo, para establecer una transición ordenada hacia una democracia que no excluya a los comunistas, demostrando la gravedad de la crisis de legitimidad y viabilidad que enfrenta la dictadura cubana.
El clasismo de los desencantados de última hora
No todos los desencantados, sin embargo, simpatizan con el clamor popular. Existe un sector elitista, con ínfulas intelectuales, que reniega del socialismo pero también rechaza las formas de protesta de la población marginada. Este grupo, espantado por lo que consideran la \»vulgaridad\» de las manifestaciones populares, los cacerolazos y los reclamos directos contra los gobernantes, parece más interesado en proteger sus privilegios y aspiraciones de nueva burguesía que en las necesidades reales de los habitantes de barrios populares como Centro Habana, Diez de Octubre o Arroyo Naranjo.
Estos sectores reprochan a la población su forma de expresarse, ignorando que la dictadura ha impedido durante décadas cualquier canal de participación ciudadana o debate estructurado. Un pueblo al que se le ha negado sistemáticamente la educación cívica y la libertad de expresión, y que sufre el hambre y las penalidades diarias, difícilmente puede canalizar su frustración de otro modo que no sea a través del grito y la protesta espontánea en las calles.
Contexto de crisis estructural y represión
Este fenómeno de deserción ideológica no ocurre en el vacío, sino en medio de la peor crisis estructural que ha enfrentado la isla en décadas. La inflación galopante ha licuado los salarios y las jubilaciones, haciendo imposible la supervivencia con ingresos en moneda nacional. El desabastecimiento crónico de alimentos, medicamentos y combustibles ha colapsado los servicios públicos, incluyendo el sistema de salud, otrora orgullo del régimen de La Habana.
Las 176 medidas son un intento desesperado del gobierno cubano por recaudar divisas y maquillar el fracaso del modelo centralizado. Sin embargo, la dolarización de servicios básicos y la liberalización de precios no han venido acompañadas de una apertura política, sino de un endurecimiento de la represión. Mientras se aplican medidas de choque económico, la dictadura cubana mantiene un estricto control social, persiguiendo a opositores, periodistas independientes y a cualquiera que intente organizarse para exigir derechos fundamentales.
El éxodo migratorio sin precedentes de los últimos años, que ha visto partir a cientos de miles de cubanos, ha mermado además la base productiva del país y ha dejado a una población envejecida enfrentando la soledad y la pobreza extrema. Es esta realidad la que golpea a los históricos militantes, que ven cómo sus familias se desintegran y sus ahorros desaparecen bajo el peso de una economía sumergida.
Antecedentes de un modelo inviable
La crisis actual es la culminación de décadas de políticas erróneas, agravadas por el fin de los subsidios venezolanos y la caída del turismo tras la pandemia. Desde la desaparición de la URSS y la subsiguiente crisis del Período Especial, las autoridades de la isla han aplicado parches temporales sin atreverse a una reforma estructural real. La implementación del paquete de medidas actuales es un reconocimiento tácito de que el modelo de planificación centralizada ha fracasado, aunque el ejecutivo cubano se niegue a admitirlo públicamente.
Implicaciones a futuro
La pérdida de apoyo en las bases históricas del régimen representa un desafío existencial para las autoridades de la isla. Cuando los propios beneficiarios del sistema y sus defensores más acérrimos comienzan a exigir cambios de rumbo y a cuestionar la legitimidad de la dirigencia, la cohesión interna del poder se debilita. La comunidad internacional y los actores políticos de la diáspora deberán estar atentos a esta fractura, que podría acelerar cambios imprevistos en el corto o mediano plazo.
Para la ciudadanía común, sin embargo, el debate ideológico entre los desencantados del castrismo es irrelevante frente a la urgencia de la supervivencia diaria. La falta de libertades, la represión y el hambre continuarán siendo el motor de la protesta social, independientemente de las elucubraciones de las élites. El futuro de Cuba dependerá de la capacidad de la sociedad civil para superar las divisiones impuestas por la dictadura y construir un proyecto inclusivo que responda a las necesidades de la mayoría, no a los intereses de una minoría, ya sea oficialista o de nueva burguesía.