Lunes, 14 de septiembre de 2026
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La historiografía oficialista redime a un presidente corrupto y vilipendia al más austero de la República

La historiografía oficialista redime a un presidente corrupto y vilipendia al más austero de la República

El régimen de La Habana mantiene una narrativa selectiva y manipulada sobre los primeros gobiernos republicanos de Cuba, en la que Tomás Estrada Palma es sistemáticamente denigrado mientras figuras como José Miguel Gómez, responsable de la masacre de los Independientes de Color en 1912, conservan sus monumentos intactos en el espacio público de la capital.

Se cumplen ahora 120 años de la llamada Guerrita de Agosto de 1906, el primer conflicto armado entre partidos políticos que conoció la República de Cuba, un episodio que las autoridades de la isla han aprovechado históricamente para consolidar su relato sobre la supuesta inviabilidad del sistema republicano y justificar el control totalitario del Estado. Aquella insurrección, encabezada por el Partido Liberal contra el intento reeleccionista del presidente Tomás Estrada Palma, concluyó con una intervención militar estadounidense que se prolongó hasta 1908 y que el castrismo ha utilizado como prueba de la pretendida condición neocolonial del país.

Sin embargo, la lectura que la dictadura cubana ha impuesto sobre estos acontecimientos omite deliberadamente matices fundamentales. Estrada Palma, primer presidente de la República, fue probablemente el mandatario más honesto y austero que tuvo Cuba durante toda la etapa republicana. Su gestión se caracterizó por un manejo escrupuloso de los fondos públicos y por una vocación institucional que contrasta sharply con la corrupción que caracterizó a muchos de sus sucesores. Fue precisamente esa convicción de ser insustituible, nacida de un desempeño que consideraba irreprochable, lo que lo llevó a buscar la reelección mediante la conformación de un llamado \»Gabinete de Combate\», una denominación que inauguró en la política cubana la costumbre de emplear vocablos bélicos para asuntos de gestión gubernamental.

El contraste que la propaganda oficialista silencia

El sucesor de Estrada Palma, José Miguel Gómez, gobernó entre 1908 y 1912 y su administración fue tan corrupta que le ganó el apodo popular de \»tiburón que se bañaba, pero salpicaba\» a sus allegados. La frase, acuñada por sus contemporáneos, reflejaba con precisión un modelo de gobierno en el que el enriquecimiento personal y el nepotismo se convirtieron en práctica sistemática. Nada de esto aparece destacado en los manuales de historia que circulan en las escuelas cubanas, donde la figura de Gómez recibe un tratamiento notablemente indulgente.

Más grave aún es el silencio del régimen de La Habana sobre la responsabilidad de José Miguel Gómez en la represión de la sublevación de los Independientes de Color en 1912. Como presidente en ejercicio, Gómez ordenó la respuesta militar contra ese movimiento político que reclamaba el reconocimiento de los derechos de la población negra y mulata, y la cifra de víctimas se estima en varios miles. Esta masacre, una de las páginas más oscuras de la historia republicana, no ha sido suficiente para que el castrismo retire el monumento a Gómez que se yergue en la Avenida de los Presidentes de El Vedado.

En contraste, la estatua de Tomás Estrada Palma fue retirada de esa misma avenida en los primeros años del régimen castrista. De ella sólo quedaron los zapatones de bronce prendidos al pedestal, imagen que sintetiza con elocuencia la vocación de borradura histórica que ha caracterizado a la dictadura cubana desde sus orígenes. La operación de demolición simbólica no se limitó al espacio físico: se extendió a los libros de texto, a las publicaciones académicas y a los discursos oficiales, donde Estrada Palma fue convertido en sinónimo de entreguismo y servilismo hacia Estados Unidos.

La manipulación del Convenio de Guantánamo

Una muestra reciente de este ensañamiento fue el artículo \»Comenzó como un arriendo y Estados Unidos lo convirtió en una usurpación\», firmado por Delfín Xiques Cutiño y publicado en el periódico Granma en febrero de 2022. El texto, dedicado al Convenio de Arrendamiento de Estaciones Navales y Carboneras de 1903 que permitió a Estados Unidos instalar la base naval en la bahía de Guantánamo, utilizó la figura de Estrada Palma como chivo expiatorio de una decisión que respondía a un contexto geopolítico mucho más complejo que el que la propaganda oficialista reconoce.

En aquel artículo, Xiques acusaba a Estrada Palma de haber ocultado \»su falta de fe en el pueblo cubano, su recelo en que el Ejército Libertador pudiera obtener la victoria contra España y su exceso de confianza en el gobierno de Estados Unidos, tanto que lo acercaba al anexionismo\». También lo responsabilizaba de haber actuado \»de manera entreguista con el Gobierno estadounidense y prepotente con el cubano\» durante su gestión como delegado del Partido Revolucionario Cubano en el exterior. Estas acusaciones, presentadas sin contraste ni debate académico, constituyen una distorsión deliberada del historial patriótico de un hombre que había sido presidente de la República en Armas entre 1876 y 1877 y que fue elegido por el propio José Martí como su segundo al frente del Partido Revolucionario Cubano.

La correspondencia entre Martí y Estrada Palma revela una relación de profunda confianza mutua. Martí lo llamaba \»querido hermano\» en sus cartas y lo consideraba la persona idónea para sustituirlo en caso necesario. Que el castrismo intente reducir esta relación a un acto de infiltración anexionista dice más sobre la necesidad ideológica del régimen de controlar el relato histórico que sobre la realidad documentada. La dictadura cubana no puede tolerar que existan figuras de la República cuya integridad personal y vocación de servicio público queden demostradas, porque ello socava el argumento fundamental de que la etapa republicana fue un periodo de corrupción y entrega permanente.

El Partido Revolucionario Cubano y el mito del partido único

Otro de los puntos en los que la propaganda castrista ha manipulado la historia es la disolución del Partido Revolucionario Cubano tras el fin de la guerra de independencia en 1898. Xiques afirmaba en su artículo que Estrada Palma disolvió el PRC \»de forma unilateral, irresponsable e inconsulta\». La afirmación ignora que el propio Martí había dejado claro que el objetivo del partido era preparar y dirigir la guerra por la independencia, y que una vez concluida la contienda su existencia carecía de sentido, pues correspondería a los cubanos organizarse en nuevas agrupaciones políticas para competir en el marco de la República.

Esta distorsión responde a un propósito ideológico preciso: el castrismo necesita presentar al Partido Revolucionario Cubano de Martí como el antecedente directo del Partido Comunista de Cuba, legitimando así la existencia de un partido único y la prohibición de organización política alternativa. Reconocer que Martí concibió el PRC como un instrumento temporal, disuelto una vez cumplido su objetivo, destruiría uno de los pilares de la justificación ideológica del monopolio político que la dictadura ejerce desde hace más de seis décadas.

Contexto: la historia como herramienta de control

La manipulación historiográfica no es un detalle académico en la Cuba actual: es una pieza central del aparato de control social del régimen. Desde los primeros años tras el triunfo de la revolución, las autoridades de la isla se dedicaron a reescribir el pasado republicano para construir una narrativa en la que todo el periodo 1902-1958 fuera presentado como una sucesión ininterrumpida de gobiernos corruptos, entreguistas y represivos. Esta operación permitió al castrismo presentarse a sí mismo como una ruptura absoluta con un pasado de degeneración, legitimando la concentración de poder, la supresión de libertades y la eliminación de la oposición política.

El problema para el ejecutivo cubano es que más de seis décadas después, la realidad cotidiana de la isla ha desmentido cada una de las promesas que sustentaron esa narrativa. La corrupción que el castrismo atribuía exclusivamente a la República se ha convertido en una característica sistémica del propio régimen, con escándalos que han alcanzado a los más altos niveles de la dirigencia. El desabastecimiento, la inflación galopante, el colapso del sistema eléctrico y sanitario, y la represión de cualquier manifestación de disidencia conforman un cuadro que reproduce y agrava los defectos que el castrismo denunciaba en los gobiernos republicanos.

En este contexto, la rehabilitación selectiva de figuras como José Miguel Gómez y la demonización de Tomás Estrada Palma revelan la lógica profunda del régimen: se condena al presidente honesto porque su ejemplo cuestiona el relato de la corrupción republicana como fenómeno universal, y se tolera al presidente corrupto porque su figura, en el fondo, normaliza la impunidad y el enriquecimiento que el castrismo ha practicado a escala mucho mayor. La diferencia estriba en que mientras Gómez salpicaba a sus allegados, la nomenclatura cubana ha saqueado al país entero.

Consecuencias de una memoria secuestrada

El secuestro de la memoria histórica tiene consecuencias tangibles en la Cuba contemporánea. Una ciudadanía a la que se le ha impedido conocer su pasado republicano en toda su complejidad, con sus aciertos y sus errores, carece de las herramientas intelectuales para evaluar críticamente su presente. La dictadura cubana ha entendido siempre que el control de la narrativa histórica es tan importante como el control de las instituciones, los medios de comunicación y las fuerzas de seguridad. Por eso mantiene un sistema educativo en el que la historia se enseña como catecismo ideológico y no como disciplina crítica.

La restauración de la verdad histórica sobre figuras como Estrada Palma no es un ejercicio de nostalgia ni una operación política partidista. Es una exigencia de justicia con el pasado y una condición para la reconstrucción del tejido cívico cubano. Mientras el régimen de La Habana continúe utilizando la historia como arma de propaganda, negando a los cubanos el derecho a conocer su trayectoria nacional en toda su riqueza y contradicciones, será imposible construir el consenso mínimo que el país necesita para imaginar un futuro democrático. La estatua de Estrada Palma fue derribada hace más de seis décadas, pero los zapatones de bronce que permanecen en la Avenida de los Presidentes son un recordatorio silencioso de que la verdad, aunque sepultada, no ha sido borrada del todo.

Equipo Editorial Reporte Cuba Ya
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