El preso político del 11J Ángel Serrano Hernández sufrió una brutal paliza a manos de las autoridades penitenciarias tras protestar por las condiciones de explotación laboral en una finca vinculada a altos mandos del régimen. El incidente, denunciado por sus compañeros de presidio, evidencia una vez más el uso de la tortura física y el trabajo esclavo como métodos de castigo sistemático contra los opositores en las cárceles de la isla.
La denuncia fue dada a conocer telefónicamente por los también reclusos Harlen Oropesa Carrero y Osvaldo Lugo Pita, quienes detallaron que los hechos ocurrieron el pasado 26 de agosto en el campamento de trabajos forzados La Lima, ubicado en el municipio habanero de Guanabacoa. Según los testimonios, Serrano Hernández se negó a continuar realizando duras jornadas de laboreo bajo pésimas condiciones en la finca La Guayaba, lo que desencadenó una respuesta inmediata y violenta por parte de la dirección del penal.
Al manifestar su protesta, el prisionero político fue esposado, encerrado en una celda de castigo y golpeado de forma brutal por el director del campamento La Lima, el teniente coronel Jorge Parada Stanley. Los reclusos señalaron que este militar tiene como práctica habitual el maltrato físico y psicológico contra los reclusos bajo su mando, actuando con total impunidad ante la falta de control institucional y judicial sobre el sistema carcelario cubano.
Explotación penal en propiedades de la cúpula militar
De acuerdo con la información que circula entre la población penal, la finca La Guayaba no es una instalación estatal convencional, sino una especie de campamento agropecuario de propiedad particular vinculada a figuras de alto rango. Se señala que la misma pertenece al general Abelardo Jiménez, Jefe de Órgano, y al oficial Yunior Lázaro Santana Figueroa, quien se desempeña como segundo jefe de Cárceles y Prisiones a nivel nacional. Esta conexión revela cómo los altos mandos del régimen de La Habana utilizan la mano de obra penitenciaria para enriquecimiento personal.
Los testimonios de Oropesa Carrero y Lugo Pita recalcaron que la finca cuenta con instalaciones pecuarias significativas, incluyendo cochiqueras, criaderos de gallinas ponedoras, ganado vacuno, árboles frutales y diversos cultivos. En este entorno, Serrano Hernández era obligado a realizar tareas extenuantes de sol a sol, tales como la chapea manual de los terrenos y la limpieza de las porquerizas, sin recibir ningún tipo de remuneración salarial y, lo que es más grave, sin una alimentación que compensara el desgaste físico.
La dieta proporcionada al prisionero político consistía en un precario almuerzo, mal elaborado y con frecuencia en estado de descomposición. Esta política de hambruna inducida combinada con trabajos forzados configura un claro patrón de tratos crueles, inhumanos y degradantes, tipificados como violaciones graves a los derechos humanos por los tratados internacionales que el gobierno cubano ha firmado pero se niega a cumplir.
Tras la paliza, Serrano Hernández fue mantenido en aislamiento e incomunicado. Aproximadamente a las 6:00 de la tarde de ese mismo día, las autoridades de la isla ejecutaron un traslado secreto hacia el campamento de prisioneros número 16, ubicado en el municipio de San Miguel del Padrón y adjunto a la prisión conocida como El Pitirre. Una fuente anónima logró confirmar que el recluso presentaba un estado crítico de salud derivado de la agresión, asegurando que \»estaba tan hinchado a causa de los golpes que no se le distinguían las facciones\».
Persecución y antecedentes del prisionero del 11J
Ángel Serrano Hernández, de 59 años, es natural del barrio La Güinera, en el municipio Arroyo Naranjo. Antes de su encarcelamiento, se desempeñaba como empleado gastronómico en el restaurante Sofía, situado en el céntrico barrio de El Vedado. Su vida dio un giro drástico tras sumarse a las históricas protestas antigubernamentales del 11 de julio de 2021, momento a partir del cual se convirtió en objetivo directo de la maquinaria represiva del Estado.
Como consecuencia de su participación en las manifestaciones, el ejecutivo cubano lo condenó a 20 años de cárcel bajo el presunto delito de \»sedición\», una figura jurídica habitualmente manipulada por la fiscalía para criminalizar el ejercicio legítimo del derecho a la protesta y la disidencia política. Antes de ser trasladado a los campamentos de trabajos forzados, Serrano Hernández estuvo encarcelado en la prisión de máximo rigor Combinado del Este. En marzo de 2022, su hijo, Anry Serrano, ya había denunciado públicamente que su padre sufría constantes agresiones y períodos prolongados de aislamiento en celdas de castigo en esa instalación.
Contexto: El sistema carcelario y la crisis estructural
El caso de Ángel Serrano Hernández no es un hecho aislado, sino el reflejo de una política de Estado diseñada para aniquilar la disidencia a través del sufrimiento físico y psicológico. Desde las protestas del 11J, la dictadura cubana ha endurecido su táctica represiva, imponiendo penas desproporcionadas que en muchos casos superan los 20 y 25 años de privación de libertad. El objetivo es claro: sembrar el terror entre la población para desincentivar cualquier nuevo estallido social, utilizando el sistema judicial como un apéndice del aparato represivo.
El uso de campos de trabajo forzado, reminiscentes de las Unidades Militares de Ayuda a la Producción (UMAP) de los años 60, se ha revitalizado en medio de la profunda crisis económica que atraviesa la isla. Con un sector agropecuario colapsado, una inflación galopante y una incapacidad estructural del Estado para abastecer el mercado interno, las autoridades penitenciarias han encontrado en los reclusos una mano de obra gratuita y silenciada para sostener las fincas privadas de la cúpula militar y de la alta burocracia del régimen.
Esta dinámica expone la profunda hipocresía y el agotamiento del modelo socioeconómico cubano. Mientras la ciudadanía común enfrenta largas colas para acceder a alimentos básicos y sufre el desabastecimiento crónico de los mercados estatales, los altos mandos militares operan prósperos feudos agropecuarios utilizando el trabajo esclavo de prisioneros políticos y comunes. La corrupción institucionalizada permite que los recursos generados por esta explotación terminen enriqueciendo a los mismos uniformados que tienen la responsabilidad de custodiar a los reclusos.
Implicaciones y responsabilidad internacional
El estado de salud de Ángel Serrano Hernández y su actual paradero en el campamento número 16 de San Miguel del Padrón representan una amenaza inminente a su integridad vital. La brutalidad con la que actuó el teniente coronel Jorge Parada Stanley, y la posterior ocultación del traslado, indican que el régimen busca evitar la propagación de la denuncia dentro del penal y evitar el escrutinio internacional sobre sus prácticas carcelarias.
Ante la pasividad de las instituciones internas, que responden ciegamente a las directrices del Partido Comunista, recae sobre la comunidad internacional y los organismos de derechos humanos la responsabilidad de monitorear esta situación. La impunidad con la que operan los mandos penitenciarios en Cuba solo puede ser contrarrestada mediante la presión diplomática constante y la exigencia de mecanismos de verificación independiente en las cárceles de la isla. Mientras tanto, prisioneros como Serrano Hernández continúan pagando con su libertad, su salud y su vida el atrevimiento de haber exigido democracia en las calles de Cuba.