El creador de contenido Robert Evangelista denunció este miércoles la severa crisis eléctrica que asola a Cuba, responsabilizando directamente al gobierno cubano por el colapso del Sistema Eléctrico Nacional (SEN). Con un déficit que supera el 69% de la demanda en horas pico, millones de cubanos sobreviven con apenas dos o tres horas de electricidad al día, lo que ha desatado un rechazo generalizado frente a los llamados oficiales a la \»resistencia\» y ha evidenciado la profunda desconexión entre la dirigencia y la realidad de la isla.
Evangelista, a través de un mensaje publicado en su perfil de Facebook, calificó la situación de \»abuso\» hacia la población y tildó a las autoridades de la isla de \»ineptas\» y \»mediocres\» por su incapacidad para ofrecer soluciones a una crisis que se prolonga y profundiza de manera indefinida. \»Están matando un país completo\», escribió el influencer, logrando sintetizar el sentimiento de asfixia e impotencia que impera en las calles de la isla ante la inoperancia gubernamental y la falta de perspectivas de mejora.
En su publicación, el comunicador cuestionó duramente la narrativa oficial que insta a los ciudadanos a soportar las carencias sin quejarse. \»Porque ninguno de los que te dicen ‘resiste’ sabe lo que es estar [con] cuatro horas tan siquiera de electricidad\», argumentó Evangelista. Esta afirmación pone de relieve el privilegio del que gozan las altas esferas del poder en Cuba, aisladas de los apagones que padecen los ciudadanos comunes, quienes deben lidiar diariamente con la interrupción de servicios esenciales.
Asimismo, el creador de contenido subrayó la profunda desigualdad social generada por la crisis. Señaló que la inmensa mayoría de la población carece de los recursos económicos para buscar alternativas privadas frente a los cortes. \»Las personas no tienen ni 5.200 $ para poder comprar paneles, ni tienen para una Ecoflow (…) ni tiene para estar comprando comida diaria, y por ahí para allá todo lo demás\», detalló. Esta realidad configura un escenario donde el colapso estatal penaliza con mayor crudeza a los sectores más vulnerables, creando una brecha insalvable entre quienes pueden costear autonomía energética y quienes dependen exclusivamente del SEN.
La gravedad de la situación queda respaldada por los propios datos oficiales de la Unión Eléctrica Nacional (UNE). A las 6:00 de la mañana de este jueves, el SEN operaba con una disponibilidad de apenas 1.049 megavatios (MW), frente a una demanda máxima estimada en 3.300 MW. Esto se traduce en un déficit de 2.281 MW, una brecha técnica que la empresa estatal no logra cerrar y que condena a la población a la oscuridad durante la mayor parte del día.
La propia UNE reconoció que durante las 24 horas del miércoles las afectaciones por déficit de capacidad de generación fueron continuas, extendiéndose incluso durante toda la madrugada. El panorama técnico es desolador: se reportan cuatro unidades termoeléctricas averiadas —dos en Mariel, una en Nuevitas y una en Felton— y otras cuatro sometidas a mantenimiento. Esto evidencia el deterioro estructural y la falta de inversión preventiva en la infraestructura energética nacional, gestionada de manera monopólica por el régimen de La Habana.
Agencias internacionales han dimensionado el alcance de la catástrofe. La agencia EFE calculó, a partir de los datos de la UNE, que los 9,4 millones de habitantes de Cuba dispondrían como promedio de solo dos o tres horas de electricidad durante el miércoles. En el peor momento de la jornada, el apagón podría afectar simultáneamente hasta el 69% del país. Reuters, por su parte, informó que en la mayoría de las provincias los cortes superan las 20 horas diarias, golpeando de lleno la producción de alimentos, el transporte y el turismo, sectores que ya se encontraban en una situación crítica.
Un reporte de Associated Press (AP) constató cómo las familias cubanas se ven obligadas a organizar sus tareas más básicas —cocinar, lavar ropa, almacenar agua o cargar equipos— alrededor de breves e impredecibles períodos de servicio eléctrico. Los apagones se prolongan durante 12, 30 o más horas, convirtiendo la supervivencia diaria en un desafío logístico extremo. La agencia atribuyó el agravamiento de la crisis a una combinación del deterioro de la red, la escasez de combustible, las sanciones estadounidenses y problemas económicos internos.
Un colapso que trasciende la energía
El colapso del Sistema Eléctrico Nacional no es un fenómeno aislado, sino el síntoma más visible de la profunda crisis estructural que atraviesa la isla. El ejecutivo cubano ha llevado a la infraestructura del país al borde del abismo tras décadas de mala gestión, centralización extrema y mantenimiento negligente. La red sufrió tres fallas de alcance nacional solo durante el mes de julio, una muestra inequívoca del deterioro técnico que amenaza con paralizar por completo al país en cualquier momento.
Esta crisis energética se entrelaza de manera indisoluble con una inflación galopante, un desabastecimiento crónico de alimentos y medicinas, y un éxodo migratorio sin precedentes en la historia reciente. La incapacidad del gobierno cubano para garantizar servicios básicos como el suministro eléctrico ha agudizado la pobreza y la desesperación. A esto se suma una creciente represión social y censura por parte de la dictadura cubana, que responde a las protestas ciudadanas generadas por los apagones con el silenciamiento, la violencia y la persecución política, en lugar de ofrecer soluciones reales a una población exhausta.
Si bien las sanciones estadounidenses son frecuentemente esgrimidas por las autoridades de la isla como justificación universal para todos los males, no logran explicar por sí solas la inoperancia burocrática ni el envejecimiento acelerado de las termoeléctricas. La falta de mantenimiento, la corrupción institucionalizada y la negativa a abrir la economía a la inversión privada son factores determinantes que el régimen prefiere ignorar, optando en cambio por exigir resignación a un pueblo que no tiene cómo sostenerse.
Antecedentes de un descontento creciente
Las declaraciones de Evangelista se suman a un clima de creciente indignación que ya había tomado fuerza a principios de verano. En el mes de julio, el creador de contenido ya había cuestionado públicamente el deterioro acelerado de las condiciones de vida, asegurando que, pese a la imagen de normalidad que el régimen intenta proyectar hacia el exterior, dentro de Cuba el pueblo se estaba \»muriendo\» por la falta de alimentos, dinero y electricidad.
Su voz se alza en un contexto donde figuras públicas, artistas y ciudadanos de a pie comienzan a romper el muro del miedo para señalar la responsabilidad directa del poder. La narrativa de la \»resistencia\» impulsada desde la cúpula gubernamental pierde cada vez más fuerza frente a la realidad de hogares sin luz, alimentos en mal estado por falta de refrigeración y un sistema de salud colapsado, incapaz de operar sin el respaldo de generadores que el Estado no provee.
Implicaciones futuras
El futuro inmediato se presenta sombrío para la ciudadanía cubana. Mientras el SEN se mantenga al borde del colapso y la dirigencia política insista en demandar \»resistencia\» sin ofrecer respuestas técnicas ni económicas tangibles, el riesgo de un estallido social se incrementa de manera exponencial. La paciencia de la población ha llegado a un límite insostenible, y la falta de libertades impide la canalización de este descontento a través de vías democráticas.
La comunidad internacional observa con preocupación cómo la dictadura cubana profundiza la vulnerabilidad de su propio pueblo. Las consecuencias políticas de esta inoperancia podrían traducirse en una mayor presión internacional por los derechos humanos y en una aceleración del éxodo migratorio hacia Estados Unidos y otras naciones de la región. Cuba se encuentra en una encrucijada donde la supervivencia diaria se impone a cualquier expectativa de desarrollo, y donde la responsabilidad de este colapso recae, sin lugar a dudas, sobre el régimen que ha monopolizado la vida y los recursos de la isla durante más de seis décadas.