Viernes, 18 de septiembre de 2026
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Una niña de 11 años limpia casas en Camagüey para ayudar a su madre a comprar comida en medio de la crisis cubana

Una niña de 11 años limpia casas en Camagüey para ayudar a su madre a comprar comida en medio de la crisis cubana

VANESSA GARCÍA tiene 11 años y ya trabaja. En la ciudad de Camagüey, esta menor se dedica a limpiar viviendas ajenas para reunir dinero que entrega íntegramente a su madre, Yolexi Suárez, con el único objetivo de poder comer. Ambas habitan una vivienda precaria, sin agua ni letrina, cuyo techo no las protege de la lluvia. Su historia es un retrato descarnado de la profundidad que ha alcanzado la crisis económica y social en Cuba, donde el Estado ha abandonado a su población a una supervivencia que ahora incluye a la infancia.

La pequeña Vanessa relata su situación con una naturalidad que estremece. \»Por ahí me busco un dinerito limpiando casas para dárselo a mi mamá, para comprarle comida. A mí me da lástima a veces conmigo y con mi mamá\», cuenta. La niña colabora en las labores de limpieza que realiza su tía, quien percibe poco más de 3.000 pesos cubanos dependiendo del volumen de trabajo, una cifra que en el contexto inflacionario actual apenas permite acceder a productos básicos del mercado informal. Que una menor en edad escolar asuma responsabilidades laborales para garantizar la subsistencia familiar evidencia el grado de descomposición del tejido social cubano.

Su madre, Yolexi Suárez, complementa los ingresos de su hija con la venta callejera de galletas y otros productos de escaso valor. \»Tengo que vender algo, aunque sean dos o tres galleticas para comprar mi comida\», explica. El dinero reunido entre ambas, reconoce, no alcanza para cubrir las necesidades mínimas. La mujer describe su situación como \»bastante pésima\»: \»Ni comida tengo, no tengo una letrina, no tengo agua, no tengo nada\». Para bañarse y hacer sus necesidades fisiológicas, madre e hija deben desplazarse a la vivienda de una hermana, quien además les proporciona algunos días un plato de comida.

Una vivienda que \»se está cayendo casi\»

Las condiciones habitacionales de esta familia constituyen un ejemplo de la crisis de vivienda que afecta a millones de cubanos. Yolexi ha vivido en situaciones de precariedad prácticamente toda su vida. Antes ocupaba un espacio aún más reducido, pero recibió el solar donde reside actualmente, desmontó la estructura anterior y trasladó los materiales al nuevo terreno, en un esfuerzo por mejorar su situación que no ha sido acompañado por ninguna política estatal efectiva de vivienda. El techo de la edificación no las protege de las lluvias: \»Los mismos techos se mojan, la cama a veces se moja\», relata Suárez. Cuando llueve, ambas deben desplazar la cama hacia el sector de la vivienda menos expuesto al agua, en una rutina que se repite cada vez que el clima se vuelve adverso.

\"Pobreza

Pobreza extrema: Así viven en Cuba esta madre y su hija adolescente

La alimentación de ambas se reduce fundamentalmente a arroz y potaje, con algún picadillo ocasional cuando la hermana de Yolexi puede compartirlo. La madre asegura que no tiene posibilidad de comprar carne, un alimento que ha desaparecido de la mesa de la mayoría de los hogares cubanos debido a los precios exorbitantes del mercado informal y la inexistencia de oferta en el comercio estatal. Vanessa confirma que ha pasado hambre en reiteradas ocasiones: \»A veces yo le he dicho a mi mamá que tengo hambre. Y mi mamá tiene que moverse para aquí, para allá, para poderme dar la comida\».

Apagones, calor y abandono sanitario

Los cortes eléctricos prolongados, que han devenido una constante en la vida cotidiana de los cubanos, agravan las condiciones dentro de la vivienda. Ante la pregunta de cómo enfrenta los apagones, la madre responde con una resignación elocuente: \»Durmiendo oscura. ¿Qué voy a hacer?\». Cuando no puede utilizar el ventilador por la falta de electricidad, Yolexi emplea un mosquitero deteriorado para protegerse de los insectos, en un intento precario de mitigar el calor sofocante característico del oriente y centro de la isla. Vanessa indica que los cortes eléctricos, el calor y la falta de ventilación afectan directamente su descanso y su disposición para asistir a la escuela. Su madre confirma que ha habido jornadas en las que la niña no quería acudir a clases porque no había dormido adecuadamente durante la noche.

La atención sanitaria constituye otro frente de vulnerabilidad para esta familia. \»Eso sí es muy difícil porque a veces no hay medicamentos. En la calle hay, pero a veces no hay dinero\», señala Suárez sobre las ocasiones en que ella o su hija enferman. La frase condensa una de las paradojas más crueles del colapso del sistema de salud cubano: los medicamentos existen en el mercado informal, pero los precios los colocan fuera del alcance de quienes más los necesitan. El régimen de La Habana ha sido incapaz de garantizar la cadena de suministro farmacéutico en las farmacias estatales, mientras paralelamente permite o tolera un mercado negro donde los insumos médicos se comercializan a precios inalcanzables para gran parte de la población.

La desesperación de Yolexi es palpable cuando intenta explicar lo que siente ante la imposibilidad de alimentar y proteger adecuadamente a su hija. \»Yo no sé cómo vivir aquí. Pienso tantas cosas que a veces es mejor ni hablar. No sé hasta dónde va a llegar esto\», manifiesta. Pese a todas las carencias que enfrenta y a que ya realiza trabajos para contribuir a la subsistencia familiar, Vanessa asegura que le gusta estudiar. Cuando se le pregunta qué quisiera ser cuando sea adulta, responde sin dudar: \»Me gusta más ser maestra o médico\». La respuesta de la niña, que aspira a profesiones tradicionalmente valoradas en la sociedad cubana, contrasta con la realidad de un país donde maestros y médicos han emigrado masivamente ante la insostenibilidad de los salarios estatales.

El contexto sistémico: infancia y crisis estructural

La historia de Vanessa y Yolexi no es un caso aislado, sino una manifestación de la crisis estructural que atraviesa Cuba en múltiples dimensiones. La economía de la isla se encuentra en una espiral depresiva caracterizada por una inflación descontrolada que ha erosionado el poder adquisitivo del salario estatal hasta convertirlo en una ficción. Con sueldos mensuales que oscilan entre 3.000 y 5.000 pesos en sectores como la educación y la salud, pero con precios de productos básicos que pueden superar los 1.500 pesos por kilo de carne de cerdo o 800 pesos por una libra de aceite, las familias cubanas se ven forzadas a recurrir a estrategias de supervivencia que incluyen la incorporación de menores a actividades laborales informales.

El desabastecimiento sistemático de los mercados estatales, la devaluación del peso cubano frente al dólar en el mercado informal y la incapacidad del gobierno cubano para articular un plan económico creíble han generado un escenario de empobrecimiento generalizado. Según informes de organismos internacionales, más del 60% de la población cubana se encuentra en situación de pobreza multidimensional, un dato que el ejecutivo cubano se ha resistido a reconocer oficialmente, pero que historias como la de esta familia en Camagüey confirman con crudeza.

El éxodo migratorio sin precedentes que ha sacudido a Cuba desde 2022, con más de 500.000 cubanos que han emigrado principalmente hacia Estados Unidos, ha dejado tras de sí a familias fragmentadas que sobreviven en condiciones de extrema vulnerabilidad. Muchas de esas familias dependen de las remesas que envían los emigrantes, pero en hogares como el de Yolexi y Vanessa, donde no hay parientes en el exterior que puedan ayudar, la supervivencia se sostiene exclusivamente sobre el trabajo informal y la solidaridad de familiares igualmente precarizados.

Antecedentes: el Código de la Niñez y la realidad

Un informe divulgado por UNICEF Cuba en enero de 2026, dedicado a analizar la cobertura periodística de la consulta del Código de la Niñez, identificó entre los problemas sociales reconocidos por medios estatales el trabajo informal de menores, la deserción escolar, la vulnerabilidad familiar y las dificultades para acceder a una vivienda digna y a una educación de calidad. El informe, que revisó más de 200 piezas informativas publicadas en medios oficiales durante el proceso de consulta, documentó cómo la prensa estatal se vio obligada a reconocer problemáticas que durante décadas fueron negadas o minimizadas por las autoridades de la isla.

La dictadura cubana ha promovido el Código de las Familias como una avanzada en materia de derechos, pero la realidad de menores como Vanessa expone la contradicción entre la retórica legal y la materialidad de la vida cotidiana. Mientras el gobierno cubano exhibe en foros internacionales sus supuestos logros en materia de protección a la infancia, miles de niños y niñas en la isla se ven forzados a trabajar para comer, asisten a escuelas sin condiciones materiales mínimas y crecen en viviendas que se derrumban. El propio Código, aprobado con un respaldo cuestionado por la ausencia de condiciones democráticas para el debate, incluye disposiciones sobre la protección de la infancia que el Estado no tiene capacidad ni voluntad de garantizar.

La crisis de la educación pública cubana, otrora considerada uno de los logros fundamentales del sistema, se ha profundizado en los últimos años. Escuelas sin ventanas, sin iluminación, sin materiales didácticos, con maestros que abandonan las aulas para emigrar o dedicarse a actividades más rentables, configuran un panorama donde el derecho a la educación se ha vaciado de contenido sustantivo. Vanessa, que aspira a ser maestra o médica, asiste a un sistema educativo que no puede garantizarle ni siquiera las condiciones mínimas para estudiar, mientras el régimen de La Habana continúa sin ofrecer respuestas estructurales a una crisis que ya consume a una generación entera.

Las consecuencias de un modelo agotado

La historia de esta familia de Camagüey plantea interrogantes ineludibles sobre el futuro de Cuba. Cuando una niña de 11 años debe trabajar para comer, cuando una madre no sabe \»hasta dónde va a llegar esto\», cuando la vivienda, la alimentación, la salud y la educación se han convertido en privilegios inalcanzables, el contrato social entre el Estado y la ciudadanía ha colapsado de manera irreversible. La comunidad internacional, que ha observado con preocupación la deriva autoritaria del gobierno cubano y el incremento de la represión contra periodistas, activistas y opositores, enfrenta el desafío de articular mecanismos efectivos de presión que no terminen penalizando a la población civil.

Mientras tanto, en Camagüey, Vanessa seguirá limpiando casas para ayudar a su madre a comprar arroz y potaje. Seguirá desplazando la cama cuando llueva, durmiendo en la oscuridad durante los apagones y soñando, a pesar de todo, con ser maestra o médica. Su historia es la de miles de niños cubanos que crecen bajo un modelo político y económico que los ha abandonado, y cuyas consecuencias sociales, humanas y generacionales aún no han sido plenamente dimensionadas ni por el régimen que las provoca ni por la comunidad internacional que las observa.

Equipo Editorial Reporte Cuba Ya
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