Lunes, 14 de septiembre de 2026
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El exilio rescata la memoria histórica de Cuba: el legado de los Sánchez de Bustamante frente a la censura del régimen

El exilio rescata la memoria histórica de Cuba: el legado de los Sánchez de Bustamante frente a la censura del régimen

El testimonio del exiliado Alberto Sánchez de Bustamante Parajón, médico eminente y fundador de la asociación Herencia Cultural Cubana, revela cómo la llegada del castrismo al poder provocó un retroceso institucional y cultural de un siglo en la isla, destruyendo una sociedad civil próspera para imponer un modelo totalitario basado en el borramiento de la memoria colectiva.

La historia de Cuba no se construye únicamente con los manuales manipulados por el régimen de La Habana, sino también con los testimonios de aquellos que vieron cómo su país era desmantelado pieza por pieza. Alberto Sánchez de Bustamante Parajón, conocido afectuosamente en la comunidad exiliada como \»Bertie\», es uno de los principales custodios de esa verdad histórica. Exiliado a principios de la década de 1960, su trayectoria personal y familiar entrelaza la grandeza de la Cuba republicana con la tragedia de la diáspora forzada por la intolerancia política.

En el exilio, Sánchez de Bustamante no solo destacó como un reputado médico en Florida, ejerciendo como presidente y secretario de la Sociedad de Obstetricia y Ginecología del Centro de Florida desde 1973, sino que asumió la monumental tarea de preservar la identidad nacional. En 1994 fundó la asociación Herencia Cultural Cubana y la revista del mismo nombre, herramientas fundamentales para contrarrestar la censura y la reescritura de la historia impulsada por la dictadura cubana desde las aulas y los medios de comunicación estatales.

El borramiento de la identidad como herramienta de control

Uno de los episodios que ilustra con mayor crudeza la política de arrasamiento cultural del gobierno cubano fue la expropiación de los colegios privados y la consiguiente modificación de sus nombres. Sánchez de Bustamante relata cómo su antiguo centro de estudios primarios, el colegio La Salle de Miramar, fue rebautizado como \»Pablo de la Torriente Brau\». Esta práctica, replicada en cientos de instituciones a lo largo de la isla, respondió a una estrategia calculada de las autoridades para borrar la memoria colectiva, eliminar los referentes de la sociedad civil y distraer a la población mediante un culto a la personalidad y una falsa narrativa revolucionaria.

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La familia Bernal Obregón (Foto: Cortesía)

Una estirpe forjada en el progreso republicano

Para comprender la magnitud del retroceso que sufrió Cuba, es necesario observar el linaje que precedió a figuras como Sánchez de Bustamante. Su familia está íntimamente vinculada al desarrollo científico, financiero y social de la isla desde el siglo XIX. El primer Sánchez de Bustamante en llegar a Cuba fue Juan Manuel, quien en 1836 se estableció en La Habana proveniente de las montañas de Santander. En la isla se convirtió en médico, alcanzando cargos de enorme relevancia como decano de la Facultad de Medicina de la Universidad de La Habana y fundador de la Real Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales, además de ejercer como senador y diputado provincial.

Esa tradición de servicio y excelencia continuó en las generaciones siguientes. Su bisabuelo, Alberto Sánchez de Bustamante Sirvén, fue un eminente médico cirujano que en 1903 fundó junto al doctor Enrique Núñez la clínica familiar \»Núñez Bustamante\». Su padre, también médico, dirigió el Departamento Médico de Accidentes del Trabajo del Banco Godoy y Sayán de Capitalización y Ahorro, un consorcio financiero fundado en 1948 que implementó seguros de accidentes personales y enfermedades para los trabajadores del ramo azucarero. Estos datos contrastan frontalmente con la propaganda oficial que busca reducir la República a un mero apéndice neocolonial, demostrando la existencia de un aparato productivo y de protección social avanzado.

Por la línea materna, el legado es igualmente significativo. Su abuelo, Saturnino Parajón Amaro, arquitecto e ingeniero convertido en hombre de negocios, invirtió en la industria azucarera, comprando el central Occidente en Quivicán y asumiendo la vicepresidencia del central España en Matanzas. Parajón, quien fuera presidente de la Bolsa de La Habana y director de la Compañía Nacional de Fianzas, fue asesinado en 1930 en sus oficinas del Vedado. Este suceso demuestra que la Cuba pre-castrista era una sociedad compleja, con conflictos y dinámicas propias de un país en pleno desarrollo capitalista, muy distinta a la imagen estática y simplificada que el régimen de La Habana ha intentado vender durante más de seis décadas.

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La familia Parajón Amaro, en La Habana, 1930 (Foto: Cortesía)

La Habana republicana y el desmantelamiento de la sociedad civil

Nacido en 1937 en la clínica fundada por su bisabuelo en El Vedado, Sánchez de Bustamante creció en una Cuba que gozaba de una vibrante vida cívica y cultural. Su infancia transcurrió en el reparto La Coronela, donde llegó a convivir bajo el mismo techo cuatro generaciones de Albertos. Aquel barrio, que él describe como paradisíaco, estaba poblado por figuras prominentes de la política, la diplomacia y la empresa cubana, como Juan Antonio Rubio Padilla, José Agustín Ariosa Gaytán —fundador del Vedado Tennis Club— y el embajador Guillermo Belt Ramírez, quien representó a Cuba en Washington y Moscú en la década de 1940.

La movilidad social y el acceso a instalaciones de primer nivel, como el Havana Yacht Club, donde participó durante 15 años en los Havalanta Games, eran parte de la realidad de una clase media y profesional robusta. Sin embargo, tras el triunfo de la revolución, el ejecutivo cubano procedió a confiscar no solo las empresas y los bancos, sino también los clubes sociales, las instalaciones deportivas y las propiedades privadas. Este desmantelamiento de la sociedad civil fue un paso clave para la dictadura, ya que eliminó los espacios de independencia económica y social, sometiendo al individuo por completo a la voluntad del Estado.

Contexto: El arrasamiento institucional y el colapso estructural

La historia de los Sánchez de Bustamante no es un mero ejercicio de nostalgia aristocrática, sino el espejo de la tragedia nacional. La expropiación de la clínica \»Núñez Bustamante\», la intervención de los centrales azucareros y la nacionalización de la banca representaron el corte radical de un modelo de desarrollo que había posicionado a Cuba entre las economías más dinámicas de América Latina. Al destruir el tejido empresarial y sustituir la gestión profesional por la burocracia militarizada, el gobierno cubano sembró las semillas del colapso estructural que hoy sufre la isla.

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María de Lourdes Parajón Figueras con Alberto Sánchez Bustamante (Foto: Cortesía)

La industria azucarera, que en tiempos del abuelo de Alberto era motor de la economía y generaba riqueza para reinvertir en infraestructura y seguros laborales, fue asfixiada por la planificación central y la dependencia del subsidio soviético. Tras la caída del campo socialista, el régimen de La Habana demostró su incapacidad para sostener la producción, llevando al cierre de la mayoría de los centrales y a la pérdida de los mercados tradicionales. Este fracaso económico es el origen directo de la hiperinflación, el desabastecimiento crónico de alimentos y medicamentos, y la crisis energética que hoy suffren los cubanos.

Asimismo, la política de borramento histórico denunciada por el exiliado tiene consecuencias directas en el presente. Al desarraigar a las nuevas generaciones de su pasado institucional y cívico, las autoridades de la isla han fomentado un vacío identitario que, sumado a la falta de oportunidades, ha impulsado el mayor éxodo migratorio de la historia reciente de Cuba. Los jóvenes que hoy abandonan el país lo hacen no solo huyendo de la miseria material, sino también de la asfixia cultural y la represión política que impide cualquier atisbo de libertad.

Consecuencias de un siglo de retroceso

El esfuerzo de Alberto Sánchez de Bustamante a través de Herencia Cultural Cubana cobra una vigencia insoslayable. Frente a la maquinaria propagandística del Estado, la preservación de los archivos, las fotografías y los testimonios familiares actúa como un antídoto contra la amnesia inducida por el poder. La comunidad internacional y los actores democráticos dentro de la isla deben reconocer que la reconstrucción de Cuba no será posible sin una recuperación previa de su verdad histórica.

El contraste entre la Cuba de 1903, que fundaba clínicas de vanguardia y consolidaba su academia de ciencias, y la Cuba actual, donde los pacientes deben traer sus propias sábanas y medicamentos a hospitales en ruinas, es la prueba más elocuente del fracaso del modelo impuesto por la dictadura. Mientras no se restauren las libertades democráticas, se respete la propiedad privada y se desmonte el aparato represivo, la nación continuará prisionera de ese retroceso de un siglo que comenzó el día en que los nuevos dueños del poder decidieron borrar el pasado para justificar un presente de miseria y control absoluto.

Equipo Editorial Reporte Cuba Ya
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