El mandatario boliviano, Rodrigo Paz Pereira, aseguró desde la Asamblea General de las Naciones Unidas que «la gente en Cuba tiene hambre y la está pasando mal», exigiendo una transformación del Estado en la isla. Sus declaraciones se suman a la presión internacional generada tras el discurso del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, quien calificó al país caribeño como un «Estado fallido» en medio de la profunda crisis sistémica que atraviesa la nación.
En el marco del debate general de la 81 Asamblea General de la ONU en Nueva York, Paz Pereira respondió con contundencia a las consultas de la prensa internacional sobre la situación cubana. El gobernante boliviano señaló que el Estado cubano «tiene que cambiar» porque la ciudadanía está sufriendo las consecuencias de un sistema que no prioriza el bienestar social. «El Estado no vive para el Estado, el Estado vive para la gente, que es un concepto diferente», reflexionó el presidente, utilizando la transición política de su propio país como ejemplo de una administración enfocada en las necesidades reales de la población y no en el sostenimiento de la burocracia.
Las declaraciones del mandatario boliviano llegaron pocas horas después de que el presidente estadounidense, Donald Trump, tomara la tribuna de la ONU para pronosticar el colapso inminente del gobierno cubano. En su intervención, Trump aseguró que su administración busca «un cambio fundamental en la situación» de Cuba y sentenció que el país es «un Estado absolutamente fallido, está fracasando como nunca antes y va a caer». Además, acusó a las autoridades de La Habana de haber coordinado durante décadas con redes comunistas en territorio estadounidense, concluyendo con la afirmación de que «la libertad llegará a Cuba», un mensaje que resuena con fuerza en medio del endurecimiento de la política exterior de Washington hacia la isla.
La respuesta de la dictadura cubana no se hizo esperar y recurrió a su habitual retórica defensiva. La delegación oficial abandonó el salón plenario durante el discurso de Trump, en un gesto de rechazo diplomático que evidencia la intolerancia del régimen hacia la crítica internacional. Posteriormente, el gobernante Miguel Díaz-Canel utilizó la red social X para acusar a Estados Unidos de promover una «guerra económica genocida», mientras el canciller Bruno Rodríguez Parrilla rechazó las declaraciones calificándolas de calumnias. Esta reacción vuelve a poner de manifiesto la negativa del régimen de La Habana a asumir la responsabilidad por el colapso interno, atribuyendo sistemáticamente la crisis a factores externos y eludiendo cualquier autocrítica sobre su modelo de gestión.
La postura de Rodrigo Paz Pereira representa un viraje radical en la política exterior de Bolivia respecto a La Habana. Durante los gobiernos del Movimiento al Socialismo (MAS), liderados por Evo Morales y Luis Arce, Bolivia mantuvo una estrecha alianza ideológica y diplomática con el ejecutivo cubano. Sin embargo, tras su elección como presidente, Paz marcó distancia al anunciar que no invitaría a Díaz-Canel, ni a Nicolás Maduro ni a Daniel Ortega a su investidura, argumentando que su país se relaciona «sobre la base de la democracia» y que dichos mandatarios no cumplen con esa condición básica para el diálogo bilateral.
Este alejamiento de los regímenes autoritarios de la región ya había sido anticipado por el presidente boliviano en meses anteriores. Durante su participación en la cumbre «Escudo de las Américas» convocada por Trump en Estados Unidos, Paz Pereira adelantó que el aislamiento y la crisis interna obligarían a un cambio de postura en La Habana. «En muy corto plazo, es Cuba la que va a pedir hablar con el mundo y no el mundo con Cuba porque la sociedad cubana está esperando las transformaciones de un nuevo proceso», declaró entonces a la prensa internacional. Su agenda en Nueva York prevé que intervenga nuevamente ante la Asamblea General en los próximos días, donde se espera que reitere su postura y profundice en la necesidad de un orden democrático en la isla.
Una crisis sistémica que ahoga a la población
El diagnóstico de «hambre» y sufrimiento esbozado por el presidente boliviano no es una exageración diplomática, sino un reflejo de la dramática realidad que viven los cubanos a diario. La isla atraviesa una de sus peores crisis económicas en décadas, caracterizada por una hiperinflación que destruye el poder adquisitivo de los salarios, un desabastecimiento crónico de alimentos y medicinas, y un colapso generalizado de los servicios públicos. El modelo económico centralizado y la falta de incentivos a la producción nacional han llevado a que la mayoría de la población dependa de las remesas enviadas desde el extranjero o del costoso mercado negro para acceder a productos de primera necesidad.
La afirmación de Paz de que «el Estado vive para el Estado» encuentra su máxima expresión en la estructura cubana, donde la burocracia gubernamental y el sector militar controlan la inmensa mayoría de la economía. Mientras las empresas estatales y las corporaciones militares mantienen el monopolio del comercio, el turismo y las divisas, la ciudadanía enfrenta apagones energéticos prolongados, un deterioro acelerado del sistema de salud y una inflación que supera cualquier capacidad de ahorro. El gobierno cubano ha priorizado históricamente el sostenimiento de su aparato de control, seguridad del Estado y represión sobre la garantía de los derechos básicos y la alimentación de su población.
A la profunda crisis económica se suman la falta de libertades individuales y la constante represión social. La dictadura cubana ha endurecido su control sobre la sociedad civil, criminalizando la protesta pacífica y aplicando penas severas a opositores políticos, activistas y periodistas independientes. El miedo, la vigilancia y la falta de perspectivas de futuro han desencadenado un éxodo migratorio masivo y sin precedentes, con cientos de miles de cubanos abandonando la isla en los últimos años hacia Estados Unidos, América Latina y Europa. Este vaciamiento demográfico, que afecta especialmente a la fuerza laboral joven y a los profesionales, agrava aún más la ya precaria situación productiva y social del país.
Antecedentes de una diplomacia de supervivencia
Históricamente, el régimen de La Habana ha dependido del apoyo de aliados ideológicos y de la retórica antiimperialista para sostener su imagen en foros internacionales como la ONU. La pérdida de aliados clave en América Latina, como ahora ocurre con Bolivia, supone un duro golpe a esta estrategia de supervivencia diplomática. Durante años, el gobierno cubano instrumentalizó sus relaciones con naciones como Venezuela, Bolivia y Nicaragua para presentarse como un bloque de resistencia frente a Estados Unidos, ocultando tras esa fachada de supuesta soberanía el fracaso absoluto de su modelo interno y la violación sistemática de los derechos humanos.
El escenario que se dibuja en la Asamblea General de la ONU evidencia un creciente aislamiento del régimen. Las declaraciones de Trump y el respaldo implícito de líderes de la región a la necesidad de un cambio en la isla presionan a las autoridades cubanas. La comunidad internacional comienza a perder la paciencia ante la incapacidad del ejecutivo cubano para ofrecer soluciones reales a su población, limitándose a repetir discursos obsoletos sobre bloqueos y guerras económicas que no logran explicar la ineficiencia, la falta de libertades y la corrupción sistémica del aparato estatal.
El futuro inmediato para la ciudadanía cubana se vislumbra incierto y desafiante. La presión internacional, sumada al agotamiento del modelo interno, sugiere que el régimen de La Habana se enfrenta a un punto de inflexión sin retorno. Las declaraciones de líderes como Rodrigo Paz Pereira no solo desnudan la realidad del hambre y la pobreza en la isla, sino que envían un mensaje claro a la dirigencia cubana: el respaldo internacional a la impunidad y al inmovilismo tiene los días contados. La exigencia de que el Estado esté al servicio de la gente, y no de su propia perpetuación en el poder, resuena con fuerza como un imperativo ético y político en el panorama hemisférico, abriendo un debate crucial sobre el destino de la nación caribeña.



