La muestra, alojada en el Museo de Arte de las Américas de la OEA, concluyó su andadura con la proyección del documental \»Cuba y la noche\» y un foro sobre la represión cultural. La exhibición reunió obras creadas en las cárceles de la isla por una docena de creadores perseguidos por motivos políticos.
El acto de clausura reunió a defensores de derechos humanos, activistas y diplomáticos en la sede de la Organización de Estados Americanos (OEA). Tras la exhibición de la película, se desarrolló un panel moderado por Christina Fetterhoff, del Instituto Internacional sobre Raza, Igualdad y Derechos Humanos, en el que participaron el relator especial para la Libertad de Expresión de la CIDH, Pedro Vaca; el director del documental, Sergio Fernández Borrás; y la historiadora de arte Anamely Ramos, una de las curadoras de la muestra junto a Adriana Ospina.
Durante más de dos meses, la exhibición visibilizó la obra y los testimonios de 12 creadores cubanos encarcelados por la dictadura, entre ellos Luis Manuel Otero Alcántara, Maykel Castillo Pérez (Maykel Osorbo) y varios integrantes del proyecto El 4tico. Las piezas expuestas, que incluyeron dibujos, poemas y esculturas elaboradas con materiales precarios, fueron extraídas clandestinamente de prisiones de máxima seguridad como la de Guanajay, gracias a un arduo trabajo de documentación del Observatorio de Derechos Culturales (ODC) junto a los familiares de los reclusos.
El cine como espejo de la represión en la isla
El documental proyectado, \»Cuba y la noche\», reconstruye la ola de movilizaciones ciudadanas frente a la represión estatal, tomando como eje central la detención del rapero Denis Solís en noviembre de 2020, evento que detonó la protesta y huelga de hambre del Movimiento San Isidro. La cinta, galardonada recientemente con el Premio Tim Hetherington en el Sheffield DocFest por su narrativa humanitaria, expone la crudeza de la vigilancia y el acoso sistemático contra la creación artística independiente en la isla.
Esta iniciativa cultural en Washington trasciende el ámbito museístico para convertirse en una denuncia internacional del clima de intolerancia que impera en el país. El régimen de La Habana ha endurecido en los últimos años su política contra la disidencia, aplicando el encarcelamiento arbitrario y la censura como herramientas para silenciar cualquier voz crítica. La penalización del arte independiente es un reflejo más del colapso de las libertades fundamentales que ha precipitado el mayor éxodo migratorio de la historia reciente de la nación.
La clausura de \»La prisión invisible\» marca un punto de inflexión en la exigencia de garantías para los creadores presos. Organizaciones defensoras de los derechos humanos insisten en que la comunidad internacional debe mantener la presión diplomática sobre el ejecutivo cubano para exigir la liberación incondicional de los artistas y el cese de la persecución política. Mientras tanto, desde la diáspora, se articulan nuevas redes de resistencia, como la colección de fanzines presentada por Ramos, para asegurar que la obra de quienes padecen el encierro no sea borrada por el aparato represivo del Estado.