Miércoles, 22 de julio de 2026
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Apagones y escasez en Cuba: la ingeniería del control social a través de la privación

Un análisis de campo realizado en Cuba durante los primeros meses de 2026 documenta cómo los colapsos del sistema eléctrico y el desabastecimiento crónico funcionan como mecanismos de control social. La dictadura cubana utiliza la privación para mantener a la población en un estado de agotamiento que imposibilita la organización y la protesta ciudadana.

Para el observador externo, los apagones prolongados y las interminables colas para acceder a alimentos básicos en Cuba podrían interpretarse como síntomas inequívocos de ineficiencia estatal y colapso institucional. Sin embargo, al recoger las experiencias de quienes soportan cortes eléctricos de hasta 30 horas consecutivas, emerge una lectura más profunda: la escasez no es un accidente, sino un instrumento de gobernanza del régimen de La Habana.

Un trabajo de campo llevado a cabo en enero y febrero de 2026 en territorio cubano permite documentar cómo la asfixia cotidiana no constituye una falla del sistema, sino el sistema mismo en funcionamiento. El gobierno cubano ha perfeccionado una modalidad de poder que no opera desde la distribución de bienes y oportunidades, sino desde la administración calculada de la carencia.

La confiscación del tiempo y la energía vital

La dictadura no se limita a reprimir o legislar; se especializa en gestionar los cuerpos, los ritmos y las condiciones materiales de existencia. En el caso cubano, esta gestión se ejecuta desde la precariedad institucionalizada. Al convertir la escasez en norma cotidiana, las autoridades de la isla desplazaron el horizonte vital de los ciudadanos: la autorrealización, la participación cívica o el pensamiento crítico dejaron de ser prioridades para ceder paso a la supervivencia biológica inmediata.

Un apagón de más de 24 horas opera como un dispositivo de vaciamiento físico y mental. La persona que lo sufre ve anulada su soberanía temporal: el tiempo que en condiciones normales podría destinarse al descanso, al debate o a la organización comunitaria queda confiscado por la urgencia absoluta. Conservar los alimentos, mitigar el calor o proteger a los menores de las plagas se convierten en las únicas ocupaciones posibles.

El agotamiento como amortiguador político

Los testimonios recogidos durante el trabajo de campo coinciden en una certeza: los apagones y la escasez planificada funcionan como un engranaje que consume el tiempo y la energía de la población, forzándola a dinámicas de dependencia total respecto al Estado. La fatiga crónica que resulta de esta dinámica no es solo un malestar físico; es un mecanismo de neutralización política ideal para la dictadura cubana.

Un cuerpo exhausto por las dinámicas de la escasez y mentalmente drenado por la incertidumbre permanente no dispone del excedente energético necesario para articular protestas o exigir cambios democráticos. De mantenerse esta inercia, el panorama a futuro apunta a una profundización del colapso estructural. La continuidad de estos mecanismos de privación no solo garantiza la supervivencia del régimen de La Habana a corto plazo, sino que augura un deterioro irreversible del tejido social, dificultando cualquier transición hacia la recuperación económica y la apertura democrática en el mediano y largo plazo.

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