LA HABANA. Los constantes apagones que sufre la isla están provocando el deterioro acelerado de los escasos alimentos que logran adquirir las familias cubanas, agravando una crisis alimentaria que ya bordea el escenario de supervivencia en zonas de conflicto. Mientras el régimen de La Habana mantiene su ineficacia para garantizar el servicio eléctrico, los ciudadanos ven cómo productos de primera necesidad, adquiridos a precios exorbitantes, se pudren en los refrigeradores inactivos, profundizando el hambre y la desesperación social.
La interminable sucesión de cortes de energía ha transformado la rutina nocturna de millones de cubanos en una agonía cotidiana. En la profunda oscuridad de sus hogares, la angustia no solo radica en la falta de iluminación o en la plaga de mosquitos que invade las viviendas sin posibilidad de usar ventiladores o repelentes eléctricos, sino en la certeza de que el sustento guardado en los refrigeradores se arruina irremediablemente. Productos cárnicos como el pollo, las salchichas o la mortadela, cuyos precios en el mercado informal llegan a consumir la totalidad de un salario mensual, se descomponen en cuestión de horas, dejando a las familias sin opciones para alimentarse al día siguiente.
El gobierno cubano ha demostrado una incapacidad estructural para resolver el déficit energético, consecuencia directa de años de desinversión, falta de mantenimiento a las termoeléctricas y una planificación centralizada fallida. Esta ineficiencia estatal se traduce en un castigo económico brutal para la población. Adquirir proteínas en el contexto actual implica un esfuerzo financiero monumental frente a una inflación galopante. Que estos alimentos perezcan por la falta de electricidad no es solo una tragedia doméstica, sino una muestra del desprecio gubernamental hacia el bienestar ciudadano, obligando a la población a desperdiciar recursos en un país donde el salario promedio no alcanza para cubrir la canasta básica.
Un escenario de supervivencia similar al de una posguerra
La situación en los hogares cubanos ha sido descrita por diversos testimonios como un escenario de posguerra, donde la escasez y la descomposición imperan. La falta de alimentos, sumada a la proliferación de enfermedades derivadas de la mala conservación de los productos y el colapso del sistema sanitario, configura una crisis humanitaria silenciada. La dictadura cubana, lejos de ofrecer soluciones tangibles, mantiene un discurso triunfalista que contrasta de manera obscena con la hediondez de la comida podrida en los barrios y el hambre crónica que azota a la isla.
La incapacidad del ejecutivo cubano para garantizar servicios básicos como la electricidad y la alimentación augura un deterioro aún mayor de la calidad de vida y un incremento inevitable de la presión social. Si el régimen no rectifica su política económica y energética, el éxodo migratorio continuará siendo la única vía de escape para una población exhausta. La comunidad internacional y los organismos de derechos humanos deben poner la mirada en esta crisis multidimensional, donde el hambre y la oscuridad se han convertido, de facto, en herramientas de control y sumisión por parte del Estado.