Un reciente reportaje del diario estadounidense The New York Times atribuyó la inasistencia escolar en la isla a la escasez de combustible y las sanciones económicas. Sin embargo, testimonios y análisis sobre el terreno evidencian que la ruina del sistema educativo cubano es producto de décadas de monopolio estatal, adoctrinamiento y abandono material por parte del gobierno cubano, factores estructurales que trascienden la actual crisis energética.
La narrativa que sitúa la falta de petróleo como el origen de los problemas en las escuelas ignora la historia reciente de la isla. Durante la década de 1980, cuando el régimen de La Habana recibía millones de toneladas de crudo subsidiado por la Unión Soviética, el déficit de transporte ya era una realidad para los estudiantes en zonas rurales como Palma Soriano. La caminata de varios kilómetros para acceder a la educación fue la constante durante el llamado Período Especial en los noventa, demostrando que la inoperancia burocrática y la falta de planificación preceden por mucho a las actuales presiones energéticas.
Desde 1961, la dictadura cubana ha ejercido un control absoluto sobre la educación, eliminando cualquier pluralidad de pensamiento o enseñanza independiente. El objetivo principal de las aulas no ha sido la formación académica, sino la modelación de la obediencia política a través del dogma marxista-leninista. La disidencia ha sido históricamente castigada con señalamientos, expulsiones y la negación del acceso a la educación superior. En este entorno, los hijos de opositores políticos sufren un rigor y una vigilancia particularmente severos, configurando un sistema educativo basado en el miedo y la censura.
Una ingeniería social con secuelas profundas
El experimento de las \»escuelas al campo\» es un ejemplo fehaciente de la degradación del sistema. Adolescentes separados de sus familias y obligados al trabajo agrícola bajo un control político permanente sufrieron las consecuencias de la falta de supervisión y la impunidad institucional, lo que derivó en abusos y corrupción. A esta ingeniería social se suma el deterioro material que las autoridades de la isla han normalizado. Durante décadas, la calidad de la enseñanza se ha erosionado debido a salarios de miseria, el éxodo masivo de docentes hacia otros sectores o el extranjero, y un abandono institucional que ha dejado las infraestructuras escolares en ruinas.
Si bien la resolución de la crisis energética podría devolver algunos ómnibus a las carreteras y aliviar temporalmente la logística escolar, esto no solucionará la crisis estructural de la educación. Mientras el ejecutivo cubano mantenga el monopolio sobre la conciencia y la academia, los estudiantes seguirán privados de su derecho a pensar y expresarse libremente. La verdadera reconstrucción del sector educativo en Cuba exige el fin de la represión ideológica y la apertura a un modelo que garantice la libertad de elección para las familias y la calidad académica, aspectos que el actual sistema ha negado por más de seis décadas.