Una mujer de 58 años, diagnosticada con esquizofrenia paranoide, sobrevive desde hace una década en el reducido hueco de una escalera de un edificio en el municipio habanero de El Cerro. El caso de Yazmín expone con crudeza el colapso habitacional, la ineficacia institucional y el abandono sistemático al que el régimen de La Habana somete a los sectores más vulnerables de la población cubana, quienes deben enfrentar la indiferencia burocrática y la precariedad extrema en medio de la peor crisis económica de las últimas décadas.
En el número 208 de la calle Domínguez, en el municipio capitalino de El Cerro, la realidad supera cualquier relato de ficción. Yazmín ha improvisado una vivienda en el exiguo espacio que conecta la planta baja con el primer piso de una edificación multifamiliar en estado de deterioro avanzado. La estrechez del lugar apenas le permite disponer de un par de sillas, unas repisas para sus escasas pertenencias y un estante rústico donde prepara sus alimentos en un fogón destartalado. Aprovechando la estructura ascendente de los escalones, ha construido un precario «segundo nivel» al que se accede por una escalera de madera maltrecha, donde yace un colchón desgastado y unas pocas mudas de ropa en la penumbra.
Las condiciones de habitabilidad representan un riesgo constante para la salud y la integridad física de esta mujer. Durante las lluvias, el agua se filtra e inunda el reducido espacio, provocando en ocasiones el desbordamiento de la fosa séptica, lo que llena su improvisado hogar de aguas albañales. Los insectos y roedores son sus compañeros asiduos. A esto se suma la falta de un baño adecuado —debe hacer sus necesidades en un hueco que mantiene tapado— y la ausencia de instalaciones de agua potable, dependiendo de la caridad ajena o de pagos esporádicos para conseguir unas cuantas cubetas diarias. El constante tránsito de los vecinos por la escalera le impide el descanso, sumiéndola en un estado de agobio permanente que ella misma describe como «vivir como una rata».
El colapso de la infraestructura y el fracaso de la política habitacional
El edificio que sirve de refugio a Yazmín no es una excepción en el panorama urbano de la capital, sino la regla. La edificación, que en 1961 funcionaba como la Jefatura del Batallón 187 de las Milicias Nacionales Revolucionarias —según reza una tarja en su entrada—, es hoy un cascarón tomado por ocupantes ilegales provenientes de diversas partes de la isla. Cuando Yazmín llegó hace diez años, el inmueble ya estaba repartido y el único espacio disponible para habituar fue el hueco de la escalera. Esta situación ilustra la profunda incapacidad del gobierno cubano para garantizar uno de los derechos más invocados en su discurso oficial: el acceso a una vivienda digna.

Entrada del edificio donde vive Yazmín (Foto: CubaNet)
Según estimados oficiales, Cuba necesita construir más de 856.500 viviendas y rehabilitar otras 394.000 para amortiguar su crítica situación habitacional, con especial incidencia en provincias como La Habana, Villa Clara, Holguín y Santiago de Cuba. Al cierre de 2024, el 35% de las viviendas en el país se encontraba en condiciones regulares o malas. Este déficit estructural condena a miles de familias al hacinamiento en edificaciones que funcionan como bombas de tiempo. Solo en la capital cubana se derrumban, total o parcialmente, unas 1.000 viviendas cada año, provocando en múltiples ocasiones víctimas mortales, incluidos menores de edad, y decenas de heridos.
La ineficacia gubernamental en la materia ha quedado demostrada en las cifras de construcción. Por segundo año consecutivo, el ejecutivo cubano ha fracasado en su plan de viviendas. En 2023, se proyectó la construcción de 24.715 casas nuevas, pero apenas se alcanzaron 16.065 (65%). En 2024, la caída fue aún más estrepitosa: solo se terminaron 7.427 viviendas, el 55% de lo planificado. Las autoridades de la isla han reconocido el aumento del «número de inmuebles en estado técnico regular y malo, sin poderse detener el deterioro». La escasez de cemento, la falta de materiales básicos y la incapacidad logística para distribuirlos figuran como las causas principales de esta debacle, agravada por la antigüedad de las construcciones y el azote recurrente de fenómenos meteorológicos.
Un contexto de pobreza extrema y prioridades distorsionadas
El caso de Yazmín trasciende el problema habitacional y se inserta en la profunda crisis económica que atraviesa la isla. La mujer recibe 1.500 pesos cubanos mensuales por concepto de asistencia social, una cantidad equivalente a menos de cinco dólares en el mercado cambiario. Según estimaciones de economistas independientes, una persona necesita alrededor de 22.000 pesos cubanos mensuales para cubrir gastos elementales de alimentación e higiene. Es decir, la asistencia estatal representa apenas una quinceava parte de lo mínimo indispensable, reflejando el descalabro del sistema de seguridad social frente a una inflación descontrolada y la devaluación acelerada de la moneda nacional.

Yazmín no es ficción: su casa es un hueco bajo la escalera
Mientras la población enfrenta salarios y pensiones miserables, el régimen de La Habana mantiene una fiebre constructora enfocada en el sector turístico. Millones de dólares son inyectados en la edificación de hoteles y restaurantes que, paradójicamente, se mantienen vacíos y no generan los ingresos divisas esperados. Esta priorización de la élite gobernante, que justifica su incapacidad productiva con el embargo estadounidense, contrasta de manera obscena con la realidad de los cientos de cubanos que carecen de un techo seguro y de los recursos básicos para sobrevivir. Según una investigación del Observatorio Cubano de Derechos Humanos (OCDH), casi el 90% de la población en la isla vive en situación de pobreza extrema.
A la vulnerabilidad socioeconómica se suma el colapso del sistema sanitario, otrora presentado como una de las principales conquistas del proceso revolucionario. Yazmín, al igual que miles de pacientes con enfermedades crónicas, enfrenta la imposibilidad de adquirir los medicamentos para tratar su esquizofrenia paranoide. Las farmacias estatales sufren desabastecimiento crónico, y los fármacos solo suelen encontrarse en el mercado informal a precios inalcanzables para la mayoría. Los pacientes psiquiátricos y dependientes han quedado completamente desprotegidos ante la incapacidad del Estado para garantizar la cadena de suministros médicos básicos.
Criminalización de la pobreza e indolencia institucional
La respuesta del Estado ante el incremento de la indigencia ha sido la represión y la estigmatización. La dictadura cubana ha acuñado el término «personas con conducta deambulante» para referirse a quienes no tienen hogar, asociándolos directamente con la delincuencia. En lugar de implementar políticas públicas integrales que aborden las causas estructurales de la pobreza —como la escasez de viviendas, la falta de empleo digno y la atención a la salud mental—, el régimen opta por la exclusión y el recluimiento de estos individuos, criminalizando su condición de vulnerabilidad.

La puerta del «hueco de la escalera» (Foto: CubaNet)
La burocracia y la indolencia gubernamental mantienen a Yazmín atrapada en las estrechas paredes de su escalera. «Ellos no resuelven nada. Yo voy a todos lados a resolver mi problema de vivienda y se ríen de mí», relata la mujer, evidenciando la falta de canales efectivos para la atención ciudadana. Su historia no es un caso aislado, sino el síntoma de un sistema que ha abandonado a su población en favor del mantenimiento del control político y el privilegio de una cúpula militar y empresarial.
El panorama a futuro resulta desalentador para los ciudadanos más desprotegidos. La incapacidad del gobierno para revertir el déficit habitacional, unida a la profundización de la crisis económica y la falta de libertades, augura un empeoramiento en las condiciones de vida de millones de cubanos. La comunidad internacional y las organizaciones de derechos humanos deben mantener el escrutinio sobre las políticas internas de la isla, exigiendo accountability por el abandono institucional que condena a personas como Yazmín a la invisibilidad y al sufrimiento en los rincones más oscuros de La Habana.


