A sus 78 años, Josefa Rodríguez enfrenta en La Habana una vejez marcada por los apagones prolongados, la escasez crónica de alimentos y medicamentos, y la partida de sus seres más cercanos, en medio de una crisis migratoria sin precedentes que ha vaciado hogares y desintegrado familias en toda Cuba, dejando a miles de ancianos en un abandono silencioso que el régimen de La Habana se niega a reconocer.
La historia de Josefa no es una excepción, sino el retrato de una realidad que se replica en cada barrio de la isla. Sentada frente a la silla vacía que ocupaba su nieto hasta hace pocos meses, esta habanera relata cómo la decisión del joven de emprender el viaje hacia Estados Unidos transformó su rutina y dejó un vacío que ningún subsidio estatal puede llenar. «Antes tenía a alguien que me ayudara a buscar la comida, que me acompañara cuando se va la luz. Ahora estoy sola», afirma con la voz quebrada.
La crisis migratoria que vive Cuba desde 2022 ha alcanzado dimensiones que superan cualquier éxodo anterior. Según datos de la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza de Estados Unidos (CBP), más de 500.000 cubanos han llegado a territorio estadounidense en los últimos tres años por distintas rutas, incluyendo la vía aérea, el cruce terrestre por la frontera con México y las peligrosas travesías marítimas. A esta cifra se suman los que han emigrado a otros destinos como España, Chile, Uruguay y otros países de la región.
El colapso del tejido familiar y el abandono de la tercera edad
La salida masiva de cubanos en edad productiva ha generado un efecto devastador sobre la población anciana, que constituye una de las demografías más envejecidas de América Latina. Según el último Censo de Población y Viviendas, realizado en 2023 tras años de retraso, Cuba tiene aproximadamente el 21% de su población por encima de los 60 años. Sin embargo, las autoridades de la isla han omitido publicar datos detallados sobre el impacto real de la emigración en la estructura demográfica, lo que muchos analistas interpretan como un intento de ocultar la magnitud del despoblamiento.
Para personas como Josefa, las consecuencias son inmediatas y brutales. El sistema de asistencia social cubano, históricamente presentado como uno de los logres del modelo, se encuentra colapsado. Los hogares de ancianos carecen de recursos básicos, el personal médico y de enfermería ha emigrado en grandes números, y los servicios de atención domiciliaria son prácticamente inexistentes. La pensión promedio en Cuba no supera los 1.500 pesos mensuales, una cantidad que en el contexto de la inflación galopante y la dualidad monetaria apenas alcanza para comprar unos pocos productos básicos en el mercado informal.
«Yo con mi pensión no puedo comprar ni una libra de café, ni un aceite, ni una medicina para la presión», explica Josefa mientras muestra un refrigerador casi vacío. Las dificultades para acceder a medicamentos en las farmacias del país se han vuelto crónicas. Tratamientos esenciales para enfermedades cardiovasculares, diabetes e hipertensión —padecimientos comunes en la tercera edad— escasean durante meses en las redes de farmacias estatales, obligando a los familiares en el extranjero a gestionar envíos de medicinas o a recurrir al mercado negro, donde los precios son inalcanzables para quienes dependen exclusivamente de una pensión del gobierno cubano.
Apagones y precariedad: la cotidianidad de los que se quedan
La crisis energética agrava dramáticamente la situación de los adultos mayores que permanecen en la isla. Los apagones, que en algunas provincias superan las 10 horas diarias, afectan especialmente a quienes dependen de equipos médicos eléctricos, requieren refrigeración para sus medicamentos o simplemente necesitan un ventilador para soportar las altas temperaturas del verano caribeño. Josefa cuenta que durante los cortes de electricidad debe sentarse en el portal de su edificio, en una silla de plástico, esperando que regrese la luz para poder cocinar algo de comida.
El régimen de La Habana ha atribuido repetidamente la crisis energética al embargo de Estados Unidos, omitiendo su propia responsabilidad en el deterioro de la infraestructura eléctrica nacional, la falta de mantenimiento de las termoeléctricas y la ausencia de inversiones en fuentes renovables. Expertos en energía han señalado que el sistema electroenergético nacional opera por debajo del 50% de su capacidad instalada, con plantas que superan los 30 años de vida útil y un déficit de generación que ronda los 1.500 megavatios en horas pico.
La diáspora, sin embargo, se ha convertido paradójicamente en la principal red de supervivencia para quienes se quedan. Las remesas que envían los emigrados cubanos se calculan en más de 5.000 millones de dólares anuales, según estimaciones de organismos internacionales, aunque las cifras oficiales del gobierno cubano no siempre coinciden con estos cálculos. Para Josefa, la ayuda de su nieto desde el extranjero es lo único que le permite acceder a productos de primera necesidad que el mercado estatal no garantiza. «Si no fuera por lo que me manda mi nieto, no sé cómo haría», reconoce.
El silencio oficial ante la desintegración social
La dictadura cubana ha mantenido un discurso triunfalista sobre la «continuidad de la revolución» mientras el país se vacía. Los medios de comunicación oficialistas evitan abordar el fenómeno de la emigración masiva desde su verdadera dimensión, prefiriendo destacar casos aislados de retorno o presentando a quienes abandonan la isla como víctimas de «la propaganda enemiga». Esta narrativa niega la realidad evidente: los cubanos no emigran por manipulación externa, sino por la imposibilidad de construir un proyecto de vida en un país donde la represión política, el control económico y la falta de libertades ahogan cualquier iniciativa ciudadana.
El impacto psicológico sobre los ancianos que quedan atrás es uno de los aspectos menos visibles de esta crisis. Psicólogos y trabajadores sociales en la isla —los pocos que permanecen en sus puestos— han advertido sobre el aumento de cuadros depresivos, ansiedad y deterioro cognitivo acelerado en pacientes de la tercera edad que han perdido su red de apoyo familiar. La separación forzada de hijos y nietos genera un duelo permanente que se agrava con la incertidumbre de no saber cuándo, o si, volverán a verse. Josefa no ha podido despedirse de su nieto en persona desde que partió. Las comunicaciones por teléfono o internet, cuando el servicio lo permite, son su único vínculo con él.
La comunidad internacional ha comenzado a prestar atención a la crisis humanitaria silenciosa que se desarrolla en los hogares cubanos. Organizaciones de derechos humanos han documentado la situación de vulnerabilidad de la tercera edad en la isla, señalando la responsabilidad del gobierno cubano por su incapacidad para garantizar condiciones de vida digna a un sector poblacional que, paradójicamente, fue el más fiel al discurso oficial durante décadas. La respuesta de las autoridades ha sido la inacción: ningún programa integral ha sido implementado para atender a los ancianos sin apoyo familiar, y los presupuestos asignados a asistencia social se han reducido en términos reales.
Un país que envejece y se vacía
El futuro demográfico de Cuba se perfila como uno de los más críticos del hemisferio occidental. La combinación de baja natalidad, emigración masiva de jóvenes y envejecimiento acelerado configura un escenario que algunos demógrafos han calificado de «colapso poblacional». Las proyecciones indican que, de mantenerse las tendencias actuales, Cuba podría perder entre el 10% y el 15% de su población en la próxima década, con un impacto devastador sobre la fuerza laboral, la sostenibilidad del sistema de pensiones y la viabilidad misma del modelo económico centralizado.
Para Josefa, las estadísticas y los análisis macroeconómicos son abstracciones lejanas. Su realidad es la silla vacía, el refrigerador sin comida, la oscuridad del apagón y la espera de una llamada que le confirme que su nieto está bien. Su historia es la de miles de ancianos cubanos que, después de una vida entera en la isla, se encuentran solos en un país que los abandonó. Mientras el régimen de La Habana continúa negando la magnitud de la crisis, los Josefa de Cuba —sin voz, sin representación y sin esperanza— resisten como pueden, sostenidos únicamente por las remesas de los que tuvieron que irse para que los que se quedan puedan sobrevivir.



