Aunque en 1959 el líder de la revolución prohibió erigir estatuas en su honor para evitar el \»culto a la personalidad\», la maquinaria estatal ha consolidado una iconografía omnipresente. Ante el colapso económico y social de la isla, las autoridades de La Habana refuerzan la figura del fallecido exmandatario como herramienta de cohesión ideológica, en un intento por maquillar el desastre de la gestión actual.
Las disposiciones dictadas por Fidel Castro tras su llegada al poder, que incluían la prohibición de utilizar su nombre para bautizar calles o instituciones y la retirada de una escultura en Marianao, contrastan radicalmente con la realidad de las décadas posteriores. Su efigie ha estado presente de manera asfixiante en la prensa oficial, la televisión, la vía pública y en todas las instituciones del Estado. Esta omnipresencia mediática consolidó un sistema de infalibilidad donde su palabra era ley absoluta, abarcando desde la política internacional y la economía hasta recomendaciones culinarias en la televisión nacional.
El fallecimiento del exmandatario en 2016 no significó un retroceso en esta estrategia de propaganda, sino más bien un oxígeno para la dictadura cubana. Sus funerales, organizados con un rigor estético similar a los protocolos norcoreanos, incluyeron nueve días de luto y una caravana que recorrió la isla hasta depositar sus restos en el cementerio Santa Ifigenia en Santiago de Cuba. A partir de entonces, el relato oficial ha trabajado en la santificación póstuma de su figura, limando las aristas de sus últimos años, marcados por escritos confusos y un evidente deterioro físico.
El mito como refugio ante el colapso sistémico
El contexto actual de Cuba está definido por una crisis estructural sin precedentes, caracterizada por una hiperinflación galopante, el desabastecimiento crónico de alimentos y medicinas, el colapso del sistema eléctrico y un éxodo migratorio masivo. En este escenario de fracaso gubernamental, el régimen de La Habana ha encontrado en la nostalgia una válvula de escape. Los medios de comunicación oficialistas despliegan intensas campañas de loas hacia el \»legado\» del Comandante, especialmente en fechas emblemáticas como el aniversario de su nacimiento. Esta operación discursiva busca desviar la atención de la incapacidad del ejecutivo cubano para resolver las urgencias más básicas de la población.
La instrumentalización de la memoria histórica choca, sin embargo, con la realidad cotidiana. Mientras la dirigencia actual invoca frases del líder histórico para justificar políticas que a menudo traicionan sus postulados originales, un sector de la población, particularmente los adultos mayores más golpeados por la penuria actual, refugia su frustración en un pasado idealizado. Sin embargo, para las nuevas generaciones, que no vivieron esa etapa pero padecen sus consecuencias, el culto a la personalidad resulta un artificio vacío. El futuro político de la isla dependerá en gran medida de cuánto tiempo más podrá la dictadura sostener una narrativa basada en el mito, mientras la realidad material de la nación continúa su deterioro irrefrenable.