La narrativa oficial cubana ensalzó durante décadas su alianza con el Frente Polisario y el envío de cientos de niños y adolescentes saharauis a la isla para su formación, pero hoy esa historia ha desaparecido del discurso del régimen de La Habana, que abandonó a una generación desarraigada tras años de adoctrinamiento y aislamiento forzado.
En la segunda mitad de la década de 1970, el gobierno cubano decidió involucrarse en el conflicto del Sahara Occidental mediante su política de internacionalismo, enviando becas educativas a niños y jóvenes saharauis procedentes de campamentos de refugiados en Argelia. La mayoría eran huérfanos o hijos de prisioneros de guerra, arrancados de un territorio disputado entre Marruecos y el Frente Popular de Liberación de Saguía el-Hamra y Río de Oro, creado en 1973. Lo que se presentó como un gesto soliditario fue, en la práctica, un proceso de desarraigo sistemático y adoctrinamiento ideológico del que hoy apenas queda rastro en la memoria oficial.
Aquellos jóvenes fueron concentrados en escuelas rurales de la Isla de la Juventud, donde compartían aulas con estudiantes de otros países africanos. Lejos de recibir una educación neutra, fueron sometidos a un programa de formación política que les inculcaba la devoción por Fidel Castro y el rechazo a Estados Unidos e Israel. Profesores sin conocimiento real de la cultura saharaui intentaron borrar sus costumbres y creencias religiosas. En múltiples ocasiones, los estudiantes musulmanes se vieron obligados a consumir carne de cerdo en los comedores escolares porque su magra dieta no les permitía rechazarla, vulnerando abiertamente sus preceptos religiosos.
Aislamiento y desarraigo: el costo humano del internacionalismo castrista
Uno de los aspectos más lesibles de aquella experiencia fue el aislamiento total al que fueron sometidos los becarios saharauis durante sus años en Cuba. Muchos permanecieron en la isla más de una década sin ningún tipo de comunicación con sus familias, ni siquiera por correo postal. Su único contacto con su tierra se reducía a las visitas esporádicas a Cuba de líderes del Frente Polisario, como Mohamed Abdelaziz, en actos políticos donde no era posible enviar mensajes a sus seres queridos ni averiguar por el paradero de sus padres. Todo se limitaba a escuchar arengas y corear consignas revolucionarias.
El Sahara Occidental, que fue colonia española durante 90 años hasta que en 1976 España cedió su soberanía a Marruecos tras la Marcha Verde ordenada por el rey Hassan II, se convirtió en un escenario de guerra donde las principales víctimas fueron los nómadas que habitaban el territorio. Atrapados entre las tácticas de tierra arrasada del ejército marroquí y los abusos doctrinarios del Frente Polisario, miles de familias quedaron dispersas en campamentos rodeados de alambradas y muros fortificados. De allí salieron los niños que el régimen cubano reclutó para su proyecto ideológico.
El regreso a la nada
Cuando los graduados regresaron a los campamentos con sus diplomas universitarios, muchos descubrieron que sus familiares ya no estaban. El desarraigo que sufrieron en Cuba se prolongó al volver a una tierra donde les resultaba imposible localizar a sus seres queridos. Los escasos buenos recuerdos que conservaron de su paso por la isla contrastan con el costo emocional de haber perdido su inocencia y su juventud en un país que los utilizó como piezas de ajedrez geopolítico y luego los olvidó.
Hoy, el régimen de La Habana apenas menciona al Frente Polisario. La dictadura cubana ha desplazado sus alianzas y prioridades diplomáticas, y aquella retórica de hermandad antiimperialista con el pueblo saharaui se ha desvanecido sin que medie ningún gesto de reparación hacia quienes fueron instrumentalizados. El silencio actual del ejecutivo cubano sobre este capítulo revela la naturaleza transaccional de sus relaciones internacionales: los jóvenes saharauis fueron una herramienta de propaganda que, una vez cumplida su función, fue descartada de la narrativa oficial. Mientras tanto, las víctimas de aquel experimento continúan cargando con las consecuencias de un desarraigo que ni el tiempo ni la distancia han podido reparar.