La respuesta del chavismo ante los recientes y devastadores terremotos en el norte de Venezuela ha dejado al descubierto, una vez más, la crueldad estructural de los regímenes autoritarios. Según testimonios de periodistas y rescatistas en el terreno, las autoridades no solo omitieron sus deberes básicos de protección civil, sino que obstaculizaron deliberadamente la ayuda humanitaria. Esta dinámica, tristemente familiar para los observadores de la política regional, replica el mismo modus operandi que la dictadura cubana ha empleado históricamente frente a desastres naturales, donde el monopolio político y la imagen oficialista se anteponen a la supervivencia y dignidad de los ciudadanos.
El periodista venezolano exiliado Enmanuel Rincón, en diálogo con medios independientes y organizaciones de derechos humanos, ha ofrecido una radiografía estremecedora de la gestión del desastre en territorio venezolano. Su evaluación trasciende la mera incompetencia administrativa para adentrarse en la malicia intencional. Según Rincón, lo ocurrido en las zonas devastadas no fue producto de la falta de recursos logísticos o de una falla en la cadena de mando, sino de una decisión calculada: impedir que la asistencia llegara a quienes más la necesitaban. Esta revelación sacude la conciencia regional y plantea interrogantes profundas sobre la naturaleza de los gobiernos que priorizan su hegemonía por encima del derecho fundamental a la vida.
La perplejidad de los venezolanos, incluso aquellos ya curtidos por décadas de abusos y escaseces, resalta la magnitud de la indignación popular. El chavismo, desde sus orígenes, ha demostrado una vocación represiva innegable, pero el sabotaje a las labores de rescate trasciende los límites de la racionalidad política. La obstrucción sistemática de brigadas internacionales y nacionales revela un terror patológico a perder el monopolio de la narrativa. Para el régimen, la presencia de actores no alineados, aunque vengan estrictamente a salvar vidas, representa una amenaza inaceptable a la ficción de omnipotencia estatal que intentan proyectar.
Los relatos recogidos en el terreno describen una burocracia macabra. Funcionarios del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) se dedicaron a retener equipos de rescate altamente especializados, exigiendo cumplir con protocolos políticos y actos protocolares antes de autorizar el rastreo de sobrevivientes. Mientras el reloj avanzaba implacable y las probabilidades de encontrar vida bajo los escombros se desvanecían por minutos, las autoridades exigían control sobre la óptica del desastre. Esta instrumentalización de la tragedia es un claro ejemplo de cómo el autoritarismo convierte el sufrimiento humano en un mero escenario para su propio lucimiento.
Aún más escalofriante resulta la persecución directa contra la solidaridad ciudadana. El régimen no se conformó con entorpecer la ayuda externa, sino que procedió a desmantelar de manera violenta los centros de acopio organizados por la sociedad civil, ONG y partidos de la oposición. En momentos de desesperación colectiva, la dictadura percibe la organización autónoma de los ciudadanos como un peligro inminente de subversión. Despojar a una población herida y hambrienta de los recursos recolectados por sus propios vecinos es un acto de vandalismo de Estado que subraya la desconexión total entre el poder y el pueblo.
El silencio forzado acompaña a esta tragedia, actuando como un cómplice silente del Estado. Rincón detalló la recepción de abundante material audiovisual —fotografías y videos— que permanece inédito debido al terror a represalias. La autocensura impuesta por el aparato represivo impide que el mundo dimensione la verdadera catástrofe humanitaria. Esta censura preventiva, basada en el miedo, es un mecanismo de control social que el régimen de La Habana ha perfeccionado a lo largo de más de seis décadas, exportando posteriormente su manual de represión a sus aliados en el continente.
La ausencia del Estado durante las primeras 48 horas críticas es otro capítulo de esta negligencia criminal. Mientras cientos de vecinos excavaban con las manos desnudas buscando a sus familiares bajo el concreto, la maquinaria oficial brillaba por su ausencia. La posterior aparición de convoyes militares fue recibida con el rechazo y desprecio merecidos, al entender la población la hipocresía de un gobierno que abandona a su suerte a los ciudadanos en los momentos de mayor vulnerabilidad, para luego intentar capitalizar políticamente el desastre con videos de relaciones públicas.
La labor real de rescate recayó, inevitablemente, sobre los hombros de brigadas internacionales y de la propia ciudadanía, quienes debieron sortear no solo la adversidad natural, sino también los obstáculos interpuestos por las fuerzas del orden. Es imposible calcular con exactitud cuántas vidas se perdieron por la demora intencional, pero la responsabilidad política y moral del gobierno venezolano en estas muertes es incuestionable. La tragedia se agrava no por la furia de la naturaleza, sino por la insensibilidad del hombre.
El espejo cubano: La tragedia como herramienta de control político
Lo ocurrido en Venezuela no es un caso aislado en la geopolítica del Caribe, sino la extensión natural de un modelo dictatorial diseñado, asesorado y exportado desde La Habana. El régimen cubano tiene una larga y triste historia en el manejo de desastres naturales, particularmente huracanes de gran intensidad y sismos en la zona oriental de la isla. En cada una de estas crisis, el gobierno cubano ha demostrado que su prioridad absoluta no es el bienestar material de la población, sino el mantenimiento del control absoluto sobre la sociedad y la proyección de una imagen de eficiencia invencible hacia el exterior.
Durante el paso de devastadores meteoros por el territorio nacional, la dictadura en Cuba ha prohibido de manera sistemática la entrada y distribución libre de ayuda humanitaria internacional si esta no es canalizada, filtrada y administrada exclusivamente por el Estado. Organizaciones no gubernamentales, instituciones religiosas y ciudadanos independientes que intentan distribuir alimentos, medicinas o materiales de construcción son intimidados, tienen sus donativos confiscados e incluso son procesados penalmente bajo pretextos jurídicos amañados.
Al igual que en el caso venezolano, en Cuba la ayuda que proviene del exilio o de organismos internacionales es vista con recelo y hostilidad política. El régimen de La Habana teme profundamente que la población perciba que la solidaridad externa es más efectiva y ágil que la inoperancia estatal, lo que fracturaría el mito fundacional de la «revolución protectora». Por ello, el gobierno cubano se asegura de poner su sello y su propaganda en cada paquete entregado, convirtiendo la asistencia humanitaria en un acto de sumisión y agradecimiento al líder, mientras miles de familias permanecen años viviendo bajo techos frágiles, sin recibir jamás los recursos prometidos.
El control de la información durante las crisis en Cuba es otro paralelismo evidente. Los periodistas independientes que intentan documentar el verdadero alcance de los daños y la desidia oficial son víctimas de arrestos arbitrarios, decomiso de sus equipos y amenazas. La dictadura monopoliza los medios para mostrar solo imágenes de supuesta unidad y disciplina, ocultando el caos, la desesperación y la falta de recursos reales que aqueja a la población en los municipios más vulnerables.
La tragedia venezolana y la respuesta cubana ante sus propias crisis comparten una misma raíz patológica: la cosificación del ser humano. Para estas dictaduras, los ciudadanos no son titulares de derechos inalienables, sino piezas de un tablero político whose únicos fines son la perpetuación en el poder. La obstrucción de la ayuda, la censura de la tragedia y la represión a la solidaridad independiente no son fallas del sistema, sino características inherentes al mismo. Mientras la comunidad internacional observe estos eventos como meros accidentes administrativos o problemas de gestión, los regímenes autoritarios seguirán utilizando los desastres naturales como campos de batalla para asegurar su supervivencia, pagando el costo con la sangre, el hambre y el dolor de sus pueblos.



