El general de ejército Raúl Castro ha firmado el prólogo de las \»Obras Escogidas\» de Fidel Castro, una colección de 23 tomos presentada en La Habana durante el I Coloquio Internacional \»Fidel: legado y futuro\», celebrado con motivo del centenario del exmandatario. El texto, lejos de ofrecer un balance histórico riguroso, constituye un ejercicio de reescritura del pasado que exalta las supuestas virtudes del castrismo mientras omite deliberadamente episodios clave que evidencian la responsabilidad del régimen en el colapso estructural de la nación.
La compilación, que abarca documentos fechados entre 1940 y 2016, fue presentada en el marco de un evento académico-ideológico diseñado para revitalizar la figura del fundador de la dinastía castrista. En su prólogo, el menor de los hermanos Castro insta a las actuales y nuevas generaciones de cubanos a estudiar la obra del \»comandante en jefe\», presentándola como \»una fuente inagotable para comprender los tiempos que vivimos\» y un \»arma para continuar defendiendo la patria\». Sin embargo, el análisis de los textos revela una narrativa cuidadosamente depurada, donde las omisiones históricas son tan elocuentes como las glorificaciones.
Al referirse a los sucesos de la Sierra Maestra, el prologuista atribuye la victoria rebelde sobre las tropas de Fulgencio Batista exclusivamente a la conducción estratégica de Fidel Castro. No obstante, el relato silencia convenientemente el embargo de armas que Estados Unidos impuso al ejército batistiano en marzo de 1958, una medida internacional que debilitó drásticamente la maquinaria militar del régimen anterior y facilitó el avance insurgente. Esta omisión busca atribuir un triunfo militar exclusivo a la figura del líder rebelde, soslayando el contexto geopolítico de la época.
Una de las elipsis más significativas del texto se refiere a las nacionalizaciones de 1960. El prólogo celebra la apropiación de las empresas extranjeras como un paso decisivo hacia la construcción del socialismo, pero calla por completo la expropiación de las grandes empresas nacionales. Al separar a esas entidades de sus legítimos propietarios —quienes poseían el conocimiento técnico y la capacidad de gestión para hacerlas producir con eficiencia—, el gobierno cubano asestó un golpe demoledor a la economía del país. La centralización estatal y la eliminación de la propiedad privada destruyeron la matriz productiva de la isla, un daño estructural del cual Cuba no se ha recuperado y que es la raíz directa de la actual escasez y miseria.
La omisión del peligro nuclear y el costo de las guerras subsidiarias
El prólogo también evita aludir a uno de los episodios más peligrosos de la Guerra Fría: la carta que Fidel Castro envió a Nikita Jruschov durante la Crisis de Octubre. El documento histórico revela que el entonces joven gobernante cubano propuso que la Unión Soviética fuera la primera en lanzar un ataque nuclear contra el territorio enemigo. El líder soviético, consternado, le reprochó por escrito que aquello \»no hubiera sido un simple golpe, sino el comienzo de una guerra mundial termonuclear\». De no haber sido por la diplomacia y la contención ejercida por Jruschov y el presidente estadounidense John F. Kennedy, la beligerancia del régimen cubano habría contribuido a desatar una catástrofe global.
Otro de los mitos perpetuados en el texto es la supuesta \»dirección victoriosa\» de Fidel Castro sobre las tropas cubanas que combatieron en Angola. La narrativa oficial omite que el máximo líder ejercía su mando a más de 10.000 kilómetros del teatro de operaciones, desde la comodidad de su oficina en el Ministerio de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (MINFAR) en La Habana. Mientras tanto, más de 2.000 cubanos —según la cifra oficialmente reconocida por las autoridades de la isla— perdieron la vida en un conflicto ajeno a los intereses nacionales, cuyo verdadero propósito era defender la expansión geopolítica del Kremlin en tierras africanas.
Contexto: Culto a la personalidad y crisis estructural
La dictadura cubana ha construido su legitimidad sobre un relato heroico que contrasta de manera abrupta con la realidad que viven los ciudadanos. El prólogo menciona que Fidel Castro pidió que no se le rindiera culto tras su muerte, una voluntad que la Asamblea Nacional del Poder Popular transformó en la Ley No. 123 de 2016, la cual prohíbe erigirle monumentos o bautizar instituciones con su nombre. Sin embargo, la práctica cotidiana demuestra lo contrario. Los cubanos están sometidos a un bombardeo propagandístico permanente de su figura en todos los medios de difusión estatales.
Diariamente, la Mesa Redonda de la Televisión Cubana y otros espacios de la programación nacional interrumpen sus transmisiones para emitir pasajes o discursos del ex máximo líder, ocupando los espacios donde, en el resto del mundo, se ubica la publicidad comercial. Esta estrategia de endiosamiento es comparable a los cultos a la personalidad desplegados en China con la figura de Mao Zedong, o a la dinastía Kim en Corea del Norte. Mientras la censura impide a los cubanos acceder a información libre, el régimen de La Habana utiliza el monopolio mediático para sostener un mito que justifica la falta de libertades y el control absoluto sobre la sociedad.
Esta manipulación histórica cobra relevancia en un momento donde el país atraviesa una de sus peores crisis estructurales. La inflación galopante, el desabastecimiento crónico de alimentos y medicinas, el colapso del sistema eléctrico y el histórico éxodo migratorio de cientos de miles de cubanos —especialmente jóvenes— son la consecuencia directa de las políticas económicas y políticas diseñadas bajo el mandato del propio Fidel Castro. El intento de las autoridades de la isla de inyectar vigencia al pensamiento del fundador de la revolución choca con la realidad de una población que sobrevive en la informalidad y que ha perdido la fe en el modelo impuesto.
La apropiación del legado martiano y las implicaciones futuras
Como es habitual en la retórica oficial, el prólogo no podía omitir la afirmación de que el mayor de los Castro era el mejor discípulo de José Martí. El texto intenta equiparar a Martí, un demócrata liberal que fundó un partido político con el único fin de organizar una guerra de independencia y que defendía la libertad de expresión y los derechos civiles, con un líder comunista que utilizó la estructura del partido único para dominar la sociedad a su antojo, suprimir la propiedad privada y aniquilar la disidencia. Esta distorsión ideológica busca revestir de patriotismo cubano un modelo autoritario de clara inspiración foránea.
Es previsible que estas \»Obras Escogidas\», junto con el prólogo firmado por Raúl Castro, sean incorporadas de manera obligatoria a los planes de estudio del sistema nacional de enseñanza en la isla. La educación en Cuba, fuertemente politizada, es utilizada por el ejecutivo cubano como una herramienta de adoctrinamiento desde edades tempranas. Sin embargo, la forzada inmersión de los estudiantes en estos textos contrasta con la realidad de un sistema educativo deprimido, con escuelas en ruinas, profesores abandonando las aulas para buscar sustento en otros sectores y alumnos que proyectan su futuro fuera de las fronteras nacionales.
El cierre de este capítulo editorial deja en evidencia la principal debilidad del régimen de La Habana: su incapacidad para generar un proyecto de futuro que no dependa de la mitificación del pasado. Mientras la comunidad internacional observa con preocupación la constante violación de los derechos humanos en la isla, la dictadura cubana persiste en su estrategia de blindaje histórico. Las consecuencias de esta desconexión entre la narrativa oficial y el colapso material se reflejarán inevitablemente en el creciente rechazo social y en la imposibilidad de retener a las nuevas generaciones, quienes buscan en la emigración la libertad y el progreso que el castrismo les ha negado por más de seis décadas.