El Ministerio de Salud Pública (MINSAP) de Cuba ha reconocido un incremento en la incidencia de varias enfermedades transmisibles, destacando entre ellas el dengue y el chikungunya. La admisión oficial llega en medio de una creciente alarma social, aunque las autoridades de la isla han intentado minimizar la magnitud del brote, desestimando los reportes ciudadanos que circulan en redes sociales como meras especulaciones.
Durante una reciente comparecencia ante la prensa oficialista, la viceministra de Salud Pública abordó la situación epidemiológica del país, confirmando lo que muchos cubanos han experimentado en sus propias comunidades durante las últimas semanas. Sin embargo, respecto al chikungunya, la funcionaria se apresuró a desestimar que exista un incremento desmedido «como se ha especulado en redes sociales», una afirmación que contrasta abruptamente con los testimonios de pacientes que reportan síntomas severos, dolores articulares crónicos y una atención médica altamente deficiente.
El intento del gobierno cubano por controlar la narrativa epidemiológica no es una táctica nueva en la historia reciente de la nación. Históricamente, el régimen de La Habana ha gestionado la información sobre salud pública con un alto grado de opacidad, priorizando la preservación de la imagen internacional de su sistema sanitario por encima de la transparencia y el bienestar real de la población. La mención explícita a las redes sociales revela la profunda incomodidad de las autoridades ante la pérdida del monopolio informativo y la incapacidad del Estado para silenciar la realidad cotidiana.
El deterioro del sistema sanitario y la respuesta oficial
El aumento de enfermedades transmitidas por vectores, como el mosquito *Aedes aegyypi*, es una consecuencia directa del colapso estructural que atraviesa la isla. La falta de agua potable, que obliga a las familias a almacenar el líquido en tanques, cisternas y recipientes improvisados, ha creado un entorno ideal para la proliferación de los mosquitos. A esto se suma la deficiente e intermitente recolección de basura, que deja desechos acumulados en las calles durante semanas, convirtiendo a los barrios en verdaderos criaderos a cielo abierto.
Las tradicionales campañas de fumigación, que en su momento fueron consideradas un orgullo del sistema de salud cubano, hoy son esporádicas, tardías e insuficientes. Esta situación responde a la escasez crónica de combustible, la falta de mantenimiento de los equipos de aspersión y la ausencia de los propios insecticidas en el mercado nacional. Los operarios de salud deben enfrentar condiciones precarias de trabajo, sin los recursos mínimos para realizar labores de vigilancia y control de focos de manera efectiva en todo el territorio.
En los hospitales y policlínicos, el panorama es igualmente desolador. La falta de medicamentos básicos, como analgésicos, antihistamínicos y sueros, hace que el tratamiento paliativo de enfermedades como el dengue y el chikungunya sea un desafío casi imposible para los médicos. Los galenos se ven obligados a recomendar terapias alternativas o a pedir a los familiares de los pacientes que consigan los insumos por sus propios medios en el mercado negro, en farmacias privadas o mediante remesas desde el extranjero. Las condiciones de infraestructura hospitalaria, con salas hacinadas, techos con filtraciones y falta de medidas de bioseguridad, agravan el riesgo de infecciones cruzadas.
Represión y censura ante la crisis epidemiológica
Ante este escenario crítico, la ciudadanía ha recurrido a las redes sociales para denunciar la falta de atención, la proliferación de mosquitos y la propagación silenciosa de las enfermedades. La respuesta de la dictadura cubana ha sido la habitual: descalificar las denuncias, silenciar a los críticos y acusar a los medios independientes y a los activistas de difundir desinformation o campañas de descrédito financiadas desde el exterior. Esta criminalización de la información libre impide una respuesta comunitaria adecuada y oportuna.
La minimización del brote de chikungunya por parte del MINSAP no solo es irresponsable desde el punto de vista de la salud pública, sino que también constituye una grave violación del derecho de los cubanos a estar informados sobre los riesgos que acechan su salud y la de sus hijos. La represión y la censura impiden que se declaren alertas tempranas en barrios específicos, lo que retrasa las medidas de prevención comunitaria y agrava innecesariamente la propagación de los virus.
Contexto sistémico y perspectivas a futuro
El rebrote de estas enfermedades transmisibles es inseparable de la profunda crisis económica y social que sufre Cuba. La incapacidad del régimen para garantizar servicios básicos —agua, saneamiento, electricidad y atención médica— ha creado un caldo de cultivo perfecto para el resurgimiento de patologías que en otras épocas se consideraban controladas o erradicadas. La responsabilidad de esta emergencia sanitaria recae directamente en las políticas fallidas del Estado, en la ineficiencia de la economía centralizada y en la corrupción institucionalizada.
De no mediar un cambio drástico en la gestión de los recursos y en la transparencia informativa, el país podría enfrentar una crisis sanitaria de proporciones catastróficas en los próximos meses. La falta de inversión sostenida en infraestructura sanitaria y la continua fuga masiva de personal médico, derivada de los bajos salarios, las malas condiciones laborales y la falta de libertades, dejan al sistema de salud en una posición de extrema vulnerabilidad ante cualquier eventualidad.
La comunidad internacional y los organismos de salud regionales deberían prestar mayor atención a esta situación, exigiendo al gobierno cubano la apertura de datos epidemiológicos reales, auditables y verificables, en lugar de aceptar las cifras maquilladas que ofrece la oficialidad. Mientras la dictadura mantenga su política de ocultamiento, minimización y represión, la salud de millones de cubanos seguirá en riesgo, evidenciando que el colapso de la salud pública es una víctima más de la ineficiencia sistémica y la falta de democracia en la isla.



