El exilio de Miguel Núñez Lawton no es una excepción, sino la continuidad de una saga familiar marcada por la persecución política y el destierro a lo largo de más de un siglo. Desde el independentista Juan Emilio Núñez Rodríguez, veterano de las tres guerras contra España, hasta los descendientes obligados a abandonar la isla tras el establecimiento del régimen castrista, la trayectoria de esta familia refleja el drama recurrente de la historia cubana: la imposibilidad de vivir en libertad en su propia tierra.
La historia de Miguel Núñez Lawton es la de cientos de niños cubanos que salieron de la isla en los primeros años del castrismo, desarraigados de sus hogares y dispersos entre colegios internados y casas de parientes en distintos países. Como tantos otros, reconstruyó su vida lejos de Cuba, integrándose en nuevas sociedades tras las profundas pérdidas que el exilio impone. Sin embargo, lo que distingue su caso es que el destierro no comenzó con él: es la cuarta generación de su familia obligada a abandonar Cuba por motivos políticos.
Su bisabuelo, el mayor general Juan Emilio Núñez Rodríguez, combatió en las tres guerras de independencia: la de los Diez Años (1868-1878), la Guerra Chiquita y la de 1895. Entre conflictos, estudió en la Universidad de Pensilvania y se formó como cirujano dental en Filadelfia, desde donde organizaba expediciones y enviaba armamento para la insurrección. Mantuvo correspondencia con José Martí, de quien se conserva una carta manuscrita enviada desde la editorial La Edad de Oro en Nueva York. Tras la instauración de la República, fue gobernador civil de La Habana en 1899 y vicepresidente del gobierno de Mario García Menocal. Excepto una de sus hijas, todos sus hijos nacieron en el exilio, en Filadelfia.
Del machadato al castrismo: un patrón de destierro
El abuelo paterno de Miguel, Bernardo Núñez Portuondo, heredó de su padre la vocación política y formó parte del cuerpo diplomático de Gerardo Machado en Estados Unidos. Tras la caída de ese gobierno en 1933, optó por permanecer exiliado en Washington, donde vivió el resto de sus días. Falleció en la capital estadounidense en 1967, durante lo que su nieto describe como su tercer exilio. El padre de Miguel, Miguel Núñez Cancio, que había crecido y estudiado en Washington, se trasladó a La Habana al inicio de la Segunda Guerra Mundial para evitar implicaciones militares y allí contrajo matrimonio con Silvia Lawton Alfonso, catedrática de Lengua Inglesa en la Universidad de Santo Tomás de Villanueva.
La abuela materna, Dulce María Alfonso del Junco, vivió hasta los 104 años y falleció exiliada en Nueva York. El propio Miguel, al igual que sus ancestros, tuvo que reconstruir su identidad en el exterior. Durante las décadas de 1970 y 1980, frecuentó la colonia de exiliados cubanos en Washington, en círculos donde la nostalgia y la resistencia cultural mantenían viva la memoria de una Cuba que la dictadura había sepultado bajo el autoritarismo y el control estatal.
El exilio como constante histórica
El testimonio de Núñez Lawton evidencia un patrón que trasciende los regímenes y los siglos: la intolerancia política como rasgo estructural del poder en Cuba. Desde las guerras independentistas del siglo XIX hasta el presente, las familias cubanas han visto repetirse el ciclo de persecución, destierro y reconstrucción en tierras ajenas. La diferencia estriba en que, mientras los exilios del XIX y del machadato fueron seguidos por retornos posibles —aunque efímeros—, el impuesto por la dictadura cubana desde 1959 se ha extendido por más de seis décadas sin visos de solución democrática.
\»Como fue el caso de mis ancestros exiliados, me gustaría regresar a una Cuba libre\», afirma Miguel. La frase condensa la aspiración de generaciones de cubanos que, dentro y fuera de la isla, aguardan condiciones mínimas de libertad y democracia. Mientras el régimen de La Habana mantenga intacto su aparato represivo y su negativa a abrir espacios de participación política, historias como la de los Núñez Lawton seguirán multiplicándose, y el exilio —ya no como excepción, sino como norma— continuará definiendo el destino de una nación que ha visto partir a sus hijos durante más de un siglo.