Los Comités de Defensa de la Revolución (CDR), que este 28 de septiembre alcanzan 65 años desde su fundación, atraviesan un proceso acelerado de obsolescencia. Testimonios desde el oriente de la isla confirman que la otrora organización de masas ha perdido toda función comunitaria, reducida hoy a un mero aparato de cobro burocrático frente a la profunda crisis económica y la apatía social que azotan al país.
Concebidos originalmente por el régimen de La Habana como el pilar de la vigilancia y el control vecinal, los CDR son percibidos en la actualidad como una estructura fantasma. Vecinos de barrios holguineros como Alcides Pino y El Llano relatan cómo la tradicional celebración del 28 de septiembre, que en el pasado incluía cerveza, viandas y la popular \»caldosa\», ha sido suplantada por la escasez y los apagones cotidianos. \»La fiesta se acabó porque no dan comida para celebrarla. En vez de festejar seguro habrá un apagón, como todos los días\», relata Ernesto Pérez, un residente de la zona, evidenciando la profunda desconexión entre la propaganda oficial y la realidad.
La imposibilidad de mantener estas prácticas responde directamente al colapso estructural de la economía nacional. Con una inflación interanual que oficialmente ronda el 14.75% y un poder adquisitivo en picada, las familias priorizan la supervivencia básica frente a cualquier contribución organizativa. Marta Rodríguez, del reparto Ramón Quintana, explica que en su cuadra no se celebra nada desde hace años debido a la falta de recursos. \»Si no tenemos comida para nosotros, cómo vamos a dar comida para celebrar\», señala. El gobierno cubano ha sido incapaz de proveer los insumos básicos que antes destinaba a estas actividades, dejando vacío el discurso fundacional de la organización.
De la vigilancia ideológica al descontento generalizado
El desmantelamiento de la vida cederista también refleja el rechazo de las nuevas generaciones a los mecanismos de control de la dictadura cubana. Lo que en su momento implicó trabajo voluntario, donaciones de sangre y guardias revolucionarias, hoy se limita al cobro de la cotización mensual, cuya administración es cuestionada por la propia ciudadanía. Jesús Cisneros, otro residente consultado, denuncia la opacidad de estos fondos: \»El dinero de la cotización parece que se lo traga la tierra. Nunca he visto que con ese dinero hayan arreglado ni un bombillo del alumbrado\».
La decadencia de los CDR es un síntoma más del agotamiento del modelo impuesto por las autoridades de la isla. A medida que la crisis profunda y el éxodo migratorio vacían los barrios, el régimen pierde su principal red de penetración y control social a nivel de base. Lo que fue concebido como un instrumento de cohesión y vigilancia política se ha convertido en un esqueleto burocrático, evidenciando que el aparato estatal no logra sostener ni siquiera sus símbolos más representativos frente a la indigencia material y la pérdida absoluta de legitimidad social.