Domingo, 27 de septiembre de 2026
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El colapso eléctrico en Cuba sume a las familias en la desesperación y profundiza la fractura social

El colapso eléctrico en Cuba sume a las familias en la desesperación y profundiza la fractura social

El anuncio de la Unión Eléctrica (UNE) en Villa Clara de un «escenario extremo», con cortes de luz de hasta 19 horas y apenas cinco horas de servicio por bloque, ha desnudado el rostro más crudo de la crisis energética en Cuba. En ciudades como Santa Clara, padres y madres se ven obligados a enajenar sus únicos medios de sustento para adquirir ventiladores recargables que, en muchas ocasiones, resultan insuficientes. Mientras un reducido sector con acceso a remesas logra paliar el calvario de los apagones, la inmensa mayoría de la población, especialmente quienes cuidan de personas vulnerables y enfermas, enfrentan noches de verdadera tortura ante la inacción y el abandono del régimen de La Habana.

La historia de Yosvany, un padre santaclareño, ilustra la tragedia cotidiana de cientos de miles de cubanos. Ante la imposibilidad de soportar el calor sofocante y la proliferación de mosquitos en su hogar del reparto América Latina, este mensajero a domicilio tomó la desesperada decisión de vender su bicicleta, su única herramienta de trabajo, para comprarle un ventilador recargable a su hijo de siete meses. Tras gastar más de 20.000 pesos en un equipo que incluía dos bombillos y un pequeño panel solar, la frustración fue absoluta: la carga apenas duró cuatro horas en su máxima velocidad. «No resolví nada; hasta me dio por llorar», relató el joven, evidenciando cómo la crisis devora no solo los ahorros, sino la esperanza de las familias.

El colapso del sistema electroenergético ha disparado una economía de supervivencia paralela, marcada por la desigualdad extrema. En las redes sociales proliferan anuncios y agencias de envíos, como DimeCuba, que promocionan generadores solares y equipos EcoFlow como «la solución para los apagones», dirigidos a los familiares en el exterior que pueden costear estos lujos. Sin embargo, en el mercado interno, la realidad es brutal. Ventiladores recargables oscilan entre 40 y 100 dólares, mientras que los generadores superan los 600 dólares, cifras inalcanzables para un profesional cubano cuyo salario estatal mensual no supera los 15 o 20 dólares en el mercado informal. Vendedores como Adrián, de 22 años, reconocen que los clientes empeñan joyas de oro para dormir una noche, ante la lógica desoladora: «¿De qué vale lucir si no puedes dormir ni comer caliente?».

El abandono de los más vulnerables

La crudeza de los apagones se agrava exponencialmente en los hogares donde hay personas con discapacidades o enfermedades crónicas. Laritza Rodríguez, madre de un niño diagnosticado con parálisis cerebral infantil, pudo obtener un convertidor de 1.500 watts, enviado desde Estados Unidos por su hermano, que le permite licuar los alimentos de su hijo. Ella es consciente de su «suerte» relativa en un país donde las cuidadoras no pueden trabajar y dependen de ayudas externas. «Es muy duro ver a tu hijo sentado en una silla de ruedas sin poder dormir y estar echándole aire con un pedazo de cartón», testimonio, reflejando la angustia de miles de madres en condiciones similares que no cuentan con apoyo familiar en el extranjero.

Cocinando a la luz de una vela (Foto de la autora)

Cocinando a la luz de una vela (Foto de la autora)

Situaciones aún más dramáticas han salido a la luz pública por pura necesidad. En Matanzas, trascendió el caso de Lesdian Hernández, un niño de nueve años con hipoxia isquémica cerebral, una condición que le impide valerse por sí mismo. Su madre se ha visto obligada a pedir limosna digital en grupos de Facebook para reunir más de 300 dólares que cuesta un convertidor eléctrico. «No pedimos lujos. Solo un respiro. Una noche sin lágrimas para esta madre que lo ha dado todo», reza su publicación. Que un Estado que se jacta de su supuesta atención social tenga a sus ciudadanos mendigando en internet por equipos básicos de supervivencia es un claro indicativo del fracaso estructural del gobierno cubano.

La geografía del sufrimiento también marca una brecha insalvable entre el campo y la ciudad. En localidades rurales como La Luz, cercana a Camajuaní, la situación roza la subsistencia primaria. Yadira, una residente de la zona, explica que la cocción de alimentos se hace casi exclusivamente con leña y que las noches se pasan en casa de vecinos que poseen pequeñas plantas eléctricas enviadas desde afuera. En las ciudades, en cambio, dormir a la intemperie en aceras o portales para huir del calor es impensable debido a la inseguridad ciudadana y los altos índices de delincuencia, obligando a padres a ver a sus hijos dormir en el suelo dentro de casas convertidas en hornos.

Una crisis estructural y una «policrisis» desigual

El actual colapso eléctrico no es un fenómeno aislado, sino la culminación de décadas de desinversión, falta de mantenimiento y mala gestión por parte de las autoridades de la isla. Las termoeléctricas cubanas, en su mayoría construidas durante la era soviética, operan muy por debajo de su capacidad debido a la obsolescencia de sus tecnologías y a la falta de piezas de repuesto. A esto se suma la escasez crónica de combustible, agravada por la incapacidad del ejecutivo cubano para generar divisas suficientes y la deuda con proveedores internacionales. Cada verano, la población es testigo de cómo el sistema colapsa bajo la demanda mínima, repitiendo un ciclo de promesas incumplidas y planes de «mantenimiento» que nunca logran estabilizar la red.

En Facebook abundan las ofertas de plantas eléctricas a precios que la mayoría de los cubanos no pueden permitirse.

En Facebook abundan las ofertas de plantas eléctricas a precios que la mayoría de los cubanos no pueden permitirse.

Esta crisis energética se inserta en lo que los propios sociólogos oficialistas cubanos han denominado una «policrisis». En un informe inusualmente crítico publicado en mayo, estos expertos advirtieron sobre la profunda desigualdad que ha generado el modelo económico actual. Mientras un sector vinculado al dinámico sector privado o con acceso a remesas puede permitirse generadores y paneles solares, la inmensa mayoría de la población, sostenida por míseros salarios estatales, ha quedado en total desventaja. La inflación galopante ha devaluado el peso cubano, haciendo que el acceso a tecnología básica de supervivencia sea un privilegio de clases en una sociedad que oficialmente se proclama igualitaria.

El impacto psicológico de esta realidad está llevando a la sociedad al borde del colapso nervioso. Madres como Roxana, cuidadora de una anciana convaleciente en Sagua la Grande, han elevado su voz de protesta en redes sociales bajo el riesgo de represalia: «¿Hasta cuándo es este abuso? ¿Cuántas de las madres cubanas están en estos momentos al borde de un colapso? Nos están matando lentamente». La privación del sueño, el estrés térmico y la imposibilidad de conservar alimentos son violaciones sistemáticas a la calidad de vida, impuestas por una maquinaria estatal que no ofrece soluciones, sino mayores restricciones.

El silencio cómplice y el futuro incierto

La respuesta de la dictadura cubana ante este escenario desesperante ha sido la habitual: represión y censura ante cualquier manifestación de descontento popular. A diferencia de las protestas del 11 de julio de 2021, que surgieron en medio de apagones prolongados y fueron brutalmente sofocadas con cientos de encarcelados, el régimen de La Habana ha optado por el agotamiento de la población, sabiendo que la falta de energía y la supervivencia diaria limitan la capacidad de organización social. Sin embargo, la tensión acumulada en los barrios es un polvorín que las fuerzas del orden difícilmente podrán contener de manera indefinida si la crisis de los apagones se prolonga.

El éxodo migratorio sin precedentes que ha vivido la isla en los últimos años encuentra una de sus principales causas en estas precarias condiciones de vida. La imposibilidad de tener un descanso digno, de alimentar a los hijos adecuadamente o de cuidar a los enfermos empuja a miles de cubanos a arriesgar sus vidas en el mar o en rutas migratorias terrestres. Las familias que se quedan son las rehenes de un sistema que las utiliza como rehenes de su ineficiencia, obligándolas a depender de la caridad internacional o del mercado negro para acceder a lo que debería ser un derecho humano básico: el acceso a la energía eléctrica.

De cara al futuro, el panorama no ofrece atisbos de mejoría. Sin una apertura democrática, sin inversión extranjera real y transparente, y sin un cambio en las políticas energéticas y económicas, Cuba seguirá sumida en la oscuridad. La comunidad internacional y las organizaciones de derechos humanos deben prestar atención a cómo la negación de servicios públicos básicos por parte de un régimen autoritario constituye una forma de violación sistemática de los derechos fundamentales. Mientras tanto, en las calles de Santa Clara, Matanzas o Camajuaní, la noche seguirá cayendo sobre una población que, privada de luz, lucha desesperadamente por no perder la vida en la oscuridad impuesta por el poder.

Equipo Editorial Reporte Cuba Ya
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Equipo Editorial Reporte Cuba Ya

Equipo editorial de Reporte Cuba Ya, medio digital independiente especializado en noticias de Cuba. Cubrimos politica, derechos humanos, economia, feminicidios, presos politicos, oposicion y la crisis humanitaria en la isla. Nuestro compromiso es la veracidad, la independencia editorial y el rigor periodistico.

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