La Federación Cubana de Béisbol y Sófbol anunció que la isla no participará en la Copa del Caribe en Bahamas, torneo clasificatorio para los Juegos Centroamericanos de 2026. Aunque las autoridades argumentan una supuesta generosidad institucional, la decisión responde al miedo del régimen de La Habana a la fuga de talentos y a un mayor deterioro en el ranking mundial.
El presidente de la federación, Juan Reinaldo Pérez Pardo, justificó la ausencia alegando que Cuba ya cuenta con clasificación directa y que la infraestructura en Bahamas solo admite seis equipos, por lo que el cupo debe cederse a naciones que sí necesitan el pase. Sin embargo, esta narrativa oficial oculta factores más profundos que atraviesan la crisis del deporte nacional. El deterioro de la calidad de juego en la isla hace previsible un mal desempeño en competencias internacionales, lo que amenazaría con hundir aún más a Cuba en el ranking mundial, donde actualmente ocupa un incómodo noveno lugar, por detrás de potencias y países con desarrollos deportivos más sólidos.
A la preocupación por los resultados deportivos se suma el pánico institucional ante las deserciones. La dictadura cubana ha impuesto un control estricto sobre los atletas, pero las giras internacionales se han convertido en una vía de escape ante la precariedad y la falta de libertades. Un ejemplo reciente fue el abandono del equipo nacional en abril pasado, durante la Liga de Campeones de América en México, por parte de los peloteros tuneros Rafael Viñales y Denis Peña. Estas fugas evidencian el agotamiento de los deportistas frente a un sistema que los secuestra administrativamente y limita su proyección profesional.
Un calendario exigente y el costo para los atletas
La renuncia al torneo de Bahamas priva a las jóvenes figuras de la isla de un rodaje internacional indispensable de cara a un 2026 cargado de compromisos. El gobierno cubano obliga a su escuadra a afrontar la Serie del Caribe en Venezuela en febrero, el VI Clásico Mundial de Béisbol en marzo —donde compartirá el grupo A con Puerto Rico, Canadá, Panamá y Colombia— y los Juegos Centroamericanos en República Dominicana en verano. La falta de fogueo competitivo podría ser determinante en el intento de recuperar el cetro perdido en las dos últimas ediciones frente a Puerto Rico y México.
Al final, los principales perjudicados por esta decisión burocrática son los peloteros, cuyo único incentivo para permanecer en la isla es la posibilidad de representar a su país en el extranjero. La negativa de las autoridades de la isla de permitirles competir en Bahamas refuerza la percepción de que la tutela estatal es un obstáculo insalvable para su desarrollo. Esta política de aislamiento y control, lejos de salvaguardar el deporte nacional, acelera el éxodo de talentos y profundiza el declive del béisbol cubano, empujando a los atletas a buscar la libertad en ligas foráneas a cualquier costo.