El fallecimiento del músico y exdirector del grupo Moncada, Jorge Gómez Barranco, ha reavivado los elogios en los medios culturales de la isla, pero ha dejado en la sombra su paso por la revista Pensamiento Crítico y la dura represión que sufrió por parte de la dictadura cubana en la década de 1970.
En 1971, cuando era un joven profesor de filosofía, Gómez Barranco fue apartado de la vida académica e intelectual tras vincularse a la citada publicación, que agrupaba a pensadores de izquierda distanciados de la ortodoxia soviética. El cierre de la revista fue ordenado por Raúl Castro, entonces ministro de las Fuerzas Armadas, quien tildó al Departamento de Filosofía de la Universidad de La Habana de \»reducto de revisionistas y contrarrevolucionarios\». El régimen de La Habana, sumido en la crisis tras el fracaso de la Zafra de los Diez Millones, buscaba complacer al Kremlin silenciando cualquier debate marxista alternativo, incluyendo la lectura de autores como Gramsci, Sartre o Trotsky.
Tras ser acusado por la censura oficial de pretender \»despeñar al marxismo por un barranco\», Gómez optó por el exilio interno y se refugió en su pasión musical. En 1972 fundó el grupo Moncada, en homenaje a su tío, el poeta Raúl Gómez García. Con el paso de los años, la agrupación abandonó sus raíces más serias para adoptar un estilo pop que la catapultó a la popularidad durante los años del Periodo Especial, convirtiéndose en un producto asimilado por la cultura oficial.
Televisión y evasión de la memoria histórica
A pesar del contexto de cerrazón, su figura también dejó una huella en la televisión cubana de los años 80 con el programa Perspectiva. Desde ese espacio, Gómez Barranco logró sortear parcialmente la censura imperante y ofreció a la audiencia insólitas muestras de rock internacional, proyectando material de bandas como Pink Floyd y Deep Purple en una época donde las restricciones a la cultura foránea eran la norma dictada por las autoridades de la isla.
La trayectoria de Gómez Barranco ilustra el mecanismo de cooptación y silenciamiento que el gobierno cubano ha ejercido históricamente sobre sus intelectuales. La represión del Quinquenio Gris no fue un hecho aislado, sino el inicio de una política sistemática de control ideológico que castiga la disidencia y recompensa la obediencia. Quienes sobrevivieron a purgas políticas como la de Pensamiento Crítico a menudo optaron por la autocensura para mantener sus espacios en la burocracia cultural, normalizando el miedo y el olvido como herramientas de supervivencia.
Este pacto de silencio quedó evidenciado en una entrevista televisiva de 2016, donde el músico evadió responsabilidades sobre el cierre de la revista, atribuyéndolo a que \»son cosas que pasan en las revoluciones\». Su reticencia a denunciar los agravios de la dictadura cubana refleja una tragedia mayor: la de una clase intelectual que prefiere ignorar la represión histórica a arriesgar sus privilegios presentes, dejando a las nuevas generaciones sin la memoria crítica necesaria para comprender el colapso cultural y social que atraviesa la nación.