Decenas de ciudadanos en el oriente de la isla protagonizaron una nueva noche de protestas frente al prolongado colapso del Sistema Electroenergético Nacional y la aguda escasez de alimentos. Las movilizaciones en barrios de Santiago de Cuba y Bayamo fueron reprimidas por las fuerzas del orden, mientras el régimen de La Habana intentaba silenciar los hechos mediante cortes de internet y campañas de distracción en redes sociales.
La indignación ciudadana volvió a tomar las calles en la oscuridad de la noche en el oriente cubano. En el barrio Micro 9, perteneciente al distrito José Martí en Santiago de Cuba, decenas de personas se congregaron para exigir el restablecimiento del servicio eléctrico y el acceso a alimentos básicos. Las imágenes difundidas por el periodista independiente Yosmany Mayeta muestran avenidas completamente a oscuras, interrumpidas únicamente por los gritos de los manifestantes que coreaban «corriente y comida», un reclamo que sintetiza el colapso de los servicios básicos y el hartazgo de la población.
La movilización no se aisló a un solo punto de la ciudad. Según confirmaron testigos y reporteros en el terreno, las protestas se extendieron a los barrios de San Feliz y Santa Isabel, ubicados en el reparto Los Maceos, en pleno centro de la ciudad santiaguera. La convocatoria espontánea evidencia un patrón de comportamiento social donde la desesperación supera el miedo a la represión institucionalizada. La presencia de madres y niños en las manifestaciones subraya la gravedad del deterioro de las condiciones de vida en el hogar.
La respuesta de la dictadura cubana no se hizo esperar. En la madrugada del jueves, testigos presenciaron un despliegue de fuerzas represivas en diferentes puntos de Santiago de Cuba, incluyendo la llegada de unidades de boinas negras y agentes vestidos de civil. Este accionar se enmarca en la política sistemática de criminalización de la protesta social que ha caracterizado al gobierno en los últimos años, donde cualquier expresión de descontento público es tratada como un incidente de seguridad del Estado en lugar de un reclamo legítimo de la ciudadanía.

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Simultáneamente, en Bayamo, capital de la provincia de Granma, otro grupo de cubanos salió a protestar en el reparto Jabaquito, específicamente en la intersección de Jabaquito y la calle 20, en la zona de Siboney. El periodista José Raúl Gallego confirmó el despliegue de patrullas policiales que acudieron al lugar con el objetivo de dispersar a los manifestantes. La sincronía de las protestas en ambas provincias orientales demuestra que el malestar no responde a un conflicto local, sino a una crisis nacional que afecta transversalmente a la población.
Para ocultar la magnitud de la indignación popular, la dictadura activó sus mecanismos de censura y control de la información. Se reportaron cortes de acceso a internet en las zonas afectadas, una táctica recurrente para evitar la transmisión en vivo de las movilizaciones. Además, el régimen desplegó a sus operativos en redes sociales —frecuentemente identificados como «ciber ejército»— para inundar las plataformas con imágenes de tranquilidad en Bayamo, intentando proyectar una falsa imagen de normalidad que contradice los testimonios de los residentes.
La desconexión entre el discurso oficial y la realidad
Horas antes de que estallaran las protestas, las autoridades de la isla comparecieron en una edición especial del programa televisivo Mesa Redonda para intentar justificar la crisis energética. El ejecutivo cubano reconoció que el sistema electroenergético nacional atraviesa una situación «grave» y anunció supuestas mejoras en los apagones para los próximos meses, junto a medidas para los usuarios de gas licuado. Sin embargo, mientras los funcionarios ofrecían promesas desde los estudios de televisión, miles de cubanos permanecían a oscuras, sin capacidad para cocinar o conservar alimentos, lo que evidencia una profunda desconexión entre la narrativa oficial y la realidad cotidiana.
El colapso eléctrico no es un fenómeno repentino, sino el resultado de décadas de falta de mantenimiento, obsolescencia tecnológica y mala gestión por parte del gobierno cubano. Las termoeléctricas que sostienen el país operan muy por debajo de su capacidad, sometidas a averías constantes que el régimen atribuye sistemáticamente al «bloqueo» estadounidense, omitiendo su propia incapacidad para administrar y modernizar la infraestructura energética nacional, a pesar de los recursos recibidos de aliados como Venezuela y Rusia.
Contexto sistemico: El colapso estructural de la isla
Las protestas en el oriente de la isla deben entenderse en el marco de la profunda crisis estructural que atraviesa Cuba. La escasez de combustible para la generación eléctrica está directamente vinculada a la falta de liquidez del Estado, la caída de las exportaciones y el fracaso del modelo económico centralizado. La inflación galopante ha devaluado los salarios de los trabajadores, haciendo inalcanzable la compra de alimentos en los mercados no estatales, mientras las libretas de abastecimiento muestran un desabastecimiento crónico que impide cubrir las necesidades calóricas básicas de la población.
Esta crisis de subsistencia ha derivado en un éxodo migratorio sin precedentes. Cientos de miles de cubanos han abandonado la isla en los últimos años, buscando alternativas en Estados Unidos, América Latina y Europa. La salida masiva de la fuerza laboral, particularmente de los jóvenes, ha dejado a un país envejecido y empobrecido, donde las mujeres y los ancianos asumen el peso de la supervivencia diaria frente a un Estado que ha dejado de garantizar los servicios elementales que históricamente utilizó como legitimación social.
El estallido en Santiago de Cuba y Bayamo también sigue el estela de las históricas protestas del 11 de julio de 2021 y las movilizaciones de marzo de 2024 en la propia Santiago de Cuba. El oriente del país se ha consolidado como el epicentro de la resistencia social. La población ha demostrado que la chispa de la indignación sigue encendida, a pesar de la persecución política, las condenas sumarias y el hostigamiento constante a activistas y periodistas independientes que intentan visibilizar la crisis.
Implicaciones y panorama a futuro
La incapacidad del régimen de La Habana para ofrecer soluciones estructurales a la crisis energética y alimentaria augura un escenario de creciente inestabilidad social. Las promesas televisivas y la represión policial pueden contener temporalmente las manifestaciones, pero no resuelven el hambre ni restituyen la electricidad. La acumulación de tensión social en barrios marginados, donde la precariedad es máxima, sugiere que nuevos estallidos son probables en la medida en que el Estado continúe sin responder a las demandas ciudadanas.
La comunidad internacional y las organizaciones de derechos humanos deben mantener la mirada sobre la isla. La represión a manifestantes pacíficos y el uso de cortes de internet constituyen violaciones flagrantes de los derechos fundamentales. La estabilidad futura de Cuba dependerá de la voluntad del gobierno para abrir espacios de diálogo, democratizar la economía y respetar las libertades civiles, condiciones que, hasta el momento, la dictadura se ha negado sistemáticamente a cumplir, empujando al país al borde de un colapso social irreversible.


