Nelson Pino tenía siete años cuando el régimen de La Habana convirtió su intento de salida por el puerto del Mariel en un escarmiento público. Décadas después, tras naufragar en el Estrecho de la Florida y perder a su madre en el exilio, reconstruye una historia que encapsula el costo humano de la represión y la falta de libertades en Cuba.
Nelson Pino aprendió demasiado pronto lo que significa ser señalado por el poder. En 1980, su madre decidió sacar a sus dos hijos de la isla por el éxodo del Mariel. Cuando ya estaban listos para embarcar, su padre llegó acompañado de la policía para impedir la salida. Nelson, que apenas tenía siete años, presenció cómo detenían a su madre mientras los vecinos los agredían con huevos y los injuriaban con los epítetos que la dictadura cubana reservaba para quienes intentaban emigrar: \»gusanos\», \»escoria\». Aquella detención y el escarnio público marcaron para siempre a una mujer enferma, sola y con dos hijos pequeños, que nunca se recuperó del todo del trauma.
Aquel niño que no entendía por qué adultos le lanzaban piedras y huevos creció cargando con la confusión, la culpa y el miedo. \»Ver a una madre sola, enferma, con dos niños pequeños, y no poder hacer nada mientras te gritaban y te tiraban piedras, eso marca\», relata Pino décadas después. Su madre quedó afectada de los nervios de forma permanente, y aunque nunca dejó de trabajar ni de luchar por sus hijos, las secuelas de aquel escarmiento —sumadas a las carencias cotidianas, la falta de agua, de comida y el estrés constante de la vida en Cuba— fueron minando su salud de manera irreversible.
La balsa y la deriva: seis días con la muerte al lado
Llegaron los años noventa y con ellos la crisis más profunda que recuerda la isla tras la caída del campo socialista. Nelson tomó una decisión que miles de cubanos repitieron en aquella década: subirse a una balsa. Estuvo seis días a la deriva en el mar, con la muerte rondando en cada ola. Su relato incluye un detalle estremecedor: una balsa con dos personas muertas a bordo fue la que les permitió sobrevivir. El océano se convirtió en la única vía de escape posible para quienes el gobierno cubano negaba sistemáticamente el derecho a salir del país por cauces legales.
El final de su travesía no fue el reencuentro soñado. Mientras Nelson permanecía retenido en la Base Naval de Guantánamo —donde miles de balseros fueron confinados durante meses—, su madre falleció en la isla. Su hermana, de apenas quince años, quedó sola. La dictadura cubana no solo le arrebató la oportunidad de despedirse de la mujer que fue su pilar, sino que fragmentó a una familia que ya había pagado un precio desproporcionado por el simple deseo de ser libre.
Del exilio a la prosperidad: la historia que el régimen intentó impedir
Finalmente llegó a Estados Unidos y comenzó trabajando en oficios humildes, como tantos cubanos que llegaban sin recursos pero con una determinación inquebrantable. Hoy, Nelson Pino es propietario de una compañía próspera y tres restaurantes. Es la materialización de esa ética del trabajo que heredó de su madre, la mujer guerrera que le enseñó a emprender a pesar de vivir en un país donde el sistema impedía cualquier crecimiento personal más allá de los límites impuestos por el Estado.
Sobre su padre —quien fue quien llamó a la policía para frustrar la salida por el Mariel—, Pino guarda una herida que nunca cicatrizó del todo. \»Nunca se lo reclamé directamente. Él vive en Cuba. Yo lo ayudo, porque es mi padre. Pero nunca pude perdonarle eso\», confiesa. Reconoce que aquella decisión jugó con su futuro y afectó profundamente a su madre. La historia de Nelson Pino no es excepcional: es el retrato de generaciones enteras de cubanos que fueron estigmatizados, perseguidos y criminalizados por el simple ejercicio de un derecho fundamental que la dictadura cubana sigue negando: el de elegir dónde y cómo vivir.