El huracán Melissa, categoría 3 en la escala Saffir-Simpson, cruzó la provincia de Holguín dejando a su paso inundaciones severas, caída de árboles y un colapso total del servicio eléctrico y las telecomunicaciones. Aunque las autoridades de la isla reportaron más de 265.000 evacuados y descartaron pérdidas humanas preliminares, la población enfrenta la emergencia en medio de la incertidumbre y sin acceso a información oportuna.
El paso del meteoro por el oriente cubano ha provocado anegamientos significativos en municipios como Sagua de Tánamo, Urbano Noris, Mayarí y la ciudad de Holguín. El Centro Nacional de Huracanes de Estados Unidos (NHC) había advertido sobre acumulados de lluvia de hasta 25 pulgadas, condiciones que generan inundaciones repentinas y deslizamientos de tierra con potencial catastrófico. Tras su salida por Banes hacia las Bahamas, el Instituto de Meteorología de Cuba confirmó el impacto directo del sistema, cuya evaluación de daños a la infraestructura y la economía apenas comienza a esbozarse.
La gestión de la emergencia por parte del gobierno cubano ha dejado a los residentes en una situación de vulnerabilidad extrema. Vecinos de la capital provincial relataron a medios independientes la desesperación de enfrentar el ciclón sin energía eléctrica ni acceso a noticias. \»Estamos completamente a ciegas\», lamentó María Elena Rodríguez, habitante del reparto Alcides Pino, evidenciando la falta de preparación comunicacional del Estado. La política habitual de cortar la corriente ante estos eventos ha generado un problema adicional: la imposibilidad de cocinar los alimentos básicos entregados como donación, obligando a familias como la de Carlos Batista, del reparto Villa Nueva, a buscar leña para poder alimentarse.
Una crisis sobre la crisis estructural
El impacto de Melissa no es un evento aislado, sino un catalizador de la profunda crisis estructural que sufre la isla. El colapso del sistema eléctrico nacional, la deficiencia en la distribución de recursos y la fragilidad de la infraestructura vial y habitacional son consecuencias directas de décadas de mala gestión y falta de mantenimiento por parte del régimen de La Habana. En un país donde el desabastecimiento crónico es la norma, la entrega de arroz donado resulta inútil si la población no tiene medios para cocinarlo. La emergencia climática se convierte así en un espejo de la ineficiencia burocrática y la falta de previsión del ejecutivo cubano.
Mientras el régimen cubano intenta consolidar un parte oficial de daños, la realidad en las calles de Holguín refleja una población abandonada a su suerte. Las afectaciones a la ya maltrecha economía local y a las viviendas auguran una recuperación lenta y plagada de obstáculos para los holguineros. La incapacidad del Estado para garantizar servicios básicos durante y después del desastre natural reafirma la urgencia de una respuesta internacional que no solo asista con recursos materiales, sino que exija transparencia en la distribución y rendición de cuentas a una dictadura que ha demostrado, una vez más, su fracaso en la protección de su propia ciudadanía.