Miércoles, 22 de julio de 2026
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Jenny Pantoja: del privilegio del Comité Central a la represión por manifestarse contra la dictadura cubana

La antropóloga e historiadora Jenny Pantoja relató su tránsito desde el seno de la nomenclatura hasta la represión estatal tras sumarse a las protestas pacíficas. Su testimonio expone las contradicciones del sistema revolucionario, el adoctrinamiento desde la infancia y la violencia institucional ejercida por las autoridades de la isla contra quienes disienten.

Hija de una misionera pentecostal que abandonó la fe para abrazar el proyecto revolucionario, Pantoja creció profundamente integrada a la estructura del poder. Su nombre, elegido en honor a la esposa de Karl Marx y al día de la Victoria, marcó desde el nacimiento una filiación ideológica que la llevó, en su juventud, a ser ubicada por el Partido en el Comité Central. Como parte de la cúpula, el régimen de La Habana le otorgó privilegios inaccesibles para la mayoría de los cubanos, incluyendo una vivienda confiscada a ciudadanos que emigraron y la facultad de fijar su propio salario mediante una planilla estatal.

Sin embargo, la fractura entre el discurso oficial y la realidad comenzó a insinuarse a temprana edad. Durante el éxodo del Mariel, a los 12 años, Pantoja participó en un acto de repudio contra dos de sus compañeras de séptimo grado que solicitaron salir del país. La hoy historiadora reconoce con crudeza aquel adoctrinamiento que la llevó a pronunciar discursos frente a las viviendas de las represaliadas. Esa experiencia, sumada a las restricciones impuestas a los creyentes y a las conversaciones escuchadas en las unidades de las Fuerzas Armadas donde se crio, sembraron una inconformidad que se consolidó tras la muerte de su madre.

Colapso económico, supervivencia y el quiebre definitivo

La crisis de la década de los noventa obligó a Pantoja a reinventarse para sobrevivir al Período Especial, un colapso estructural que evidenció el fracaso del modelo impuesto por el gobierno cubano. Entre la venta de artesanías y dulces para alimentar a su hijo —quien padecía alergias alimentarias en un país sumido en el desabastecimiento—, la intelectual retomó sus estudios y se graduó de Historia a los 41 años. Fue en esta etapa cuando comenzó a verbalizar lo que años de propaganda intentaron ocultar: la utilización de chivos expiatorios por parte del poder y la falsedad de los postulados revolucionarios.

El punto de inflexión definitivo se produjo cuando Pantoja decidió ejercer su derecho a la protesta pacífica. Mientras se dirigía al Parque Central de La Habana, un patrullero de la policía la interceptó y detuvo antes de que pudiera llegar a su destino. La respuesta de la dictadura cubana no se hizo esperar: fue golpeada y procesada penalmente por el simple hecho de manifestar su descontento. Esta práctica encaja con el patrón sistemático de violaciones de derechos humanos que el ejecutivo cubano emplea para acallar cualquier forma de disidencia, criminalizando la protesta ciudadana y recurriendo a la violencia estatal para mantener el control.

El testimonio de Pantoja refleja el desencanto de generaciones que alguna vez sostuvieron el aparato estatal y que hoy enfrentan la dureza de la represión. Su historia subraya cómo el miedo y la coerción han perdido eficacia frente a una ciudadanía hastiada de las promesas incumplidas y el deterioro social. Ante la persistencia de la censura y la persecución política, la presión de la comunidad internacional se vuelve indispensable para exigir a las autoridades de la isla el respeto a las libertades fundamentales y el cese de la violencia contra los activistas.

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reportecubaya

Periodista de Reporte Cuba Ya. Cubre noticias de la isla con enfoque en derechos humanos, política y economía cubana.

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