La escena de ciudadanos hurgando en la basura para encontrar alimentos se ha normalizado en las calles de la isla, evidenciando una crisis alimentaria sin precedentes. Estudios recientes confirman que el 97% de las familias cubanas han perdido el acceso a la comida, un colapso derivado de la profunda escasez de productos y la pérdida total del poder adquisitivo de la población frente a la ineficiencia del gobierno cubano.
La situación nutricional en el país ha empeorado drásticamente en los últimos años, pasando de la preocupación a la privación extrema. Un sondeo realizado a finales de 2024 por el Food Monitor Program a 2.700 familias reveló cifras alarmantes: el 29% de los encuestados ha dejado de consumir una de las tres comidas diarias y un 4% solo puede permitirse comer una vez al día. Además, una de cada cuatro personas confesó acostarse con hambre. Este panorama supera con creces los datos de 2022, cuando la firma CubaData ya advertía que el 70% de los hogares tenía a algún miembro que se quedaba sin comer.
El origen de esta crisis radica en la combinación letal entre la escasez estructural y el empobrecimiento de la población. El régimen de La Habana ha marginado al sector agropecuario, destinando apenas el 3% del presupuesto nacional, una inversión que ni siquiera alcanza la mitad de lo invertido hace tres décadas. El contraste es evidente en las cifras de 2023, cuando las autoridades de la isla priorizaron el turismo con 30.000 millones de pesos frente a los apenas 3.000 millones destinados a la agricultura, a pesar del declive del sector turístico. Esta falta de recursos ha provocado una cadena de fallos: ausencia de combustible, fertilizantes y maquinaria, así como el impago a los productores, dejando la mitad de las tierras cultivables ociosas.
Colapso de la producción y precios inalcanzables
El abandono del campo se refleja en mínimos históricos de producción. Un ejemplo alarmante es el arroz, alimento básico en la dieta cubana, cuya cosecha de 2023 representó apenas el 10% de la obtenida en 2018. Al depender el país en un 80% de la importación de alimentos, la caída de la producción nacional limita la capacidad de compra en el exterior, disparando los precios en los mercados internos. Según el economista Omar Everleny, a finales de 2024 la canasta básica mensual costaba unos 12.150 pesos por persona, una cifra desproporcionada que equivale al doble del salario promedio, diez veces el salario mínimo y siete veces la pensión media.
Este escenario de desabastecimiento e hiperinflación golpea con mayor dureza a los sectores más vulnerables, como ancianos, madres solteras y personas con enfermedades crónicas, quienes dependen de unas raciones subsidiadas por la libreta de abastecimiento que resultan insuficientes para sobrevivir. La falta de acceso a divisas empuja a muchos a la mendicidad o a la búsqueda de alimentos en la basura, un símbolo de la degradación social impuesta por la dictadura cubana. Ante la imposibilidad de protestar por el hambre debido a la constante represión y censura estatal, la ciudadanía se enfrenta a un futuro de empobrecimiento sistemático que amenaza con agravar el ya masivo éxodo migratorio y profundizar el aislamiento del régimen frente a la comunidad internacional.