Cada 7 de septiembre, miles de cubanos acuden al Santuario Nacional de Regla, en La Habana, para honrar a la Virgen de Regla y a Yemayá, orisha del mar, en una festividad que entrelaza el catolicismo y la tradición yoruba. La celebración, profundamente arraigada en la identidad cultural de la isla, se desarrolla este año en un contexto marcado por la precariedad económica, el colapso de los servicios públicos y la creciente migración que vacía los barrios populares.
La conmemoración reúne a fieles católicos y devotos de la religión afrocubana en torno a una misma figura: la Virgen de Regla, patrona de la bahía habanera, sincretizada con Yemayá, deidad femenina de las aguas saladas y madre universal en el panteón yoruba. Desde primeras horas de la mañana, los peregrinos llegan al santuario del municipio de Regla con ofrendas de flores blancas, velas y plegarias, en un ambiente de tambores, cantos y religiosidad popular que trasciende las diferencias doctrinales. El templo, construido en 1811 y declarado Monumento Nacional en 1965, concentra cada año una de las procesiones más concurridas del calendario religioso cubano.
El culto a la Virgen de Regla hunde sus raíces en el período colonial, cuando los esclavizados africanos, obligados a profesar el catolicismo impuesto por los amos españoles, iniciaron un proceso de sincretismo y transculturación que perdura hasta hoy. Según la tradición oral transmitida durante generaciones, mientras la Bahía de Nipe, en el oriente de la isla, encontró en la Virgen de la Caridad del Cobre —sincretizada con Oshún— a su protectora celestial, la Bahía de La Habana halló en la Virgen de Regla a su guardiana. El cabildo de la villa de Regla la declaró patrona de los pescadores, del puerto y de la población en 1708, consolidando una devoción que ya se gestaba desde la ermita primitiva levantada en el siglo XVII.
Yemayá: la madre del universo en el imaginario afrocubano
En la cosmovisión yoruba, Yemayá es considerada la primera orisha del universo, nacida cuando Olofi decidió crear el mundo tras apagar con agua el fuego que envolvía el planeta. Deidad de la maternidad, guardiana de las riquezas y protectora de la familia, se le busca en el mar, en las crestas de las olas que golpean las costas y las rocas. Sus hijos la convocan con rosas blancas en la orilla y le ofrecen el Ochinchin, plato ritual elaborado con camarones, alcaparras, lechuga, huevos duros, tomate y acelga, entre otros ingredientes. Su influencia cultural trasciende la práctica religiosa y permea la música afrocaribeña: figuras como Celia Cruz, Héctor Lavoe, Tito Puente, Willie Colón y Celina y Reutilio le han dedicado cantos y composiciones que forman parte del canon sonoro de la diáspora.
Sin embargo, la festividad se celebra en una Cuba profundamente transformada por la crisis estructural que atraviesa el régimen de La Habana. La inflación galopante, el desabastecimiento crónico de alimentos y medicamentos, y el deterioro del sistema de transporte dificultan que muchos devotos puedan siquiera desplazarse hasta el santuario. Quienes logran llegar lo hacen muchas veces tras horas de espera en paradas abarrotadas o pagando tarifas exorbitantes en transporte privado. La represión y el control social que la dictadura cubana ejerce sobre cualquier forma de congregación pública también planean sobre estas celebraciones, aunque la naturaleza religiosa del evento le confiere un margen de tolerancia que las autoridades no conceden a las manifestaciones cívicas o políticas.
El éxodo migratorio, que ha expulsado a cientos de miles de cubanos en los últimos años, se hace visible también en esta festividad: son muchos los fieles que acuden al santuario para agradecer a Yemayá por la protección en la travesía hacia Estados Unidos, México o Europa, o para pedir por familiares que han partido y no han regresado. La devoción, en este sentido, se ha convertido también en un acto de resistencia cultural y espiritual frente a una realidad que empuja a la ciudadanía al destierro. Mientras el gobierno cubano mantiene su discurso oficial sin ofrecer soluciones tangibles a la población, los cubanos siguen acudiendo al mar —y a quien lo gobierna— en busca de refugio, protección y esperanza.