La eventual caída del régimen de Nicolás Maduro en Venezuela no implicaría automáticamente el colapso del gobierno cubano, cuya permanencia en el poder se sostiene en una compleja red de influencias políticas, penetración de aparatos de inteligencia y alianzas estratégicas más allá del apoyo petrolero caribeño. Analistas señalan que el régimen de La Habana ha demostrado una singular capacidad para evadir las consecuencias de las crisis de sus socios, apelando a maniobras que garantizan su impunidad.
La dependencia del petróleo venezolano ha sido fundamental para la economía de la isla, pero no constituye el único pilar del sistema. El régimen de La Habana ha consolidado, a lo largo de décadas, una estructura de penetración en democracias de América Latina, Europa y Estados Unidos. Esta red le permite operar como un actor desestabilizador sin enfrentar el escrutinio internacional que merecería, incluso cuando su aparato de inteligencia ha sido clave en la conformación y respaldo de gobiernos autoritarios en la región, como el chavismo.
Esta aparente capacidad para salir ileso de conflictos internacionales tiene raíces históricas verificables. En 1989, durante la operación militar que puso fin al gobierno de Manuel Antonio Noriega en Panamá, la dictadura cubana enfrentó el riesgo de que el conflicto se extendiera a la isla debido a sus conexiones con el narcotráfico. Como respuesta, el ejecutivo cubano orquestó los juicios sumarios y fusilamientos del general Arnaldo Ochoa y otros colaboradores. Estos militares, presentados como chivos expiatorios, eran en realidad testaferros de los negocios ilícitos que financiaron la creación del sistema empresarial militar actual, conocido como GAESA.
La maniobra de sacrificar figuras secundarias permitió a las autoridades de la isla evitar una intervención directa por parte de Estados Unidos, tal como ocurrió también tras la invasión de Granada en 1983. Hoy, el panorama geopolítico ha mutado, pero la estrategia de supervivencia se mantiene. La presencia de potencias como Rusia y China en el aparato militar cubano garantiza un respaldo que suple la falta de fiabilidad de otros aliados. A esto se suma la ineficacia de medidas coercitivas internacionales, incluido el embargo económico estadounidense, cuyas leyes han sido sistemáticamente evadidas y hoy funcionan principalmente como pretexto discursivo para la dictadura cubana ante su propia ciudadanía.
Impacto de la supervivencia del régimen en la crisis interna
Esta capacidad de maniobra en el plano internacional contrasta severamente con la realidad interna de la isla. Mientras el gobierno cubano asegura su permanencia y gestiona sus redes de influencia en el exterior, la población enfrenta una crisis estructural sin precedentes. La inflación galopante, el desabastecimiento crónico de alimentos y medicinas, el colapso del sistema eléctrico y la represión social generalizada son el costo directo de un modelo que prioriza la continuidad del poder sobre el bienestar común, impulsando un éxodo migratorio masivo.
De producirse un cambio de régimen en Caracas, el impacto económico para Cuba sería devastador a corto plazo. Sin embargo, la maquinaria de control y represión interna, financiada por estructuras opacas como GAESA, probablemente intentará mantener el statu quo. La comunidad internacional y las democracias occidentales enfrentarán el desafío de desarticular estas redes de influencia y corrupción que han blindado a la dictadura cubana, un paso indispensable para facilitar una transición democrática real que ponga fin al sufrimiento del pueblo cubano.