El cineasta cubano exiliado Ernesto Fundora Hernández revela los detalles del rodaje de «La negra tiene tumbao» en Ciudad de México, un proyecto que la Guarachera de Cuba concibió como su puente hacia el nuevo milenio. Detrás de las cámaras y de la icónica imagen de una mujer caminando con tumbao por las calles de la capital mexicana, se esconde la historia de una artista que construyó su legado fuera de la isla, en un exilio que el régimen de La Habana intentó borrar durante décadas.
A finales de los años noventa, el director cubano residente en México Ernesto Fundora Hernández aceptó un encargo que cambiaría el rumbo de su carrera cinematográfica y, al mismo tiempo, consolidaría visualmente uno de los legados musicales más importantes del exilio cubano. La Guarachera de Cuba, Celia Cruz, le propuso dirigir el video musical del tema «Mi vida es cantar» (1999) con una condición ineludible: el resultado debía ajustarse milimétricamente a lo que ella ya había imaginado en su mente. Fundora aceptó las reglas, pero negoció algo a cambio. Pidió libertad creativa absoluta para un próximo proyecto. Celia, con la generosidad que la caracterizaba, selló el trato con un «pacto cerrado».
Así, con el cambio de siglo como telón de fondo, llegó «La negra tiene tumbao» (2001), tema que da título al álbum de estudio número 36 de la cantante y que fue compuesto por el pianista neoyorkino Sergio George y el cantautor colombo-venezolano Fernando Osorio. Fundora no solo había asegurado un tema de la mayor intérprete que ha dado Cuba para darle forma visual definitiva, sino que tenía en sus manos la promesa de libertad creativa que la propia Celia le había concedido. Y la utilizó sin reservas: creó un alter ego de la intérprete y la siguió por las trepidantes calles de Ciudad de México —entonces Distrito Federal— mezclando salsa, reggae y hip-hop en una propuesta visual transgresora.
La encomienda de Celia fue clara y ambiciosa: el video debía conseguir lo mismo que la canción ya garantizaba. Tenía que llevarla y dejarla instalada en el siglo XXI. Para representar a esa otra versión de la Guarachera, a «la negra» que «tiene tumbao», Fundora seleccionó a la modelo y actriz guatemalteca Deborah David, de origen garífuna —descendiente de africanos que sobrevivieron al naufragio de barcos negreros en el siglo XVII y fueron deportados a Centroamérica, donde levantaron asentamientos costeros en Belice, Guatemala y Honduras—. La elección no fue casual: Fundora buscaba a una mujer que encarnara la seguridad, la sensualidad y el sentido libertario que Celia proyectaba desde hacía décadas en los escenarios del mundo.

Celia Cruz – Mi Vida Es Cantar (Video Oficial)
Un pacto sellado en el Camino Real
Fundora recuerda que su relación con Celia comenzó en Ciudad de México, en el hotel Camino Real, donde el mánager de la cantante, Omer Pardillo Cid, los presentó. Antes de llegar a Celia, el cineasta había trabajado con Ralphy Mercado, un productor fundamental de la música latina que manejaba a grandes salseros. Cuando Mercado tuvo que rematar su sello, Celia quedó libre, pero el pendiente persistió. Ella lo localizó en México y concretaron el primer video juntos, «Mi vida es cantar», rodado en el Barrio Chino de la capital mexicana. Ese proyecto, financiado por la propia Celia, fue lo que Fundora describe como «un servicio a domicilio» que dejó a la cantante completamente satisfecha. Fue entonces, en «La negra tiene tumbao», cuando el director pudo hacer, en sus propias palabras, «su capricho».
La relación profesional y humana entre ambos se prolongó hasta la muerte de la cantante en 2003. Juntos desarrollaron cuatro proyectos: los dos videos mencionados, una campaña publicitaria para el azúcar de Veracruz y, tras su fallecimiento, un medley de sus mejores momentos para Sony Music. Fundora subraya que Celia sentía una conexión profunda con México, un país al que llegó antes que a Nueva York y que visitó desde los años cuarenta. La cantante le repetía al director que la capital mexicana tenía «la energía que tiene Nueva York», con «la locura, el caos, el delirio, el egocentrismo» y un carácter exhibicionista que la seducía. Para Fundora, esa fisonomía ecléctica de la ciudad era el escenario perfecto para abordar lo que Celia representaba: cubana, mujer, negra y exiliada.
El cuerpo como declaración de libertad
Una de las secuencias más poderosas del video muestra a Deborah David caminando por el centro histórico de Ciudad de México con una apariencia que sugiere desnudez, deteniendo literalmente el tráfico de una zona donde «casi todo se ha visto ya». Fundora explica que esa secuencia, la más impactante del rodaje, formaba parte de un concepto más amplio: la provocación, la ruptura con la normatividad, la celebración del cuerpo humano y la libertad de expresión. En aquella época, recuerda el cineasta, el mundo era más flexible, más abierto, más democrático, heterodoxo y plural. No tuvo que dar demasiados argumentos ni a Celia, ni a su equipo, ni a la modelo, ni a las autoridades mexicanas: todos entendieron que se trataba de un performance artístico.

Celia midley, mix popurrit de varios éxitos de Celia Cruz con videos e imagenes de Ernesto Fundora
Para construir la imagen de ese alter ego juvenil, Fundora se inspiró en una anécdota que la actriz Whoopi Goldberg contó en el programa de Cristina Saralegui. Siendo niña, negra y pobre en Nueva York, Goldberg se reunía con sus amigos para ver a Celia pasar por la Quinta y la Séptima avenidas con sus atuendos africanos. Estamos hablando de los años sesenta, en pleno racismo estructural en Estados Unidos, y Celia caminaba como una diosa, como una princesa africana, por aquellas avenidas con una seguridad en sí misma y un sentido libertario que inspiró profundamente a la comunidad afroamericana. Goldberg recordaba que los negros americanos de esa época veían en Celia a una mujer de vanguardia respecto al posicionamiento racial en su sociedad. Fundora quiso transmitir esa misma fuerza con Deborah, en un registro más sensual, más contemporáneo.
La enfermedad y la pantalla verde
Lo que muchos espectadores no sospecharon al ver el video es que Celia Cruz no interactúa en ningún momento con Deborah David ni con ninguno de los otros personajes que aparecen en el rodaje. La razón, revela Fundora, no fue una decisión estética sino una necesidad impostergable: la cantante estaba ya muy enferma. Tenía cáncer y sondas colocadas en el cuerpo para drenarle un seno. Su fragilidad era extrema y le pidió al director que su parte se filmara en un estudio, contrapantalla verde, para mantener un entorno controlado que la protegiera del impacto de la gente, del calor y del desgaste físico que implicaría un rodaje en exteriores. Esa limitación, sin embargo, no impidió que el resultado final transmitiera la energía y la presencia que caracterizaban a la Guarachera.
El elenco de personajes que aparece en el video no está compuesto por extras anónimos. Fundora recurrió a figuras prominentes de la comunidad cubana en México de esa época, todos artistas, todos personajes importantes del ámbito cultural. Entre ellos figuran Alberto Bermúdez y el cantante cubano Eduardo Antonio. El director señala que ese momento cultural, particularmente rico en la diáspora cubana en México, «ya no existe». La concentración de talento cubano exiliado que se agrupaba en la capital mexicana a comienzos del siglo XXI era un fenómeno singular, producto de las olas migratorias y de la necesidad de encontrar espacios donde la creación artística no estuviera supeditada al control ideológico del Estado.

Ernesto Fundora y Celia Cruz, en 1997 (Foto: Cortesía de E.F.H.)
El exilio cultural que el régimen intentó borrar
La historia de Celia Cruz es, en muchos sentidos, la historia del exilio cultural cubano que la dictadura ha tratado sistemáticamente de invisibilizar. Tras su partida de la isla en 1960, cuando decidió no regresar tras una gira por México y Estados Unidos, el régimen de La Habana la condenó al ostracismo más absoluto dentro de Cuba. Su nombre fue borrado de los libros de historia, sus discos no se vendieron en las tiendas del país y su música fue prohibida en la radio y la televisión nacionales durante décadas. La mayor cantante que ha dado Cuba fue convertida en una non grata en su propia tierra por el simple hecho de elegir la libertad sobre la sumisión al poder.
La prohibición de Celia Cruz no fue un hecho aislado sino parte de una política cultural más amplia que el gobierno cubano ha aplicado con rigor durante más de seis décadas. Artistas que decidieron exiliarse fueron eliminados del imaginario nacional como si nunca hubieran existido. Sus obras fueron censuradas, sus nombres fueron vetados y su legado fue confiscado por un aparato propagandístico que se reserva el derecho de decidir quién pertenece a la «cultura nacional» y quién es un traidor. Esta política de borrado sistemático ha privado a generaciones enteras de cubanos del conocimiento de figuras fundamentales de su propia historia cultural, creando una fractura identitaria que solo ha comenzado a repararse timidamente en los últimos años, gracias sobre todo al acceso a internet y a las redes sociales.
El caso de Celia Cruz es especialmente significativo porque encarna la intersección de varias de las exclusiones que el sistema cubano ha ejercido: la racial, la política y la cultural. Una mujer negra, nacida en un barrio humilde de La Habana, que alcanzó la cumbre del reconocimiento internacional y que, sin embargo, fue negada por el mismo discurso oficial que reivindica la igualdad racial y la justicia social como pilares de la revolución. La paradoja de que la dictadura cubana celebrara la africanía y el afromestizaje como rasgos identitarios mientras silenciaba a la artista negra más universal que produjo la isla revela la profundidad de la hipocresía institucional y el uso instrumental que el poder hace de la cultura.
El exilio como espacio de creación
El rodaje de «La negra tiene tumbao» en Ciudad de México es también un testimonio del papel que los países de acogida han jugado en la preservación y desarrollo de la cultura cubana en el exilio. México, en particular, ha sido históricamente un punto de tránsito y asentamiento para miles de cubanos que abandonaron la isla en distintas oleadas migratorias. Desde los primeros exiliados de los años sesenta hasta los profesionales y artistas que han partido en las décadas recientes, la comunidad cubana en México ha mantenido viva una tradición cultural que el régimen de La Habana ha intentado monopolizar y controlar desde el poder.
Fundora, nacido en La Habana en 1967 y residente en México, forma parte de esa diáspora de creadores que encontraron fuera de la isla las condiciones de libertad necesarias para desarrollar su trabajo. Su colaboración con Celia Cruz habría sido impensable dentro de Cuba, donde el aparato cultural del Estado determina quién puede producir, qué se puede crear y bajo qué parámetros ideológicos. La «libertad absoluta» que Celia le concedió a Fundora para dirigir el video es la misma libertad que ambos tuvieron que buscar fuera de su país natal, en un exilio que no fue una elección voluntaria sino una consecuencia directa de la falta de libertades que impone el sistema cubano.
La crisis estructural que vive Cuba hoy, con un éxodo migratorio sin precedentes que ha vaciado al país de profesionales, artistas y jóvenes, no es más que la continuidad de un fenómeno que comenzó hace más de seis décadas y del que Celia Cruz fue una de las primeras y más ilustres víctimas. La diferencia estriba en que, mientras en los años sesenta el exilio era una opción que algunos tomaban por convicción política o profesional, en la actualidad la salida masiva responde a una crisis multifactorial que combina el colapso económico, la represión sistemática, la falta de oportunidades y el agotamiento de un modelo que ha demostrado su fracaso rotundo. Los cubanos que hoy abandonan la isla lo hacen por las mismas razones que llevaron a Celia a no regresar: la imposibilidad de construir un proyecto de vida en libertad bajo un sistema que controla y condiciona hasta la última expresión de la existencia.
Un legado que trasciende el silencio
El video de «La negra tiene tumbao» se erige hoy como un documento histórico que trasciende su valor musical y estético. Es el testimonio de una artista que, desde el exilio y enfrentando una enfermedad terminal, decidió proyectarse hacia el futuro con la misma fuerza y determinación que la llevaron a caminar como una princesa africana por las avenidas de Nueva York en plena segregación racial. Celia Cruz no solo quería entrar al siglo XXI: quería hacerlo reivindicando su identidad, su cuerpo, su raza y su libertad, esos mismos elementos que la dictadura cubana le arrebató al negarle el derecho a existir en la cultura de su propio país.
La amistad que surgió entre Celia y Deborah David, a quien la cantante adoptó como ahijada, simboliza la cadena de transmisión cultural que el exilio cubano ha sostenido a lo largo de las décadas. De generación en generación, de país en país, los cubanos fuera de la isla han preservado y enriquecido una tradición que el poder intentó secuestrar. Que una joven garífuna de Guatemala se convirtiera en el alter ego visual de la Reina de la Salsa en las calles de México es, en sí mismo, una declaración sobre la universalidad del legado cubano y sobre la incapacidad del régimen para contener una cultura que ha rebasado hace tiempo las fronteras impuestas por la ideología oficial.
El silencio que la dictadura cubana impuso sobre Celia Cruz durante más de cuatro décadas ha comenzado a resquebrajarse, no por una decisión del poder sino por la presión de la realidad. Las nuevas generaciones de cubanos, conectadas al mundo a través de la tecnología y ávidas de recuperar su historia, han redescubierto a la Guarachera por cuenta propia, al margen de las instituciones culturales del Estado. Su música suena hoy en las redes sociales, en los barrios de La Habana y en las casas de los cubanos que nunca la olvidaron. Esa recuperación, sin embargo, llega demasiado tarde para reparar el daño causado a una artista que murió sin poder regresar a la tierra que la vio nacer y que la repudió por el único delito de elegir la libertad.
El pacto entre Fundora y Celia, sellado en un hotel de Ciudad de México, produjo uno de los videos más icónicos de la música latina y cumplió el objetivo que la cantante se había trazado: instalarla en el siglo XXI con tumbao y con la fuerza de una mujer que nunca caminó de lao. Pero detrás de esa imagen vibrante y provocadora permanece la herida abierta de un país que desterró a su mejor voz y que, más de seis décadas después, sigue sin asumir la responsabilidad de ese despojo. Mientras el régimen de La Habana continúe ejerciendo el control cultural como un instrumento de dominación política, el legado de Celia Cruz seguirá siendo, paradójicamente, el monumento más elocuente a la libertad que Cuba no tiene.


