Jueves, 17 de septiembre de 2026
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Confiscado por la dictadura cubana, un empresario reconstruye su imperio comercial y se convierte en leyenda en Panamá

Confiscado por la dictadura cubana, un empresario reconstruye su imperio comercial y se convierte en leyenda en Panamá

Juan Ramón Poll Cabrera perdió sus tres almacenes El Machetazo en Santiago de Cuba en 1961 tras la ola de nacionalizaciones del régimen de Fidel Castro. Cinco años después, llegó a Panamá con su familia y la determinación de empezar de nuevo, logrando erigir una de las cadenas minoristas más grandes y queridas del país istmeño, un caso que ilustra el costo devastador que tuvo para la isla la expropiación de su tejido empresarial.

El 12 de octubre de 1966, el empresario cubano Juan Ramón Poll Cabrera desembarcó en Panamá acompañado por su esposa, Vilma Sarlabous, y sus hijas Carmen, Vilma y Liliam. Traía consigo el escaso equipaje que las autoridades de la isla permitían a quienes decidían abandonar el país, pero cargaba una visión comercial que se negaba a extinguir. Su objetivo no era amasar una nueva fortuna, sino recuperar la libertad económica que le había sido arrebatada y reconstruir el negocio que había levantado durante años en el oriente cubano, demostrando que el talento, cuando se libera de las ataduras del Estado, encuentra siempre la forma de prosperar.

La historia de Poll se remonta a su nacimiento en 1922, en el seno de una familia humilde. Desde muy joven comenzó a labrar su camino desde la base, abriendo primero una pequeña tienda llamada Casa Goly en Santiago de Cuba. A base de esfuerzo y sacrificio, el establecimiento evolucionó hasta convertirse en El Machetazo, uno de los almacenes más prósperos de la región oriental durante la década de 1950. Ubicado en la intersección de las calles Aguilera y Padre Pico, el negocio se especializó en la venta de telas y artículos para el hogar, ganándose la preferencia de los santiagueros por su variedad y precios accesibles.

Sin embargo, el horizonte empresarial de Poll se truncó abruptamente tras el triunfo de la Revolución. En 1961, en medio de la ofensiva nacionalizadora, el régimen de La Habana intervino y confiscó los tres almacenes de El Machetazo. Esta política de expropiación, ejecutada por la dictadura cubana sin debido proceso ni compensación, obligó a Poll a salir al exilio. Se fue con la experiencia acumulada, pero despojado del patrimonio que había construido con su propio esfuerzo, sumándose a la larga lista de emprendedores cubanos cuyos capitales y capacidades fueron absorbidos por el aparato estatal.

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Al establecerse en Panamá, Poll no se limitó a replicar un modelo de negocios; lo adaptó a una nueva realidad, demostrando hasta dónde podía haber llegado su idea en Cuba si no hubiera sido interrumpida por la arbitrariedad del poder. En el país istmeño, inauguró el primer El Machetazo, aplicando una filosofía que priorizaba vender barato sin sacrificar la calidad. Su premisa era que el éxito de una empresa dependía de que las personas sintieran que el lugar también les pertenecía, una intuición empresarial que precedió a los modernos departamentos de marketing y que resultó clave para consolidar su marca.

A diferencia de los comercios especializados de la época, El Machetazo apostó por reunir bajo un mismo techo todo aquello que una familia podía necesitar. Desde alimentos y medicinas hasta ropa, juguetes, electrodomésticos y ferretería, el almacén ofrecía una solución integral para el consumidor. Este concepto, que hoy parece habitual en el comercio minorista, representó hace seis décadas una innovación que transformó la manera de comprar de miles de panameños, consolidando una identidad comercial propia en torno a la amplitud de la oferta y la ubicación estratégica de las sucursales en zonas de fácil acceso para los sectores populares.

El impacto de la marca trascendió las transacciones comerciales para convertirse en un fenómeno social. A lo largo de los años, la empresa creció hasta convertirse en una de las mayores cadenas comerciales de Panamá, con decenas de departamentos y miles de empleados. Sus eslóganes publicitarios, como \»El hombre crea, el mono imita y con El Machetazo no hay quien compita\» y \»Hasta el gato compra en El Machetazo\», se incorporaron al habla popular, ocupando un lugar en la memoria afectiva de varias generaciones de panameños.

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El éxito del modelo fue objeto de análisis académico. Estudiantes de la Facultad de Administración de Empresas y Contabilidad de la Universidad de Panamá, como Ericka Rodríguez, Sarai Piraza y Osneicar Torrealba, estudiaron a fondo la empresa. En su investigación concluyeron que la fidelidad de los consumidores descansaba en una experiencia de compra donde el volumen de mercancías y la ubicación estratégica generaban un vínculo que iba más allá del precio. El Machetazo entendió antes que muchos otros que el consumidor prefería resolver casi toda su vida cotidiana en un mismo lugar, una visión que hoy mantiene su vigencia, incluso adaptándose a los nuevos tiempos a través del comercio electrónico con programas de afiliación como el \»clientazo\».

Con el crecimiento de la empresa, la figura pública de Juan Ramón Poll también se transformó. De ser reconocido como un inmigrante exitoso, pasó a ser identificado como un benefactor. Actualmente, el edificio sede de la compañía lleva su nombre. Poll se destacó por sus aportes a la Teletón 20-30, el programa televisivo destinado a recaudar fondos para niños enfermos y personas con discapacidad. Según estimaciones del Club Activo 20-30, el empresario llegó a donar cerca de dos millones de balboas a lo largo de los años, alcanzando en una edición una contribución de un cuarto de millón de balboas, lo que le valió el apelativo de \»el cubano de oro\».

El agradecimiento popular hacia Poll se hizo evidente en momentos de crisis. Norberto Amor, un cubano que llegó a Panamá a finales de 1988, recuerda cómo los sectores humildes se sentían identificados con el fundador de El Machetazo debido a sus precios accesibles y sus constantes donaciones. Durante la intervención militar estadounidense de 1989, cuando numerosos comercios fueron saqueados, El Machetazo permaneció intacto. \»Fue el único negocio al que no robaron. Ahí se veía el agradecimiento del pueblo hacia el señor Poll\», afirmó Amor. Testimonios de antiguos empleados, como Carmen Piñeiro, coinciden en describirlo como una persona carismática y bondadosa, consolidando un legado de respeto y admiración que trasciende el ámbito estrictamente empresarial.

El costo sistémico de la expropiación en Cuba

La historia de Juan Ramón Poll no es un caso aislado, sino el síntoma de una política de Estado que desmanteló el tejido productivo de la isla. Durante la década de 1960, el gobierno cubano ejecutó una serie de nacionalizaciones que afectaron a miles de empresas nacionales y extranjeras, desde grandes industrias hasta pequeños comercios familiares. La eliminación de la propiedad privada y la concentración de la economía en manos del Estado no solo despojaron a los ciudadanos de sus patrimonios, sino que extinguieron la iniciativa privada, la competencia y la innovación, pilares fundamentales para el desarrollo económico de cualquier nación.

De la confiscación histórica al colapso actual

Las consecuencias de aquella ofensiva económica se prolongan hasta la actualidad. La crisis estructural que atraviesa Cuba hoy, marcada por una inflación galopante, el desabastecimiento crónico de alimentos y medicinas, y el colapso de los servicios públicos, tiene sus raíces en el modelo centralizado que erradicó la capacidad emprendedora de sus ciudadanos. Aunque el ejecutivo cubano ha intentado implementar recortes de regulaciones en los últimos años con la creación de las micro, pequeñas y medianas empresas (MIPYMES), el control estatal, la carga tributaria y la inseguridad jurídica persisten como mecanismos de asfixia.

Mientras empresarios como Poll florecían en el exilio, contribuyendo al progreso, la recaudación fiscal y la generación de empleo en otras naciones, la isla se sumía en una dependencia externa y en la ineficiencia estatal. Esa misma ineficiencia es la que hoy obliga a cientos de miles de cubanos a emigrar, repitiendo el patrón de fuga de talentos que comenzó hace más de seis décadas. El régimen de La Habana, al suprimir la libertad económica, condenó a la población a la pobreza sistémica, demostrando que la prosperidad individual y colectiva es imposible cuando el Estado secuestra los medios de producción.

Un legado que contrasta con la realidad insular

El caso de El Machetazo en Panamá es una radiografía de lo que Cuba perdió al someter su economía al control absoluto de la dictadura. Mientras que en Panamá el legado de Poll se mantiene vigente y en constante evolución, en Cuba el país continúa lidiando con la escasez, la inflación y la falta de oportunidades para sus ciudadanos. La historia de este empresario subraya cómo la libertad económica y el respeto a la propiedad privada son condiciones indispensables para la prosperidad. Elementos que el poder en Cuba sacrificó en aras de un modelo ideológico que ha demostrado su fracaso rotundo a lo largo de más de seis décadas de historia.

Equipo Editorial Reporte Cuba Ya
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