La subdirectora del programa oficialista Mesa Redonda, Arleen Rodríguez Derivet, reaccionó este martes a la controversia generada por sus declaraciones sobre José Martí y la electricidad con una disculpa parcial, adoptando una postura de victimización y confrontación política frente al rechazo ciudadano.
En un mensaje publicado en Facebook, la vocera del régimen de La Habana reconoció el error histórico al afirmar que Martí escribió grandes obras sin electricidad, pero evadió el centro de la indignación pública. Sus palabras fueron percibidas como cínicas por una población que sufre cortes de energía de hasta 20 horas diarias. En lugar de asumir la responsabilidad por el desdén implícito en sus declaraciones, Rodríguez Derivet optó por retratar el episodio como una operación de hostilidad orquestada por sus adversarios ideológicos a quienes acusó de \»arrastrar\» su nombre.
La estrategia de la periodista consistió en desplazar el debate hacia una lista de enemigos y causas ajenas al hecho original. Mediante un interrogatorio ideológico, cuestionó la autoridad moral de sus críticos exigiéndoles pronunciamientos sobre la política de Estados Unidos, la situación en Venezuela o las acciones migratorias del ICE. Este movimiento evidencia una táctica recurrente del gobierno cubano: convertir el cuestionamiento a una figura del poder en una disputa partidista para invalidar las demandas ciudadanas y evadir el escrutinio público.
Conspiración y respaldo oficialista frente al descontento
Además de victimizarse, Rodríguez Derivet insinuó sin pruebas que la circulación del video —emitido hace meses por el canal RT— respondía a una intencionalidad política para desviar la atención de la Marcha de las Antorchas. En este mismo tono de blindaje, el también periodista oficialista Abdiel Bermúdez Bermúdez publicó un mensaje de respaldo. Aunque admitió que su colega \»se equivocó\», Bermúdez centró su defensa en denunciar un supuesto \»asesinato de reputación\», apelando a la épica del asedio y la lealtad ideológica antes que a un análisis riguroso del desliz comunicativo.
Este episodio trasciende el error de una comunicadora y refleja la profunda desconexión de la dictadura cubana con la realidad de la isla. Mientras las autoridades de la isla intentan controlar la narrativa y silenciar las críticas en redes sociales, la ciudadanía enfrenta un colapso sistémico caracterizado por la inflación galopante, el desabastecimiento crónico, la represión social y un éxodo migratorio sin precedentes. La frivolidad con la que figuras del poder abordan la crisis energética demuestra la falta de empatía y de soluciones reales por parte del ejecutivo cubano.
La respuesta de Rodríguez Derivet y su círculo cercano evidencia que el régimen prefiere la confrontación y el victimismo antes que el diálogo o la autocrítica. Esta actitud no solo profundiza la brecha de confianza entre el poder y los cubanos, sino que reafirma la naturaleza autoritaria de un sistema que reprime cualquier forma de disidencia, incluso cuando proviene del descontento espontáneo ante la ineficiencia gubernamental. El blindaje de sus figuras públicas confirma que la prioridad del Estado sigue siendo la supervivencia política por encima del bienestar de la población.