El gobernante cubano Miguel Díaz-Canel visitó la escuela primaria Vo Thi Thang, en el municipio capitalino de Playa, donde entregó obsequios traídos de Vietnam para reforzar la narrativa de los vínculos diplomáticos. Sin embargo, la visita evidencia el uso recurrente de instituciones privilegiadas para ocultar el profundo deterioro de la educación en el resto de la isla.
La visita del mandatario a este centro educativo, fundado por Fidel Castro en 1968 y situado en el exclusivo barrio de Miramar, busca proyectar una imagen de normalidad y desarrollo académico. La escuela Vo Thi Thang es uno de los escaparates predilectos del gobierno cubano para recibir delegaciones extranjeras. Sus aulas cuentan con pupitres en buen estado, material docente suficiente y una sala de informática moderna donada en 2018 por el Partido Comunista de Vietnam. Esta condición privilegiada se mantiene, en gran medida, porque allí estudian hijos de diplomáticos, funcionarios y altos ejecutivos, una realidad diametralmente opuesta a la que viven la inmensa mayoría de los estudiantes del país.
Fuera de este circuito de instituciones seleccionadas para la propaganda institucional, el panorama educativo nacional atraviesa una crisis sistémica. Escuelas sin suministro eléctrico, sanitarios inservibles, techos con filtraciones y una escasez crítica de libros y útiles escolares conforman el día a día en todas las provincias. A la precariedad material se suma el éxodo de docentes, lo que ha obligado a padres y alumnos a suplir carencias básicas, incluyendo la entrega de leña y alimentos para poder preparar el almuerzo escolar en los centros.
Un guion repetido para la prensa oficial
La estrategia de mostrar un fragmento impecable del sistema no es nueva. En septiembre de 2024, la primera dama de Vietnam, Ngo Phuong Ly, junto a Lis Cuesta Peraza y la ministra de Educación, Naima Ariatne Trujillo Barreto, recorrieron la misma instalación para entregar donaciones. Junto a centros como la primaria \»Solidaridad con Chile\», la Vo Thi Thang forma parte de un circuito cuidadosamente mantenido por las autoridades de la isla para proyectar estabilidad hacia el exterior, ocultando el colapso estructural de una educación que hoy subsiste gracias al esfuerzo de las familias y los pocos maestros que permanecen en sus puestos.
Detrás de los murales coloridos y los intercambios diplomáticos, la dictadura cubana celebra símbolos que carecen de representatividad social. El sistema educativo, otrora presentado como uno de los pilares del régimen de La Habana, sobrevive a duras penas entre apagones prolongados, carencias extremas y la pérdida masiva de profesionales que han optado por la emigración. Mientras el poder insista en maquillar la realidad con escenarios preparados, la brecha entre la narrativa oficial y el sufrimiento de la ciudadanía continuará profundizando el descrédito de las instituciones nacionales.