La frecuente caída del sistema eléctrico en Cuba ha sido transformada por el régimen de La Habana en una narrativa de supuesta heroicidad, ocultando la profunda crisis estructural y el impacto humanitario que sufren los ciudadanos a diario. Mientras las autoridades de la isla celebran remiendos temporales a la infraestructura, la población enfrenta la pérdida de alimentos, riesgos a la salud y un aumento de la inseguridad en las oscuras calles.
La estrategia gubernamental de presentar derrotas como logros no es nueva, pero ha alcanzado niveles preocupantes ante el deterioro del sector energético. El ejecutivo cubano ha aplicado históricamente la táctica de desmantelar infraestructuras vitales por falta de inversión y mantenimiento, para luego atribuirse el mérito de aplicar parches precarios. Las publicaciones del mandatario Miguel Díaz-Canel en redes sociales y los reportes de la prensa oficial insisten en una supuesta \»tarea titánica\» de los trabajadores del Ministerio de Energía y Minas, omitiendo por completo que la crisis es resultado directo de la propia ineficiencia del sistema y no de una eventualidad externa.
Esta narrativa triunfalista choca frontalmente con la dimensión humana del desastre. Los apagones prolongados, que ya forman parte de la cotidianidad en la isla, dejan a miles de hogares sin capacidad para conservar alimentos o cocinarlos debido a la escasez crónica de combustible. Más grave aún es la situación en el sector salud, donde la interrupción del fluido eléctrico provoca la falla de equipos de soporte vital, poniendo en riesgo inminente la vida de pacientes. A esto se suman las noches de calor sofocante que impiden el descanso y el incremento de la inseguridad ciudadana en ciudades sumidas en la oscuridad.
Criminalización de la protesta y el mito del \»bloqueo\»
Ante el creciente descontento, la dictadura cubana ha recurrido a su habitual mecanismo de criminalización de la crítica, tachando las protestas ciudadanas de actos que buscan causar \»confusión\» y \»malestar\». El régimen intenta desviar la responsabilidad atribuyendo el colapso energético al embargo estadounidense, mientras ignora la corrupción interna y la falta de planificación que han caracterizado su gestión durante más de seis décadas. Esta práctica de maquillar el origen de las crisis se replica en otras áreas, como la reciente \»apertura\» al sector privado, que en realidad responde a la ruina económica generada por las expropiaciones y el control estatal absoluto implementado en los años 60.
El agotamiento de la población ante estas falsas narrativas es evidente y se refleja en el constante goteo migratorio hacia otras naciones. La incapacidad del gobierno cubano para garantizar servicios públicos básicos, sumada a la inflación galopante y el desabastecimiento generalizado, dibuja un panorama sombrío para el futuro inmediato de la isla. Mientras la cúpula del poder continúe negando la realidad y presentando sus propios fracasos como heroicidades, la brecha entre el Estado y la ciudadanía se ensanchará, profundizando el colapso sistémico que ya define la realidad cubana contemporánea.