La Habana — Con una pensión de 1.528 pesos que no alcanza para cubrir ni una semana de alimentación básica, y un cartón de huevos que supera los 2.400 pesos en los mercados informales, millones de cubanos se ven obligados a racionar cada bocado para evitar el hambre mientras el régimen de La Habana anuncia incrementos salariales sin respaldo productivo alguno, una fórmula ya probada que en 2021 disparó la inflación y aniquiló el poder adquisitivo de la población.
Nery, de 65 años, recorre las calles de La Habana Vieja durante días hasta conseguir tres libras de pollo a 380 pesos cada una. Con ese par de cuartos, planifica diez comidas bajo un régimen de ahorro extremo que implementa desde antes de que el presidente Miguel Díaz-Canel bautizara la actual crisis como \»economía de guerra\». Su jubilación se esfuma entre el pago de servicios básicos y la compra de alimentos whose precios han alcanzado niveles inalcanzables para cualquier bolsillo del país. Para estirar las raciones, hierve el pollo con hortalizas baratas —berenjena, zanahoria, habichuelas—, lo desfleca en hebras finas y lo divide en recipientes plásticos reciclados de helado o mantequilla. Cada comida es calculada con precisión matemática: sesenta comidas al mes, ni una más, ni una menos, porque su salud no le permite reducir más.
El desayuno de Nery consiste en un pan tostado acompañado de yogur que una amiga le compra ocasionalmente en Supermarket 23. Los huevos —120 pesos cada uno en una mipyme— se convierten en otro de sus diez almuerzos, sufragados no con su pensión, sino con el dinero que obtiene trabajando como repasadora. Las cuarenta comidas restantes del mes dependen de la solidaridad de amigos dentro y fuera de la isla. Su caso no es excepcional: es el retrato de una jubilación que no alcanza para vivir y que obliga a seguir trabajando para no mendigar.
Madres solteras frente al colapso alimentario
En Centro Habana, Ana Ibis, madre soltera de dos niños en edad escolar, ha reducido sus comidas calientes a una diaria, siempre por la noche, para no acostarse con hambre. El desayuno y el almuerzo se reducen a pan con lo que aparezca, mojado en la salsa sobrante del plato fuerte del día anterior, acompañado de refresco instantáneo. Una bolsa de ocho panes cuesta 300 pesos y el gasto es diario: tres panes para cada niño, dos para ella. Durante la semana alterna su empleo estatal con la limpieza de varias casas, y los sábados madruga hacia la feria de Galiano, donde algunos productos resultan ligeramente más baratos: un cartón de huevos en 2.400 pesos frente a los 2.800 o 3.600 que cuesta en las mipymes; un litro de aceite de girasol en 850 pesos contra los 950 mínimos de su barrio. Aun así, reconoce que es un dineral destinado exclusivamente a comida y artículos de aseo.
Ambas mujeres —una jubilada obligada a seguir trabajando, otra madre que multiplica empleos para alimentar a sus hijos— recibieron con escepticismo el anuncio oficial de que a partir de septiembre habrá un aumento en las pensiones de hasta cuatro mil pesos, así como la posibilidad futura de un incremento del salario mínimo. La misma medida, aplicada hace cuatro años sin respaldo productivo, desencadenó una inflación que redujo casi a cero el poder adquisitivo. No existe ninguna razón objetiva para creer que esta vez será diferente: el gobierno cubano repite una fórmula que ya demostró su fracaso, mientras la producción nacional permanece estancada, el desabastecimiento se agrava y la dependencia de las remesas y la caridad se convierte en la única estrategia de supervivencia para millones de personas.
Como Nery y Ana Ibis, millones de cubanos procuran mantenerse a flote en un mar de privaciones, anticipando gastos, calculando raciones y dependiendo de la solidaridad de familiares y amigos dentro y fuera de la isla. El exodo migratorio continúa siendo la válvula de escape más visible de una crisis que se profundiza sin que las autoridades de La Habana ofrezcan soluciones estructurales reales. El anuncio de incrementos salariales y de pensiones, sin un plan económico creíble que sostenga la oferta de alimentos, bienes y servicios, amenaza con repetir el ciclo inflacionario que ya empobreció al país. Mientras tanto, la ciudadanía sigue recurriendo a la creatividad, el reciclaje y la ayuda externa para no morir de hambre en una nación donde el salario mínimo ni siquiera alcanza para comer una semana.