La Habana — Los cortes de electricidad que durante semanas afectan a varios municipios de la capital, con interrupciones que superan las 16 horas diarias, están generando un deterioro psicológico creciente entre la población, que ve cómo la oscuridad prolongada se suma a un cuadro ya crítico de desabastecimiento, falta de agua y colapso de servicios básicos.
En zonas como Arroyo Naranjo, los apagones comienzan al atardecer y se prolongan hasta la mañana siguiente, con cortes que oscilan entre 16 y 18 horas continuas. Cuando el Sistema Eléctrico Nacional (SEN) sufre alguna de sus frecuentes desconexiones, el restablecimiento del servicio puede demorar hasta 48 horas o más. Esta situación, lejos de ser excepcional, se ha convertido en la rutina para millones de cubanos que no pertenecen a los circuitos privilegiados del régimen de La Habana.
Las horas de oscuridad imposibilitan las actividades más elementales: leer, ver televisión, escuchar música o simplemente conversar. El sueño tampoco llega, ahuyentado por el calor sofocante, los mosquitos y los jejenes. A esto se suma la pérdida de alimentos en los refrigeradores, la ausencia de agua en las tuberías durante semanas y la imposibilidad de mantener cualquier rutina mínimamente funcional. El resultado es un agotamiento físico y mental que especialistas advierten como un factor de riesgo creciente para la salud psíquica de la población.
La oscuridad como espejo de un sistema fracasado
Los testimonios de quienes padecen estos cortes revelan un fenómeno menos visible pero igualmente grave: la depresión y la ansiedad que genera el confinamiento forzado en la oscuridad. Durante las largas madrugadas en vela, muchos cubanos revisan sus vidas con una minuciosidad que comparan con la de quienes enfrentan el fin de su existencia. Ese ejercicio introspectivo, lejos de ofrecer consuelo, devuelve recurrentemente la misma conclusión: la mayor parte de las frustraciones, los fracasos y las pérdidas están vinculadas, de uno u otro modo, con las circunstancias impuestas por la dictadura cubana bajo la cual han transcurrido sus vidas.
El silencio forzado de quienes tuvieron que callar lo que pensaban, las traiciones provocadas por el miedo, las decisiones vitales condicionadas por la escasez y la falta de libertad, emergen en la oscuridad como un inventario doloroso. No se trata de melancolía individual, sino de un daño colectivo: generaciones enteras que desarrollaron su existencia bajo un sistema que les negó opciones, les cercenó oportunidades y les impuso un permanente estado de supervivencia.
Un colapso que ya no admite maquillaje
La crisis eléctrica es solo la manifestación más visible de un deterioro estructural que el gobierno cubano ha sido incapaz de revertir pese a décadas de control absoluto sobre la economía y las instituciones. La falta de mantenimiento de las termoeléctricas, la ausencia de combustibles, la obsolescencia de la infraestructura y la falta de inversiones se combinan para producir un sistema al borde del colapso permanente. Mientras tanto, las autoridades de la isla atribuyen los problemas al embargo estadounidense o a factores externos, eludiendo cualquier asunción de responsabilidad sobre la gestión del sector energético durante más de seis décadas.
Las consecuencias para la ciudadanía son acumulativas y profundas. La incertidumbre sobre el suministro eléctrico afecta la conservación de alimentos, el acceso al agua —dependiente de sistemas de bombeo eléctrico—, la posibilidad de trabajar, estudiar o comunicarse, y el bienestar emocional en un país donde las condiciones materiales ya han empujado a más de un millón de personas al exilio en los últimos años. El deterioro psicológico que generan los apagones se inscribe en un cuadro más amplio de desesperanza que alimenta la salida migratoria y erosiona cualquier residuo de confianza social en las instituciones del Estado.
La persistencia de esta crisis plantea un interrogante cada vez más difícil de eludir para el régimen de La Habana: ¿cuánto tiempo puede sostenerse un modelo que no solo fracasa en garantizar los servicios más básicos, sino que además está destruyendo, hora tras hora de oscuridad, la salud mental de la población que dice representar? La respuesta, mientras tanto, se gesta en las madrugadas en vela de millones de cubanos que esperan sobrevivir a la continuidad castrista y alcanzar, antes de que sea demasiado tarde, el fin de lo que muchos ya definen sin titubeos como una pesadilla.