El Sistema Eléctrico Nacional de Cuba se encuentra al borde del colapso total tras la salida de servicio de nueve unidades termoeléctricas y la aguda escasez de combustible, una crisis que ha dejado a más del 63% del país sin suministro eléctrico durante las horas de mayor demanda. El régimen de La Habana evidencia una vez más su incapacidad estructural para mantener la infraestructura básica, sumiendo a la población en una precariedad cada vez más insostenible.
Según los datos ofrecidos por la estatal Unión Eléctrica, la situación para el horario pico muestra una disponibilidad de apenas 1.190 megavatios (MW) frente a una demanda máxima estimada en 3.150 MW. Esto genera un déficit de 1.960 MW, lo que se traduce en una afectación programada de 1.990 MW para los hogares y empresas cubanas. El gobierno cubano no ha logrado articular soluciones a corto plazo, reflejando un deterioro profundo en la capacidad de generación del país.
El parte técnico detalla averías en plantas clave como la unidad 5 de la CTE Mariel, la 2 de Santa Cruz, la 2 de Felton y las unidades 3, 5 y 6 de la Antonio Maceo. A esto se suman mantenimientos prolongados en las CTE de Mariel, Nuevitas y Carlos Manuel de Céspedes. Las autoridades de la isla atribuyen las desconexiones a una combinación de fallos técnicos y falta de insumos, pero la realidad apunta a un abandono sistemático de la infraestructura. La generación distribuida también está inoperante debido a la falta de combustible, dejando sin funcionalidad a decenas de motores de apoyo.
Una crisis que trasciende la energía
Aunque el ejecutivo cubano ha intentado maquillar la situación con la reciente incorporación de parques solares, la contribución de estos resulta insuficiente para compensar la pérdida de las centrales térmicas, especialmente durante los picos de consumo nocturno. Este colapso energético no es un evento aislado, sino el síntoma de una crisis sistémica que abarca el desabastecimiento generalizado, la inflación galopante y el deterioro de los servicios públicos. La falta de electricidad agrava la escasez de alimentos al interrumpir la cadena de frío y profundiza el sufrimiento de la ciudadanía, empujando a miles a tomar la decisión del exodo migratorio ante la falta de expectativas.
El resultado es un sistema que opera constantemente al límite, con márgenes nulos de respuesta ante la demanda y un impacto directo en la ya mermada actividad económica de la isla. Mientras la dictadura cubana mantiene su control sobre los recursos y reprime cualquier manifestación de descontento social, la población continúa soportando las consecuencias de una planificación fallida y una gestión incompetente. La persistencia de esta crisis energética amenaza con desencadenar mayores convulsiones sociales en un país que ya se encuentra al borde del precipicio económico e institucional.