El Sistema Eléctrico Nacional (SEN) de Cuba sufrió una nueva desconexión total, la tercera en apenas ocho días y la quinta en lo que va de año. El Ministerio de Energía y Minas confirmó el colapso a las 11:50 de la mañana, activando protocolos de recuperación sin precisar las causas ni el tiempo estimado para restablecer el servicio, en medio de una profunda crisis energética que mantiene a la población sumida en cortes prolongados.
La caída de la red ocurre apenas dos días después de que las autoridades de la isla lograran reconectar el sistema a nivel nacional, tras el apagón anterior que se originó por una falla en la línea de transmisión de 220 kilovoltios entre Santa Clara y Sancti Spíritus. Este incidente evidenció la fragilidad estructural de la infraestructura energética. Con la nueva desconexión, el régimen de La Habana se ve obligado a repetir el lento proceso de creación de microsistemas territoriales para alimentar servicios vitales y reactivar paulatinamente las termoeléctricas.
Horas antes del colapso, la Unión Eléctrica ya había advertido sobre la crítica situación de generación. La empresa estatal pronosticaba para el horario de máxima demanda una afectación de 2.160 megavatios (MW), equivalente al 68,6% de la demanda proyectada, con una disponibilidad de apenas 1.020 MW. Esta crisis se agrava por la indisponibilidad de ocho unidades termoeléctricas clave, ubicadas en plantas como Máximo Gómez, Lidio Ramón Pérez y Antonio Maceo, ya sea por averías o mantenimientos prolongados. A esto se suma la paralización de 106 centrales de generación distribuida debido a la falta de combustible, así como la inoperatividad de las patanas de Regla y Melones y las centrales de fueloil de Mariel y Moa.
Una crisis estructural que asfixia a la ciudadanía
El colapso recurrente de la red eléctrica no es un evento aislado, sino el síntoma más visible de la crisis sistémica que atraviesa la isla. La incapacidad del gobierno cubano para mantener la infraestructura energética, agravada por la dependencia externa de combustibles y la falta de inversiones sostenidas, ha convertido el acceso a la electricidad en un lujo intermitente. Aunque el ejecutivo cubano ha apostado por la instalación de parques solares —que recientemente aportaron una potencia máxima de 794 MW—, este esfuerzo resulta insuficiente frente a un sistema obsoleto que operaba con menos de un tercio de la capacidad necesaria incluso antes de fallar por completo.
La repetición constante de estos apagones nacionales profundiza el desgaste social y económico de la población, que sufre el deterioro de servicios básicos como el abastecimiento de agua, las comunicaciones y la conservación de alimentos. Esta situación de colapso permanente no solo refleja la ineficiencia de la gestión estatal, sino que amenaza con acelerar el éxodo migratorio y aumentar la tensión social en un país donde la falta de respuestas por parte de la dictadura cubana se ha convertido en la única constante.