El 26 de julio de 1953, un joven Fidel Castro encabezó el asalto al cuartel Moncada en Santiago de Cuba invocando la restitución de la Constitución de 1940, derrocada por el golpe de Estado de Fulgencio Batista. Sin embargo, una vez en el poder, el líder de la Sierra Maestra no solo incumplió su promesa de devolver la soberanía al pueblo, sino que instauró un modelo constitucional ajeno a la tradición republicana cubana, sustituyendo la Carta Magna por textos subordinados al diseño político del régimen.
La Constitución de 1940, considerada en su época como uno de los textos constitucionales más progresistas de América Latina, fue el resultado de un proceso democrático que recogía influencias de la tradición mambisa de Guáimaro de 1869, así como de las constituciones de Estados Unidos, México y la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789. Promulgada en el Capitolio Nacional el 5 de julio de aquel año, la Carta Magna representaba un esfuerzo genuino de ordenamiento institucional en Cuba, con garantías sociales y libertades públicas que la situaban a la vanguardia del continente. Esa vigencia, sin embargo, fue interrumpida abruptamente el 10 de marzo de 1952, cuando Fulgencio Batista disolvió el Congreso y sustituyó la Constitución por los llamados \»Estatutos Constitucionales\» del 4 de abril, también conocidos como \»Estatutos del Viernes de Dolores\».
Fue precisamente contra esa ruptura del orden constitucional que Fidel Castro articuló su justificación del asalto al Moncada. Durante el juicio que siguió a los hechos, asumiendo su propia defensa como abogado, Castro declaró el 16 de octubre de 1953 que la primera ley revolucionaria que sería proclamada tras tomar la fortaleza militar \»devolvía al pueblo la soberanía y proclamaba la Constitución de 1940 como la verdadera ley suprema del Estado, en tanto el pueblo decidiese modificarla o cambiarla\». Ese alegato, conocido posteriormente como \»La historia me absolverá\», se construyó enteramente sobre la premisa de la restitución constitucional y el retorno a la legalidad republicana.
La promesa incumplida
Sin embargo, la historia posterior demostraría que aquella promesa fue abandonada con la misma celeridad con la que fue formulada. Apenas 37 días después de tomar el poder el 1 de enero de 1959, el gobierno cubano, mediante el Consejo de Ministros y con potestades de facto similares a las que ejerciera Batista, sustituyó la Constitución de 1940 por la llamada \»Ley Fundamental\» del 7 de febrero de 1959. Este texto, que mantuvo una vigencia formal hasta el 24 de febrero de 1976, operó como un instrumento de transición hacia un modelo político radicalmente distinto del que se había invocado como justificación para la lucha armada.
El 24 de febrero de 1976, el régimen de La Habana promulgó una nueva Constitución inspirada en los modelos estalinistas que Moscú había impuesto en los países satélites del bloque soviético en Europa Oriental tras la Segunda Guerra Mundial. Ese texto, que consagraba el carácter socialista del Estado y el papel dirigente del Partido Comunista, no guardaba ninguna relación con el espíritu de la Constitución de 1940 que Castro había jurado restituir. Las reformas posteriores, incluyendo la de 2019, han mantenido intacta la lógica de un sistema sin separación de poderes, sin elecciones competitivas y sin control democrático sobre las decisiones del poder.
Soberanía secuestrada
La paradoja resulta evidente: quien invocó la defensa de la soberanía popular como argumento central de su acción política terminó consolidando un modelo en el que la soberanía reside nominalmente en una Asamblea Nacional carente de autonomía real, subordinada a las directrices del aparato partidista. La reciente reforma constitucional promovida por Raúl Castro para modificar requisitos de edad en la presidencia, presentada como un ajuste de forma pero con implicaciones sustanciales de fondo, ilustra la naturaleza de un sistema en el que la Carta Magna se adapta a las necesidades del poder y no a las demandas del pueblo soberano.
Setenta y dos años después del asalto al Moncada, la pregunta sobre qué buscaba realmente Fidel Castro en Santiago de Cuba encuentra su respuesta no en los discursos de la causa, sino en los hechos posteriores. La Constitución de 1940, aquella ley primera que el abogado Castro prometió devolver al pueblo, nunca fue restituida. En su lugar, la dictadura cubana construyó un andamiaje jurídico a su medida, convirtiendo la promesa de soberanía en su negación más absoluta y dejando a la ciudadanía sin el marco de derechos y garantías que una vez fue orgullo de la república.