Jueves, 23 de julio de 2026
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Cultura

La polémica sobre el \»mayor artista cubano\» enfrenta a la historia con las plataformas digitales

La afirmación del productor Roberto Ferrante, CEO de Planet Records, de que Bebeshito es \»el más grande artista cubano de todos los tiempos\» por encima de figuras como Celia Cruz, Benny Moré o Compay Segundo, ha reabierto un debate sobre el legado musical de la isla y su consumo en la era digital, donde la memoria histórica y las métricas de streaming parecen transitar por caminos divergentes.

La controversia estalló cuando Ferrante, responsable de la promoción internacional del reguetón cubano, situó a Oniel Ernesto Columbie Campos —conocido artísticamente como Bebeshito— en la cúspide de la tradición musical cubana. La declaración, difundida en redes sociales, generó un intenso cruce de opiniones entre seguidores del género urbano y defensores del patrimonio sonoro tradicional. Ante la disputa, una consulta a ChatGPT basada en influencia histórica, premios y proyección internacional arrojó un resultado que contrasta de manera elocuente con las cifras de reproducción actuales en plataformas como Spotify.

La inteligencia artificial situó a Celia Cruz como el rostro más reconocible de la música cubana en el mundo, con aproximadamente 6,6 millones de oyentes mensuales en Spotify y temas como La vida es un carnaval que superan los 333 millones de reproducciones. Le siguen figuras como Gloria Estefan, pionera del pop latino global con cerca de 6,7 millones de oyentes mensuales; Silvio Rodríguez y Pablo Milanés, pilares de la Nueva Trova con 1,8 y 2,3 millones respectivamente; y Compay Segundo, cuyo Chan Chan rebasa los 270 millones de escuchas. Bebeshito, en cambio, no figura entre los históricamente más famosos, aunque sí aparece entre los más reproducidos en lo que va de 2025.

El exilio como condición de la memoria cultural

El listado revela una paradoja difícil de ignorar: las figuras más influyentes de la música cubana desarrollaron sus carreras más decisivas fuera de la isla. Celia Cruz construyó su legado tras exiliarse en 1960, rechazando volver mientras el régimen de La Habana negara libertades básicas a la ciudadanía. Gloria Estefan emigró con su familia a Miami y desde allí proyectó la cultura cubana a escala planetaria. Incluso el Buena Vista Social Club, que rescató el son tradicional, alcanzó resonancia mundial gracias a la producción del británico Nick Gold y el guitarrista estadounidense Ry Cooder, en un circuito ajeno a la industria cultural controlada por el gobierno cubano.

Este fenómeno no es casual. La dictadura cubana ha mantenido durante décadas un aparato de control sobre la producción artística que filtra, censura y condiciona la creación según parámetros ideológicos. Los músicos que permanecen en la isla deben navegar entre instituciones estatales que deciden quién tiene acceso a grabaciones, giras internacionales y promoción. Quienes disienten o buscan autonomía creativa enfrentan el ostracismo o la persecución. No resulta extraño, entonces, que la memoria musical más duradera de Cuba haya sido construida en el exilio, donde los artistas pudieron desarrollarse sin las ataduras impuestas por el sistema.

El reguetón y las grietas del control cultural

El caso de Bebeshito y el reguetón cubano representa, de algún modo, las grietas de ese modelo. El género urbano ha florecido en gran medida al margen de las instituciones estatales, a través de producciones independientes y circuitos digitales que el ejecutivo cubano no logra dominar por completo. Sin embargo, el éxito en streaming no necesariamente equivale a trascendencia artística, como demuestra la distancia entre las cifras de reproducción de un tema viral y la perdurabilidad de composiciones como Ojalá de Silvio Rodríguez —con más de 185 millones de escuchas— o Yolanda de Pablo Milanés, que continúa creciendo incluso después de la muerte del cantautor en 2023.

El debate, más allá de las preferencias estéticas, pone sobre la mesa una cuestión central: ¿qué cultura sobrevive y cuál se diluye? Mientras las autoridades de la isla celebran el alcance del reguetón como supuesta vitrina cultural, las plataformas digitales confirman que el patrimonio musical cubano con mayor proyección global sigue siendo aquel que el régimen no logró domesticar. La música de Celia Cruz, Benny Moré y Compay Segundo trasciende generaciones no por decreto gubernamental, sino por la fuerza intrínseca de una tradición que floreció antes de que el Estado se apropiara de la identidad nacional como instrumento de propaganda.

En última instancia, la polémica suscitada por Ferrante refleja una tensión más profunda: la desconexión entre lo que el sistema promueve como representativo y lo que el mundo realmente escucha y reconoce. La música cubana, en sus expresiones más universales, ha sido históricamente un acto de libertad —y en muchos casos, de resistencia— contra un modelo que ha pretendido convertir la cultura en correveidile del poder. Las listas de reproducción, con sus números fríos, terminan confirmando lo que la historia ya sabía: la verdadera grandeza artística de Cuba nació, en sus casos más perdurables, de la voluntad de sus creadores por sobreponerse a las restricciones de un sistema que los condicionó, los silenció o los obligó a marcharse.

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reportecubaya

Periodista de Reporte Cuba Ya. Cubre noticias de la isla con enfoque en derechos humanos, política y economía cubana.

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