La pesista cubana Marifelix Sarría conquistó la medalla de oro en la modalidad de envión de la categoría de más de 86 kilogramos durante el Campeonato Panamericano de Levantamiento de Pesas celebrado en Panamá, siendo la única presea dorada obtenida por la isla en un certamen marcado por una delegación reducida y la evidente decadencia del deporte nacional.
La cienfueguera, actual subcampeona mundial, demostró su talento al levantar 161 kilogramos en el movimiento que le otorgó la corona, superando a la ecuatoriana Liseth Ayovi y a la estadounidense Mary Theisen-Lappen. Sarría completó una destacada actuación con tres podios en la división superpesada: oro en envión, plata en el biatlón con un acumulado de 280 kilogramos y bronce en arranque con 119 kilogramos. Aunque intentó superar los 164 kilogramos, los jueces anularon el levantamiento por una flexión en sus codos, según reportó el medio oficial JIT.
La cosecha final de la delegación antillana se limitó a un oro, cuatro platas y un bronce. La otra representante de la isla fue Otto Oñate, de la división de 60 kilogramos, quien se colgó tres medallas de plata y estableció récords nacionales. La escasa participación de Cuba, con apenas dos atletas en un torneo que reunió a unos 200 halterofilistas de 24 países, contrasta con el pasado glorioso de la halterofilia nacional y refleja el estado de abandono en que se encuentran las disciplinas deportivas bajo la gestión del Instituto de Deportes, Educación Física y Recreación (INDER).
El deporte como espejo de la crisis nacional
El triunfo aislado de Sarría en tierras panameñas no oculta la profunda crisis estructural que sufre el deporte cubano, directamente ligada a la debacle económica y social que atraviesa la isla. El régimen de La Habana ha sido incapaz de garantizar la infraestructura básica, la nutrición adecuada y los implementos necesarios para la formación de atletas de alto rendimiento. Esta precariedad, sumada a la creciente represión y la falta de libertades, ha propiciado un éxodo sin precedentes de talentos que prefieren representar a otras naciones o abandonar sus carreras antes de continuar bajo el control de la dictadura cubana, la cual instrumentaliza los escasos logros deportivos como propaganda oficial.
El resultado de este Panamericano, enmarcado en la preparación rumbo a los Juegos Centroamericanos y del Caribe de Santo Domingo, deja en evidencia que las autoridades de la isla dependen de esfuerzos individuales excepcionales para mantener una presencia en el medallero internacional. Mientras el gobierno cubano se jacta de estos aislados podios, la base del deporte comunitario y de alto rendimiento continúa desmantelada, condenando a las futuras generaciones de atletas a desenvolverse en un entorno de escasez y desesperanza, sin políticas serias que reviertan el colapso institucional del sector.